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UNA LEYENDA DE PERSISTENCIA INEXPLICABLE

02/02/2019

La Ciudad de los Césares definió vidas y muertes

La Ciudad de los Césares definió vidas y muertes
Mapa con los itinerarios de Menéndez hacia el Nahuel Huapi.
Autor: Adrián Moyano

Fueron múltiples los intentos españoles desde las actuales jurisdicciones de Chile y la Argentina, que procuraron dar con su esquivo emplazamiento. Más allá de su vocación de mártir, Nicolás Mascardi dejó de existir en su búsqueda.

La historia antigua de la región que en el presente se conoce como Patagonia, se liga a la existencia jamás comprobada de un emplazamiento tan misterioso como legendario: la Ciudad de los Césares. Buena parte de las expediciones que los españoles armaron en dirección a estas latitudes, tuvieron como objetivo más o menos declarado la búsqueda del mítico poblado, inclusive la que integró el sacerdote jesuita Nicolás Mascardi, quien supo recalar a orillas del Nahuel Huapi.

Tanta entidad alcanzó la leyenda, que la Colección de Obras y Documentos Relativos a la Historia Antigua y Moderna de las Provincias del Río de la Plata, incluye una recopilación denominada “Derroteros y viajes a la Ciudad Encantada o de los Césares que se creía que existiese en la cordillera al sud de Valdivia”. Se trata del trabajo realizado por Pedro de Ángelis en el siglo XIX (circa 1830).

En el prólogo a la edición de 1969, el historiador Andrés Carretero explicaba que “la conquista de América, además de hombres, trajo las leyendas, los mitos y las supersticiones. Desde el mito de los gigantes de la Biblia, hasta la leyenda de las fuentes de la eterna juventud de la Edad Media, pasando por la de los náufragos, de la Siete Ciudades y de las Amazonas, las mentes enfebrecidas de los hombres frustrados, los cuerpos golpeados de los derrotados y las esperanzas inalcanzables de los postergados, poblaron esta tierra americana”.

Según el prologuista “un caso patente de imaginación es la leyenda de los Césares, nacida a consecuencia del fracaso de Caboto en 1529. Documentalmente se sabe con certeza que éste y su gente estaban en el fuerte de Sancti Spiritu para el referido año y que allí dio permiso a quince personas para que se internaran en la tierra a fin de descubrir ‘... minas de oro e plata e otras riquezas que hay en aquella tierra...’, como manifestó el testigo Juan María en el pleito sostenido por Caboto contra Catalina Vázquez”.

De los soldados que salieron, “sólo volvieron los que acompañaban al capitán Francisco César, manifestando haber visto maravillas en oro, plata, piedras y otras cosas. Ante esas noticias, Caboto acordó hacer una entrada a la tierra para buscar las riquezas descritas”. Para Carretero, “posiblemente el nacimiento de la leyenda sea la necesidad de evadir a la vulgaridad, a la mezquindad y a la negatividad cotidiana, embelleciendo la vida y dándole un encanto del que en la realidad carece. Por ello, tal vez los hombres de Caboto magnificaron los relatos oídos a Francisco César y a sus acompañantes”.

En el estrecho

Años después, en 1540, llegó al estrecho de Magallanes otro intento español, a la que llamaron “expedición del obispo de Placencia” porque contó con el financiamiento del religioso. Decía Carretero que “esta expedición sufrió un duro contraste en aguas del estrecho de Magallanes, pues la nave capitana naufragó y sus tripulantes, salvados casi en su totalidad, debieron buscar refugio en las costas de Tierra del Fuego. Nadie supo de éstos ni de los anteriores náufragos, pues ni la expedición despachada por Valdivia, ni la encabezada por Juan Ladrillero, como Francisco Drake, supieron dar cuenta ni noticia de ellos en sus correrías por la zona del estrecho”.

