Editorial
07/02/2019

El “abominable” que garantizó la Independencia

Cuando se habla de “guerra gaucha”, imposible no asociarla a su figura y trayectoria. El concepto fue primero sinónimo de resistencia popular, más tarde libro de cuentos y por último, título de una película. El film se estrenó en Buenos Aires el 26 de noviembre de 1942, época en la que el cine argentino se interesaba por las manifestaciones colectivas de sus mayores. Entre ellos, Martín Miguel Juan de Mata Güemes Montero de Goyechea y la Corte.

Como indica la interminable lista de nombres, Güemes vino al mundo un día como hoy de 1785, en el seno de una familia acomodada. Pero ya durante las invasiones inglesas, se jugó el pellejo por un ideal bien alto. Cuando se produjo la Revolución de Mayo, formó parte del ejército patriota que cruzó armas con el enemigo en Suipacha, con saldo victorioso. Y aunque parezca una contradicción, desde 1814 siguieron a Güemes sus paisanos, el gauchaje pobre de Salta.

Pese a la torpeza de los porteños que enviaban las autoridades de Buenos Aires, los escuadrones gauchos se las arreglaron para evitar que esa zona de las Provincias Unidas quedara en manos realistas. Cuando San Martín reemplazó a Belgrano al frente del Ejército del Norte, recorrió el teatro de operaciones y constató sobre el terreno las atrocidades que los hombres del rey cometían en los pequeños pueblos de los parajes. Supuso y con razón el futuro jefe del Ejército de los Andes, que en esos caseríos perdidos palpitaba el ánimo de revancha y que siempre habría allí criollaje capaz de defender la patria.

El 3 de agosto de 1814, los contingentes al mando del salteño obligaron a los realistas a evacuar Salta. Pero inmediatamente “la guerra gaucha” pasó a la ofensiva y meses después, el 14 de abril de 1815, los escuadrones patriotas hicieron morder el polvo de la derrota a los realistas en Puesto del Marqués. Para Güemes, el prestigio que supo ganar en el campo de batalla se materializó en influencia política y al mes siguiente, el Cabildo lo designó gobernador de la provincia.

Durante su mandato, terminó de enemistarse con los pudientes de Salta, quien según el mandatario, debían aportar en mayor medida a la guerra contra los maturrangos. Por aquellos tiempos, Buenos Aires quedaba muy lejos de Salta. No solo geográfica, sino también políticamente. Es más, varios oficiales porteños de alto rango e inclusive funcionarios gubernamentales, no sentían el menor aprecio por ese joven audaz y demasiado autónomo.

El logro de la Independencia fue sobre todo obra de los pueblos del interior, de salteños y jujeños, de mendocinos, sanjuaninos y puntanos, de orientales, santafesinos y entrerrianos. Buenos Aires y sus hijos rara vez estuvieron a la altura de las circunstancias, como quedó en evidencia al ordenar el Directorio el retorno del Ejército de los Andes, determinación que felizmente, San Martín desobedeció una decena de veces.

Al comprender que las provincias del norte tenían que arreglarse solas frente al invasor, Güemes no se amilanó. A diferencia de otros ejércitos, el salteño se conformaba absolutamente por voluntarios. Era la gente, que se armaba con lanzas, boleadoras y herramientas agrícolas. Los fusiles y carabinas eran muy pocos. Los soldados eran “irregulares”, como sostiene la literatura militar clásica.

En una ocasión, un capitán español llegó hasta Güemes con un intento de soborno que intentaba el virrey del Perú. El barbado respondió con tanta firmeza como elegancia: “Yo no tengo más que gauchos honrados y valientes.

No son asesinos sino de los tiranos que quieren esclavizarlos. Con éstos únicamente espero a usted, a su ejército y a cuantos mande de España. Convénzanse ustedes de que jamás lograrán seducir no a oficiales, sino ni al más infeliz gaucho. En el magnánimo corazón de estos hombres no tiene acogida el interés, ni otro premio que su libertad (...) al pueblo que quiere ser libre no hay poder humano que lo sujete”.

No obstante, fue un coronel salteño quien conspiró con los sectores descontentos ante los empréstitos que impuso Güemes, el que ocupó Salta el 7 de junio de 1821. Antes de salir de la ciudad, el jefe patriota recibió un balazo y llegó gravemente herido a su campamento, donde así y todo, dispuso lo que estaba a su alcance para ordenar la novena reconquista de Salta. Cuando diez días después dejó de existir, toda Salta marchó al Chamical para asistir a su entierro.

En Buenos Aires, la prensa oficial informaba feliz: “Murió el abominable Güemes al huir de la sorpresa que le hicieron los enemigos. ¡Ya tenemos un cacique menos!” No vale la pena ni recordar al miserable que escribió esas líneas. Fue la sangre de “abominables” de esa índole, la que nutrió la libertad de América.

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