Editorial
27/03/2019

El alvearismo vive y colea

Sesionaba en las Provincias Unidas la Asamblea del XIII cuando los sucesos en Europa tendrían incidencia decisiva en su suerte. Se había producido la derrota de Napoleón y Fernando VII retornaba al trono de España, para complicar aún más el panorama. En su primer mensaje a quienes consideraba súbditos americanos, ratificó que América era una colonia española y que todas las juntas que hasta ese momento habían gobernado en su nombre, debían caducar.

En la península ibérica, la intención fue recuperar las posesiones que amenazaban con esfumarse de los dominios castellanos. En Buenos Aires, quienes hacía rato trabajaban para concentrar el poder en desmedro de los intereses de las provincias, aprovecharon la coyuntura para constituir el Directorio, el primer poder ejecutivo unipersonal. En esa decisión tuvo peso la facción que comandaba Alvear.

Escribió: “yo sentí al instante este gran defecto (un poder ejecutivo de varias personas) y siendo miembro de la Constituyente, traté de sondear los ánimos con el objeto de concentrar el poder en una sola persona. (...) No había pues tiempo que perder y era preciso empezar por hacer en el gobierno una gran variación que pedían imperiosamente las circunstancias. El coronel San Martín había sido enviado a relevar al general Belgrano y la salida de este jefe de la capital que habíase manifestado opuesto a la concentración del poder, me dejaba más expedito para intentar esta grande obra”. A confesión de parte...

Todo quedó en familia. El primer ocupante del Directorio Supremo del Río de la Plata fue Gervasio Posadas, tío de Alvear. Declaró “traidor a la Patria” a José Artigas, el caudillo que lideraba a los pueblos del Litoral y además, ordenó la creación de una armada que llevara la guerra contra Montevideo. Cuando la suerte estaba echada, Alvear consiguió que lo designaran al frente de las tropas patriotas en reemplazo de Rondeau. Para decirlo con lenguaje de hoy, apareció para la foto.

Tampoco fue feliz su paso por el Ejército del Norte, que hacia fines de 1814 ya era veterano. San Martín había dejado la jefatura de esos efectivos para marchar hacia la gobernación de Cuyo. Ocupaba el cargo Rondeau cuando Posadas mandó a su sobrino. De tan mala fama gozaba Alvear que la plana mayor del Ejército del Norte rechazó el nombramiento y puso a la tropa en situación de sublevación.

Buenos Aires seguía pensando que las provincias debían subordinarse a su conducción. A comienzos de 1815, Alvear se convirtió en director supremo. Su asunción no hizo más que aglutinar a sus opositores, entre los cuales estaba el mismísimo San Martín. Se intentó un acuerdo poco honorable con Artigas según el cual, la Banda Oriental gozaría de autonomía pero el caudillo debía olvidarse del Litoral.

La coyuntura era la más complicada desde mayo de 1810. Pero las maneras de reaccionar fueron muy distintas. Para San Martín la salida consistía en llevar la guerra hasta sus últimas consecuencias, hacía falta reorganizar el Ejército y atacar a los realistas en el corazón de la reacción: Lima. Para Alvear, la solución a las amenazas de Fernando VII era el protectorado británico.

El director ya había enviado una misión diplomática a cargo de Manuel José García, que tenía como fin entrevistar al embajador británico en Río de Janeiro, el tristemente célebre lord Strangford. García debía ofrecer la entrega en protectorado de las Provincias Unidas al Reino Unido. Alvear le escribió al diplomático en estos términos: “estas provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer a su gobierno y vivir bajo su influjo poderoso. Ellas se abandonan sin condición alguna a la generosidad y buena fe del pueblo inglés, yo estoy resuelto a sostener tan justa solicitud para librarlas de los males que las afligen. Es necesario que se aprovechen los buenos momentos, que vengan tropas que impongan a los genios díscolos y un jefe plenamente autorizado que empiece a dar al país las formas que fueren del beneplácito del Rey”.

Uno de esos díscolos era Artigas, que en el momento máximo de su influencia, levantó la bandera de la federación y la independencia no solo en el actual territorio uruguayo, sino también en Entre Ríos, Corrientes, Misiones, Santa Fe y Córdoba. Cuando sus diputados intentaron participar de la Asamblea, tenían como instrucciones la inmediata declaración de la independencia, la adopción de una constitución republicana, la instalación de un gobierno central con respeto a las autonomías provinciales y la capital fuera de Buenos Aires.

Tampoco es difícil de imaginar la indignación de salteños, tucumanos, jujeños y alto peruanos, que llevaban el peso de la guerra sobre sus espaldas, cuando conocieron las maniobras alvearistas. En 2019, nadie explícitamente se proclama heredero político de Alvear. Pero que los hay, los hay…

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