EMOCIONES ENCONTRADAS: Los “Coboy”

EMOCIONES ENCONTRADAS: Los “Coboy”

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras entrelazando las palabras en papel
De los que cantan con el alma enredada en su voz
Me gusta mas que tener con que cantar, tener de que cantar...

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras ... (+ Info)

Aquella tarde arreciaba el tiroteo en la quinta de la esquina; ese solar que ocupaba un cuarto de manzana y que era el sitio de todo tipo de juegos: escondida, circuito de motocross (cuyas máquinas no eran más que nuestras sufridas bicicletas), cancha de bolitas y enfrentamientos al mejor estilo far west.

Nada de cowboys, esa pronunciación quedaba solo para los pocos que iban a la academia de inglés, para nosotros era los “Coboy”. Poco sabíamos de aquel imperio que nos vendía sus productos y amenazaba nuestra identidad.

En algún rincón andarían llorando Martín Fierro o Juan Moreira al vernos imitar y obrar como aquellos rudos hombres del oeste. Bonanza, El Llanero Solitario, Rin tin tin, El Zorro y El Hombre del rifle, desde la modesta televisión en blanco y negro, circuito cerrado o Roy Roger, Jakaroe, El virginiano y tantos otros desde las revistas hacían maravillas en nuestras fantasías. Ni hablar si íbamos al cine a ver a Ringo, Diango o algún otro justiciero.

A veces hasta nos sorprendíamos hablando como aquellos héroes y villanos: “dame tu revolver Billy”, “qué diablos pasa contigo”, “Ocúltate en el granero”, aunque este solo fuera la leñera de atrás de la casa. Algún porrón de ginebra vacío conteniendo agua hacia las veces de aquel whisky que consumían nuestros héroes. Algunos, para el cumpleaños habían recibido un par de cartucheras con los Colt 45 a cebitas, enfundados y un sombrero estilo texano.

En aquel solar transcurrían los días rodeados de frambuesas y grosellas, las cuales llenas de tierra, calientes y medio verdes eran motivo de señores empachos que la medida de doña Luisa o las cataplasmas de Aurora aliviaban.

Hacer un parate, tomar del árbol una manzana, sacarle brillo en el pantalón para luego sentir que estallaba en nuestra boca, era un placer inigualable; o agacharse a tomar agua del pico de la canilla. De bajo de algunos saucos pitamos el primer Fontanares, que nos había hecho toser hasta quedar rojos y al borde del desmayo.

La cuestión es que esa tarde la balacera era infernal. Cada uno tenía una onomatopeya distinta para simular los disparos. Más temprano, Ariel había hecho un sonido con su boca que provocó la curiosidad de todos, alegó que ese era el ruido que hacían las balas al rozar las piedras.

Cirilo estaba subido al techo de un galpón, al cual había llegado trepando las ramas de un guindo cercano y, con su Winchester, que era un mango de hacha con un clavo por gatillo, le disparaba a todo lo que se moviera.

“¡Muerto Cachito!” decía desde allá y la víctima quedaba fuera de combate, ya había bajado como a tres. El Terito y yo estábamos ocultos detrás de una pila de maderas, nos habíamos desplazado hasta allí sigilosamente, Cirilo no nos había visto, tampoco el Pato, su compañero, que lo cubría desde atrás de la caja de un camión, que descansaba apoyada sobre unos barriles.

Capitán, el perro de Cirilo, ladraba desesperado. Habíamos tenido la precaución de atarlo porque sino delataba a todo el mundo. Al mejor estilo John Wayne, el Terito me hizo un gesto con la mano, indicándome que me desplazara a la izquierda, para rodear el galpón y sorprender por detrás al villano que estaba en el techo. Mi compañero, en un gesto memorable, rodó por el piso y disparando frenéticamente gritó: “¡muerto el Pato!”, al que sorprendió desde la parte posterior de la caja donde estaba parapetado.

Yo, medio en cuclillas y otro poco arrastrándome, había llegado hasta la parte trasera de un viejo gallinero abandonado, contiguo al galpón sobre cuyo techo se hallaba Cirilo. Un par de gestos bastaron para entendernos con mi compañero y saber que él asaltaría desde el otro lado la posición del francotirador.

El Terito, dueño de una picardía asombrosa, me hizo un gesto indicándome con sus manos, que él iba a disparar, distrayendo a Cirilo para que yo subiera por detrás y así dar el asalto final. Un tenso silencio se había apoderado de la quinta. Cachito y el Pato, ambos muertos prematuramente, se vigilaban mutuamente, para que ninguno hiciera trampa alertando a su compañero. Intuí que Cirilo estaría perdido, sin saber adónde estábamos. El Terito asomó su cabeza por encima del barril donde se hallaba, disparó y se volvió a ocultar. Bastó para que el forajido, desde el techo, se orientara hacia ese lugar. Lo vi moverse por la sombra proyectada en el piso. De un salto intenté trepar al galpón para dar por terminado el pleito, lo iba a sorprender de espaldas y sería pan comido. Aquel no era mi día. Al apoyar el pie en una tabla, ésta cedió y me deslicé hacia abajo, raspando con mi cuerpo todo lo que encontré a mi paso. Al tocar el suelo, rodé golpeando una estiba de viejas botellas de aceite y vinagre las cuales cayeron encima mío.

No hizo falta que Cirilo se asomara a ultimarme, yo me había matado solo. Un golpe tan real, que me alejó de los rudos días del far west y me depositó en ese momento, envuelto en un llanto doloroso. Vaya a saber cómo habría terminado aquella contienda. Por suerte mis amigos, los que habían muerto y los que quedaron vivos, dejaron sus armas de lado y corrieron a auxiliarme, alertados por el estrepito de mi caída.

“Avisa al alguacil que le llevaremos al doctor” dijo el Terito, provocando la risa de todos, aun la mía, a pesar del dolor.

Dejar un comentario
Ranking de noticias
Más Leidas
Seguinos en Instagram
Seguinos en Facebook