Editorial
26/03/2019

“La indiferencia del mundo, que es sordo y es mudo”

Cuando la suerte qu’es grela / fayando y fayando / te largue para'o / cuando estés bien en la vía / sin rumbo, desespera'o / cuando no tengas ni fe / ni yerba de ayer / secándose al sol. Cuando rajés los tamangos / buscando este mango / que te haga morfar / la indiferencia del mundo / que es sordo y es mudo / recién sentirás. Verás que todo es mentira / verás que nada es amor / que al mundo nada le importa / Yira, yira”.

El fragmento que precede data de 1929, es decir, de cuando agonizaba el tercer gobierno radical y se avecinaba la gran crisis mundial cuyos remezones en la Argentina provocaron estragos. El escepticismo burlón de la letra goza de implacable actualidad y precisamente, supo perforar la barrera del tiempo. Quién no cantó alguna vez las estrofas de “Yira, yira”, aunque no se considere particularmente tanguero.

Su autor vino al mundo el 27 de marzo de 1901, es decir, 118 años atrás. Más que clásica, con el paso de las décadas la obra de Enrique Santos Discépolo se convierte en inoxidable. En efecto, no hace falta profesar fervor por la música ciudadana para conocer al dedillo la letra de “Cambalache” y tampoco se requiere contar con un máster en Filosofía para concluir que sus versos parecen escritos a propósito de 2019, cuando refieren a la pérdida de los sentidos sagrados.

No faltarán aquellos que dirán: ¡pero Discépolo era peronista! Como si Sarmiento no hubiera profesado ideología alguna o Leopoldo Lugones no supiera nada de política. No se puede desconocer la contribución de grandes hombres que aportaron a cimentar facetas de la cultura nacional porque se enrolaran en tal o cual experiencia política. Si hasta Borges erró al apoyar la última dictadura militar…

A diferencia de otros creadores populares que desplegaron su talento de modo instintivo y un tanto ingenuo, sus biógrafos aseguran que Discépolo siempre fue consciente de sus aportes. Se sostiene que incluso podría asegurarse que toda su producción artística se articula por un estilo común, un cierto aire o espíritu justamente discepoliano, que la gente suele reconocer inmediatamente, como si su obra expresara el sentido común de argentinos y argentinas.

La singularidad de Discépolo todavía inquieta, tanto dentro como fuera del universo del tango. Mientras la mayoría de sus contemporáneos sonó extraño para la posteridad, el hombre que escribió y compuso “Cambalache” persiste y está vigente. Si hasta versiones heavy metal se hicieron de ese crudo diagnóstico, tan acertado como cínico. Y el rock nacional también sabe de “Yira yira”.

Enrique se formó en el teatro, gracias a su hermano Armando, dramaturgo del grotesco rioplatense. De hecho, arribó al tango después de incursionar en la autoría teatral y la actuación, con suerte dispar. Cuando se decidió a encarar la autoría de canciones, no contó con la aprobación de Armando, a cuyo cargo estaba. De hecho, sus comienzos no fueron muy venturosos: “Que vachaché” recibió una estruendosa silbatina al momento de su estreno.

Pero en 1928, Azucena Maizani cantó “Esta noche me emborracho” en un teatro de revistas y su suerte comenzó a cambiar. Era un tema bien rioplatense, con el protagonismo de una vieja cabaretera a quien el tiempo trató con impiedad. Días después, los versos de aquel tango circularon por todo el país y los músicos argentinos que estaban de gira por Europa lo incluyeron en sus repertorios. Con ese tema, nació el Discépolo del tango.

Ese mismo año, la actriz y cantante Tita Merello retomó el denostado “Que vachaché”, pieza que quedó a la misma altura de “Esta noche me emborracho”. Finalmente, el año terminaría con amor: Tania, una intérprete española, se revelaría como gran intérprete de sus tangos y además, lo acompañaría por el resto de su vida. En aquellos tiempos, se trataba de rubros claramente diferenciados, pero Discépolo escribía letra y música. Esta capacidad le permitió trabajar cada tango como una unidad perfecta.

Con su talento, Enrique Santos se las ingenió para hacer de sus breves y muchas veces violentas historias una auténtica comedia humana, además netamente rioplatense. Abandonó gran parte de la influencia modernista que evidenciaban otros autores y según se dice, tradujo al formato “menor” de la canción algunas ideas dominantes de la época: el grotesco teatral, el idealismo y el extrañamiento.

Con el humor socarrón y su lirismo, Discépolo fue muy lejos. Gardel grabó casi todos sus primeros tangos. Nadie puede negar que “Yira yira” en la voz del “Mudo del Abasto”, es uno de los grandes momentos de la música argentina. Felizmente, Los Piojos acercaron esa obra inmortal a generaciones más recientes. ¿Hay otros ejemplos en la música ciudadana? Si existieran, no fueron tan contundentes.

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