Editorial
23/02/2019

Es un “monstruo grande” y además contamina fuerte

Se sabe con suficiencia que el cambio climático es consecuencia de la emisión de gases de “efecto invernadero” a la atmósfera. A esta altura de los acontecimientos y con los hechos que están a la vista, ya nadie osa discutir la relación directa que existe entre las prácticas económicas de la humanidad y los incrementos globales de la temperatura. Sin ir más lejos, la capital de la República Argentina ya no está en una zona de clima templado; hace unos años, se admitió que sus parámetros climáticos son equivalentes a los tropicales.

En las últimas décadas, se avanzó en materia de conocimiento alrededor del cambio climático pero, lamentablemente, los progresos en el rubro de las determinaciones políticas son bastante menos espectaculares y, en verdad, todavía no se adoptaron decisiones que permitan aventurar un futuro promisorio. Gobiernos y sociedades civiles están lejos aún de adoptar las reacciones viscerales que surgen del miedo. Como si las prolongadas sequías, las tremendas inundaciones, los incendios forestales, la creciente intensidad y frecuencia de los huracanes, se desarrollaran en otro escenario.

Muy poco se habla sobre la incidencia de las conflagraciones bélicas en el cambio climático global. Sabíamos de la función perniciosa de las industrias contaminantes, del carácter perjudicial de los desmontes nativos, del aporte de las represas hidroeléctricas y de muchos otros factores pero, hasta hace muy poco nada se había dicho de la contribución de las guerras a la fritura general. Por eso, hay que hacer circular los pocos datos que existen.

Desde una perspectiva meramente económica, se afirma que el gasto total que Estados Unidos destinó para costear su agresión contra Irak hasta marzo de 2008, habría cubierto la totalidad de las partidas que serían necesarias para invertir en energías renovables desde ese año hasta 2030. La faceta agrega una dosis de criminalidad más al genocidio que Washington puso en marcha en 2003.

Por otro lado, las operaciones bélicas que desarrolló Estados Unidos durante los primeros cinco años de su agresión implicaron la liberación de 141 toneladas métricas de dióxido de carbono (CO2) equivalente. Para que la enumeración no quede abstracta, digamos que ese volumen equivale a las emisiones de 25 millones de automóviles. Una magnitud a todas luces aterradora. Si, con otra perspectiva, se considerara a las emisiones que provocó la agresión bélica como si fueran las de un país, superarían las anuales de 139 países.

Las emisiones que se liberaron a la atmósfera en los primeros cinco años de agresión fueron dos veces y media las que se pudieron evitar entre 2009 y 2016 si California hubiera implementado las autorregulaciones que propuso oportunamente y que la Casa Blanca rechazó. Cabe recordar que el PBI californiano es el quinto del planeta, si se comparara a ese estado de la Unión con economías nacionales. Hablamos, entonces, de una reducción sustantiva, que se evitó poner en práctica.

Con los 600.000 millones de dólares que el gobierno estadounidense erogó en Irak hasta el primer trimestre de 2008, se pudieron levantar 9.000 parques eólicos, con una capacidad de 50 MW cada uno. Esas instalaciones estarían en condiciones de abastecer de electricidad a un cuarto de la población estadounidense. Otro dato a tener en cuenta para cotejar la importancia del dislate es que, si el 25 por ciento de la energía proviniese de la eólica en lugar de los combustibles fósiles, se podrían reducir emisiones en mil millones de toneladas métricas por año.

Las estimaciones que se dieron a conocer eran, en realidad, conservadoras, ya que sólo tuvieron en cuenta a las operaciones de combate, en las que se utiliza combustible en forma intensiva. También contabilizaron en forma aproximada los incendios en los pozos de petróleo, el incremento en las explosiones de los yacimientos de gas, la utilización masiva de cemento en las tareas de reconstrucción y fortificaciones de seguridad, más el uso significativo de explosivos y de productos químicos. Todas estas variantes contribuyen al calentamiento global de manera contundente.

Como contrapartida, no se tuvieron en cuenta emisiones que son muy difíciles de evaluar, como las que se producen en los transportes de tropas y provisiones. Más cerca en el tiempo: ¿qué cantidad de emisiones implicaron los bombarderos de la OTAN en Libia? ¿Y la guerra civil que las potencias indujeron en Siria? En el último escenario, ¿quién midió las emisiones que aportaron el despliegue ruso y las intervenciones turcas? ¿Cómo calcular el aporte al calentamiento global que produjeron el Estado Islámico y sus secuaces? ¿Y la intervención de Arabia Saudita en Yemen? ¿Qué pasaría de continuar la escalada entre Venezuela y Estados Unidos? No sólo vidas humanas se pierden en las guerras. Detenerlas es otra manera de atacar el cambio climático.

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