Editorial
26/02/2019

Feliz Día de la Bandera

El Día de la Bandera debería celebrarse el 27 de febrero aunque la jornada quede afuera del ciclo lectivo. La tradición dice que ese día de 1812, Manuel Belgrano ordenó enarbolar por primera vez una enseña propia en las barrancas del río Paraná. Entonces, ¿qué otra fecha para saludarla? Todavía se la ensalza el 20 de junio cuando en realidad, en aquella fecha se produjo la triste y solitaria muerte de su mentor.

Sostiene el relato habitual que para arribar a los colores celeste y blanco, el abogado-militar se inspiró en la escarapela precedente y que el paño original se perdió, en consecuencia jamás se podrá saber si las franjas eran tres o dos, como sostienen varias versiones. En realidad, la curiosa trama que rodea a la creación de la bandera terminó bastante después de 1812 y es muy compleja.

A los orígenes de la escarapela hay que buscarlos en las jornadas del 22 y 25 de mayo de 1810, cuando grupos de “chisperos” repartieron cintas entre los partidarios de la revolución. Pero esos distintivos eran rojos y permitían a sus portadores no solo mostrar su identificación con la causa, sino también evitar balazos de los hombres que capitaneaban Domingo French y Antonio Beruti. “Chisperos” era el mote que recibieron por parte de los realistas.
Al año siguiente, las tropas de Belgrano comenzaron a usar una escarapela bicolor, azul-celeste y blanca. El propio abogado escribió que había elegido esas tonalidades porque el enemigo también usaba el rojo y era necesario “evitar confusiones”. Pero había antecedentes, porque en ocasión de la segunda invasión de los ingleses, los Patricios o los Húsares ya habían adoptado distintivos azul-celeste y blanco.

Se suele afirmar que Belgrano propuso esos colores porque buscaba una tonalidad más cercana a la turquesa, pero resultaba muy difícil encontrar paños de esas características. Por eso, quedó azul-celeste y más tarde, definitivamente celeste. Eran los colores que por entonces identificaban a la dinastía Borbón, que cuando comenzó la Revolución de Mayo, estaba fuera del poder español a raíz de la invasión francesa.

Hace 207 años se establecieron las famosas baterías sobre el río Paraná, a unos pocos kilómetros de la Villa del Rosario. Allí se izó la bandera que mandó confeccionar Belgrano y que según se dice, fue obra de María Catalina Echeverría de Vidal, una vecina de la localidad. En aquella ocasión el contingente no juró la bandera, como generalmente se supone, sino fidelidad al Congreso General Constituyente que luego pasaría a la historia como Asamblea del Año XIII.

El gobierno de Buenos Aires, con la altura que caracterizó a la mayoría de los políticos porteños, ordenó disimular la bandera y exigió que no se utilizara. No fuera a ser que Europa se enojara... No se sabe con precisión cuál fue el diseño original de la enseña, pero un ejemplar que se supone muy cercano, se halló en la localidad de Macha, hoy Bolivia. Se conserva en un museo de Sucre: tiene la franja central celeste y las otras dos blancas.

Hubo que esperar al 20 de febrero de 1813 para ver a la azul y blanca al frente del Ejército del Norte, ocasión en que propinó una derrota a los maturrangos. Pero la enseña recién se convirtió en pabellón nacional a instancias del Congreso de Tucumán, en 1816. En aquella ocasión votaron por la bandera diputados de Tarija y otras zonas del Alto Perú, que hoy están bajo jurisdicción boliviana. Los congresistas decidieron que aquella fuera la única enseña de las Provincias Unidas del Río de la Plata y fue la que más tarde, heredó la República Argentina. La resolución se firmó el mismísimo 9 de julio.

Otras banderas “argentinas” supieron enarbolar las caballerías patriotas. José Artigas, el líder federal del Litoral y la Banda Oriental, adoptó la propuesta por Belgrano durante un congreso que se llevó a cabo en 1815 en Concepción del Uruguay. En aquella ocasión, la Liga Federal o Unión de los Pueblos Libres, enarboló la celeste y blanca con el agregado de una banda menos ancha de color punzó, divisa emblemática del federalismo argentino.

En la década del 30, cuando la Argentina vivía un intento de restauración conservadora después de la experiencia radical, una ley estableció que las franjas de la bandera debían ser celestes, “como el color del cielo cuando comienza a amanecer”. Los sectores populares identificaban a los conservadores como seguidores de los liberales, que a su vez resultaron continuadores de los unitarios. Así como la divisa federal era punzó, la celeste fue unitaria. Se interpretó la decisión como un triunfo simbólico de la facción vencedora en Pavón. No parece errada esa interpretación inclusive hoy, cuando los continuadores de aquella elite están una vez más en el poder.

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