Editorial
07/04/2019

La Argentina no termina en la Pampa húmeda

La zoncera que faltaba: si bien se asume que el cambio climático es una amenaza global para la producción de alimentos, para los funcionarios argentinos del área de agroindustria se trata de una fuente de oportunidades.

Especialistas obviamente vinculados a los intereses del sector, calculan que el calentamiento generaría mejores condiciones para la actividad productiva en algunas regiones.

La presunción no es nueva, si hasta no faltó el funcionario rionegrino que años atrás, imaginó plantaciones de soja genéticamente modificada al abrigo de los valles cordilleranos. Pero con los “Mapas de riesgo de déficit y excesos hídricos en los cultivos según escenarios de cambio climático” bajo el brazo, el gobierno nacional proyectó hasta 2039 la cantidad de agua que se podría disponer para el cultivo de soja, maíz, trigo, girasol y algodón.

No estamos distorsionando nada: “el cambio climático tiene dos caras para la producción de nuestro país: nos va a traer problemas pero también oportunidades”, le dijo el subsecretario de Agricultura, Luis Urriza, a una agencia especializada. Según el hombre de Cambiemos, “cuando hablamos del calentamiento global todos pensamos en un aumento en la frecuencia e intensidad de los fenómenos extremos. Pero las proyecciones en los mapas muestran muchos matices, que por ejemplo dan oportunidades de ser productivas a zonas tradicionalmente secas, a partir de un aumento del régimen de lluvias”.

Las experiencias recientes no son muy alentadoras. En 2018, la agricultura fue puesta en jaque por una sequía considerable que impactó sobre todo en las cosechas de soja y maíz, los dos cultivos con mayor superficie sembrada. Las pérdidas fueron estimadas por la Bolsa de Cereales de Buenos Aires en casi 6.000 millones de dólares, ya que la cosecha fue inferior en 27 millones de toneladas a las previsiones.

En la Argentina la producción agropecuaria es el principal sostén de las exportaciones. Si bien la retracción en el PBI que se registró durante el año que pasó obedeció a múltiples razones, la sequía ayudó a que la caída redondeara un 2,3 por ciento. De paso, recordemos que en 2018, diez empresas controlaron el 90 por ciento de la exportación de granos. Es más, las tres primeras concentraron el 35 por ciento.

Al subsecretario Urriza no parece preocuparle ese oligopolio, sino más bien incrementar su productividad. “En la mayor parte de la pampa húmeda, que es una llanura fértil de gran extensión como existen pocas en el mundo, esperamos más lluvias, en cantidad y en intensidad. Va a haber inundaciones, pero si sabemos manejar el agua podemos ser más productivos”.

La conducción del INTA participa del entusiasmo gubernamental. Según su director, Miguel Ángel Taboada, “el impacto negativo está muy a la vista pero hay también que tener en cuenta que la mayor cantidad de lluvias en verano que se viene registrando en la zona central de la Argentina ha permitido llevar la agricultura hacia el oeste, a zonas que no eran consideradas productivas”. En su opinión, “el cambio climático no necesariamente nos perjudicó. El resultado es más bien balanceado”, consideró.

¡Las cosas que hay que leer! Mostró la hilacha el secretario de Cambio Climático y Desarrollo Sustentable, Carlos Gentile, quien evaluó que “se trata de posibilitar la adaptación al cambio climático para potenciar sus efectos positivos y amortiguar los negativos, lo que económicamente es mucho más conveniente que reparar las pérdidas”. El funcionario mencionó específicamente la posibilidad de desarrollar semillas más resistentes a los fenómenos climáticos. En buen romance, más negocios para los gigantes de la biotecnología.

La agricultura argentina abrazó decididamente en los últimos 25 años la variante transgénica, a través de semillas de soja, maíz y algodón resistentes a herbicidas o a sequías. Actualmente, dentro del gobierno se discute la liberación del trigo transgénico, que ya fue aprobado por las autoridades del ámbito ambiental y sanitario, pero que enfrenta incógnitas desde el punto de vista comercial, ya que no es legal en ningún lado.

A pesar de su mirada insólitamente optimista, funcionarios y especialistas admitieron que son los agricultores familiares los menos preparados para lidiar con las consecuencias del cambio climático. Si bien su contribución a la seguridad alimentaria es decisiva, el Estado no solo está en deuda a la hora de brindarles herramientas, la gestión actual implicó un retroceso en cuanto a la dinámica que habían adquirido.

Si bien en Patagonia se registran desde 2007 sequías que afectan la calidad de las pasturas que demandan el ganado ovino y caprino, la premura para su análisis no es la misma. “Todavía no sabemos sin son por efecto del cambio climático (…) Pero sí sabemos que el aumento de las temperaturas hace que los pastos requieran cada vez más agua”, concedió Guillermo García Martínez, investigador del INTA. El país no se limita a la Pampa húmeda.

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