Editorial
24/03/2019

La deportación más grande en la historia de la humanidad

En el calendario de la ONU, hoy se conmemora el Día Internacional de Recuerdo de las Víctimas de la Esclavitud y la Trata Transatlántica de Esclavos. No se trata de rivalizar con ninguna otra, pero estamos frente a una de las tragedias más grandes que sufrió la humanidad. A tal punto que aproximadamente 17 millones de africanos resultaron esclavizados para desempeñarse como siervos al otro lado del océano.

Para agravar más las cosas, solo uno de cada seis pudo sobrevivir a la travesía marítima y a las extenuantes tareas que aguardaban en sus nuevos hogares. Frente a la magnitud de ese genocidio, nos parece que nunca se acabará la necesidad de denunciarlo. La esclavitud y el comercio de esclavos se encuentran entre las peores violaciones a los derechos humanos de las que se produjeron en la historia.

El tráfico de personas a través del Atlántico se considera un fenómeno único, tanto a raíz de su duración como por su escala. Es que la práctica se extendió por 400 años e involucró a nada menos que 17 millones de seres, sin contar los que perecieron durante la navegación. La pretendida legitimidad que se puso en práctica a través de las leyes de la época, en realidad, habla muy mal de la pretendida “civilización” que Europa se atribuye a sí misma.

El comercio trasatlántico de esclavos constituyó la deportación más grande de la trayectoria de la humanidad. Arrancó en el siglo XVI y se extendió hasta el XIX, con participación involuntaria de muchas regiones y continentes: África, norte y sur de América, Europa y el Caribe. Pero más allá de la significación geográfica, no se puede soslayar que el tráfico significó la venta y explotación de millones de africanos en beneficio de un puñado de sectores europeos.

La metodología incluía embarcaciones que transportaban productos para el intercambio, como armas, alcohol y caballos. Los navíos partían de los puertos europeos con rumbo al oeste de África, donde los traficantes intercambiaban los artículos que traían por esclavos. Estos resultaban de guerras en las que habían caído derrotados o, más bien, resultaban víctimas del creciente negocio local de captura y venta de humanos.

Las pesadas embarcaciones sobrecargadas de esclavos partían entonces a través del Paso del Medio rumbo a las colonias americanas y europeas, tanto en el Caribe como en Sudamérica. Generalmente, las estructuras para pasajeros y carga de los barcos eran desmanteladas para transportar al máximo número de personas. Se estima que uno de cada seis esclavos moría durante el viaje a raíz del confinamiento y las malas condiciones sanitarias.

Si ocurría una rebelión o se extendía una enfermedad en la embarcación, la proporción podía aumentar a más de uno cada dos. Después de vender a los sobrevivientes, los barcos volvían a Europa con sus bodegas repletas de bienes, que resultaban del trabajo de la mano de obra esclava: azúcar, tabaco, algodón, ron y café. He ahí la raíz profunda de la ostentación del actual Primer Mundo y de las diferencias económicas que existen en el planeta.

No es por su mayor o menor talento que los europeos accedieron a la revolución industrial, a la modernidad y demás hipotéticas bondades. Fue porque su crecimiento económico se sustentó sobre cuatro siglos de esclavitud despiadada y colonialismo, ya que el comercio trasatlántico de esclavos funcionó como un sistema económico complejo y de gran escala. Los principales países comerciantes fueron España, Portugal, los Países Bajos, Inglaterra y Francia.

Sus traficantes lograron obtener significativas ganancias en cada una de las escalas de la travesía triangular y, en verdad, no fueron pocas las ciudades del Viejo Continente que florecieron gracias a las utilidades que dejaban las industrias agrícolas que descansaban literalmente, sobre las “espaldas” de los esclavos africanos. La práctica se justificaba con fundamentos filantrópicos o religiosos. Incluso, se llegó a codificar dentro de la ley, por ejemplo, en el Código Negro de 1685.

Se trata de una norma francesa que contenía los derechos y obligaciones de los dueños y los esclavos en las colonias de la América. Establecía, por ejemplo, “nosotros declaramos a los esclavos como propiedad móvil”. La ley establecía un sistema de dura disciplina que incluía la flagelación y la marca con hierros incandescentes como castigo por delitos menores. No obstante, se consideraba a la legislación como un “beneficio” porque otorgaba días festivos religiosos, además de forzar el culto católico, tolerar los matrimonios entre esclavos y abogar por la conservación de las familias.

Para el siglo XVIII, la oposición moral y política hacia el comercio de esclavos era significativa en Gran Bretaña y en Estados Unidos, al igual que en otras partes de Europa. Pero la reparación de tamaño drama todavía está pendiente.

Dejar un comentario
Ranking de noticias
Más Leidas
Seguinos en Instagram
Seguinos en Facebook