Editorial
26/01/2019

Flota Mercante, ¿Flota Mercante? Me suena…

Salvo veteranos marinos, ¿quién recordará hoy a la marina mercante argentina? La perdimos en los vericuetos de los 90, es verdad… Pero, durante la década que hipotéticamente se ganó, ningún paso significativo se dio hacia su recuperación. Y qué se puede pedir hoy, cuando la soberanía económica no aparece como valor político en el decálogo del elenco gobernante. Ni de la mayoría de los argentinos, habría que admitir…

Su primera denominación fue Flota Mercante de Argentina y tuvo su origen en la Segunda Guerra Mundial. Su surgimiento no se produjo durante un gobierno peronista, como superficialmente podría suponerse, sino antes. La coyuntura que se abrió en agosto de 1939 producía enormes perjuicios en la economía argentina, sobre todo, en su comercio internacional. Las autoridades de entonces tomaron nota de la carencia de bodegas que fueran capaces de transportar los productos argentinos hacia sus mercados de exportación y, a la vez, de importar los insumos que resultaban indispensables para que la producción siguiera su curso.

En enero de 1940, se creó una comisión para estudiar el problema y proponer soluciones. Faltaban seis años aún para el primer gobierno peronista cuando el vicepresidente Ramón Castillo encaró la crisis. Merced a su determinación, el Estado –que, por entonces, no parecía mala palabra para quienes se decían liberales- adquirió los barcos de los países beligerantes que se encontraban paralizados en los puertos argentinos.

Las operaciones incluyeron a 16 buques italianos, cuatro daneses, tres alemanes y tres franceses. La decisión política se canalizó de diversas maneras: algunos de los navíos quedaron a cargo del Estado después de lograrse convenios con sus armadores o con sus gobiernos, dos de ellos quedaron bajo jurisdicción de la Armada y otros se adquirieron en el mercado.
En aquellos tiempos, tampoco faltaban quienes veían con malos ojos la intromisión del sector público en la economía y, en consecuencia, grupos empresariales resistieron las medidas, con el visible e infaltable respaldo de los diarios más importantes. No obstante, la comisión a la que hacíamos referencia contaba con la confianza del vicepresidente Castillo y procedió con celeridad.

Corría septiembre de 1941 cuando una ley del Congreso legalizó las medidas y, días después, a través del Decreto 103.316, el vicepresidente en ejercicio del Poder Ejecutivo creó la Flota Mercante del Estado, como organismo autónomo que funcionaría en la jurisdicción del Ministerio de Marina. A fines de 1942, gestionaba nada menos que 42 barcos, los que se afectaban al servicio de ultramar. El personal ascendía a 15.000 trabajadores, de los cuales el 90 por ciento eran argentinos nativos.

No perdemos de vista que Castillo formó parte de un gobierno que surgió del fraude y que, en 1943, fue depuesto. No obstante, hay que decir que, a diferencia de los demás iconos de las filas conservadoras, falleció en la pobreza. La creación de la Flota Mercante fue una de las medidas de gobierno de las que siempre se enorgullecía. Poco antes de su fallecimiento, cuando estaba retirado y sufría una grave enfermedad, recibió a un grupo de funcionarios de la Flota Mercante, que concurrieron a entregarle una medalla recordatoria. Comentan que el anciano expresidente no pudo contener su emoción porque la Flota sería una de las medidas con la cual se justificaría ante la historia.

Si bien aquel decreto creó a la Flota Mercante de la Argentina el 16 de octubre de 1941, las operaciones se iniciaron el 1º de noviembre, cuando zarpó el vapor “Río Dulce” con un cargamento de trigo hacia el puerto de Callao. Dos años después, los barcos de los argentinos transportaron más de un millón de toneladas de carga y 5.400 pasajeros. La empresa arrojó sostenidos superávits desde el comienzo.

Hacia 1947, cuando el organismo naviero nacional era un hecho definitivo, se elaboró un plan de construcciones, todavía en el exterior. La meta incluía decenas de buques y se cumplió entre 1946 y 1951. Luego, cuando el gobierno peronista puso en funciones el célebre IAPI, también se encargó la construcción de otros dos barcos que, a su llegada, se denominaron “Río Quequén” y “Río Santiago”.

En 1961, se constituyó la Empresa Líneas Marítimas Argentinas SA (ELMA), con los navíos que aportaba la vieja Flota Mercante del Estado y las unidades de una flota privada. Allí empezó a escribirse la historia con mayúsculas de la navegación mercante argentina. Más tarde comenzaron las dificultades a causa de los vertiginosos cambios que se dieron en la actividad y el resto es historia reciente. El gobierno que entregó todo nos dejó sin flota de bandera y, por mucho tiempo, no se construyeron barcos en el país. La celeste y blanca desapareció de los mares del mundo, vacío que se extiende hasta hoy.

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