A los sobrevivientes, “se los suponía viviendo casados con indias en una ciudad de fantasía que habían levantado. Esta leyenda no era llamada de los náufragos, sino de los Césares, y las riquezas fabulosas que se aseguraba encerraban dentro del recinto de la ciudad era el tesoro de los césares”. Con el correr del tiempo, “ante los embrujos de la leyenda cayeron los soldados, las autoridades y hasta los sacerdotes”.

Carretero comenta que “Los Césares que se conocen no fueron solamente los Césares blancos, sino que también los hubo indios. La leyenda dice que muchos indios del Perú, ante la incursión de los españoles abandonaron sus territorios y se internaron al sud, hasta ubicarse en una región no precisada de los Andes del sud o en alguna zona de la Patagonia donde reconstruyeron el esplendor de su imperio”.

Pero además hubo otras versiones. “Una variante de las dos leyendas -blancos e indios- tuvo sus relatores y adeptos, pues se aseguraba que los blancos perdidos y los indios huidos se habían encontrado en su deambular y contadas sus desgracias se habían unido para buscar juntos su destino mejor. El resultado de esta unión fue la existencia una ciudad rica, fabulosamente bella, ubicada como todas las anteriores en una región no determinada, pero cierta y real, vista por otros indios y entrevista por algunos blancos que no podían precisar la ubicación al no haber podido llegar a ella por las guardias que la cuidaban”.

Apuntaba el investigador que “casi nadie escapó al hechizo de esta leyenda, pues hasta religiosos convencidos, como el padre Mascardi, realizaron incursiones en busca de la Ciudad Encantada de los Césares”. Según Carretero, el sacerdote “salió de Chiloé en las postrimerías del año 1670, acompañado por una princesa india que se había convertido al cristianismo. Es necesario resaltar que en los relatos sobre estos viajes del padre Mascardi, la dignidad de la india que le acompañaba era de princesa, rememorando a la distancia las dignidades de los relatos femeninos de la Edad Media”. En realidad, la elevación a rango real de la mujer, obedeció a que era la compañera de un cacique principal y estaba emparentada con otros del mismo rango. Condimentos del mítico relato que sobrevivió hasta mucho después y que aún hoy, despierta curiosidad.

Insistencia

En definitiva y en relación a la Ciudad de los Césares, la primera incursión de Nicolás Mascardi “terminó en nada, por lo que dos años más tarde realizó otra, llegando en su penetración hasta los restos del campamento levantado por el inglés Juan de Narborough, que había incursionado en la Patagonia con intención de tomar posesión de ella. Como es sabido, Mascardi murió a manos de los indios después de haber regresado de esta expedición en busca de los césares”, apuntaba el historiador autodidacta Andrés Carretero.

Como era de prever, “a medida que el tiempo transcurrió, la leyenda de los Césares se fue diluyendo y perdiendo fuerza. Sin embargo, no todos pudieron aceptar que se trataba de una leyenda y sostuvieron el convencimiento de su existencia real. Entre estos últimos hay que mencionar al padre Menéndez, que, siguiendo las huellas de Mascardi, incursionó en la región del Nahuel Huapi y allí recogió la distancia transmitida por los indios de la existencia de una ciudad llamada Chico Buenos Aires, mandada por el cacique Basilio. Esta ciudad tenía campanas y sus habitantes sembraban la tierra y fabricaban pan”.

Puede sospecharse que “estas noticias eran ciertas, pero alejadas por completo de la leyenda, ya que la ciudad era Carmen de Patagones y su cacique Basilio Villarino, pero cuando estas noticias ciertas llegaron, Menéndez había sido muerto por los indios”, afirmó Carretero. En este caso, su aseveración es discutible, porque Villarino había llegado a las nacientes del río Chimehuín en 1783, escribió su diario enseguida y las expediciones del franciscano al Nahuel Huapi se produjeron casi una década más tarde, aunque es probable que no leyera las impresiones del marino gallego. Además, no hay constancias de que Menéndez muriera de manera violenta, ya que después de su último viaje al lago, fue relevado de las tareas misionales por los superiores de su orden y continuó con su existencia en Chiloé.

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