Editorial
20/01/2019

Hubo curas que alentaron “el fuego de la libertad”

No siempre pertenecer a la Iglesia equivalió a asumir idearios conservadores o intolerantes. El prejuicio ni siquiera es válido para la actualidad. Quien siga este espacio sabrá que tratamos de poner de relieve a las figuras que aportaron a la construcción de la Argentina en coincidencia con la fecha de su nacimiento. Pero a veces, no es posible. Es el caso de Cayetano José Rodríguez, quien vino al mundo en 1761, pero no se sabe en qué día. Sí se anotó su deceso: 21 de enero de 1823.

¿Y quién fue? Uno de los tantos sacerdotes que al ondear la bandera de la Revolución se sumó a la causa, a tal punto que le tocó en suerte llevar el diario de sesiones durante la célebre Asamblea del Año XIII. Pero, además, fue uno de los primeros poetas del río de la Plata, justo cuando las Provincias Unidas daban pasos significativos hacia la independencia.

Sus primeros años no fueron muy emocionantes. Nació en San Pedro, en provincia de Buenos Aires y tuvo la suerte de estudiar en una escuela de valía: el Colegio del Convento de los Padres Franciscanos. Como era de prever, a los 16 años se ordenó sacerdote y comenzó a desempeñarse como clérigo en 1783.

Su ingreso a la orden que fundara San Francisco de Asís se produjo en Córdoba y luego, entró a la universidad más antigua del país. Allí tuvo a su cargo las cátedras de Teología y Filosofía, en cuyo marco impartió clases hasta 1790. Retornó a Buenos Aires para enseñar Teología, Filosofía, Hermenéutica y Física en el convento franciscano, es decir, todo un erudito.

En 1860 escribió su biografía Juan María Gutiérrez, quien fuera ministro de la Confederación Argentina y animador cultural de su tiempo. En ella, puede leerse que “el Padre Rodríguez se declaró decididamente en favor de la emancipación. El movimiento de 1810 era una realización de antiguos deseos suyos, aunque no fuese más que considerado como el precursor de mejores destinos para los despejados talentos de los hijos de América. Sus discípulos, en la secreta fidelidad del claustro, le oyeron lamentarse más de una vez del apocamiento a que tenía reducido el pensamiento patrio la política colonial. Preparado muy de antemano para las nuevas luchas, pudo escribir desde los primeros días de mayo un manifiesto sobre las vejaciones que había recibido la América de sus dominadores, y alentar el fuego de la libertad en canciones y poesías patrióticas, algunas de las cuales se entonaban alrededor del monumento levantado a la memoria de la regeneración”.

Además de revolucionario, el cura fue poeta de la gesta. Escribió odas en honor a Carlos María de Alvear, al Cruce de los Andes y a la Victoria de Chacabuco. También lleva su firma un panegírico en honor del general Manuel Belgrano, quien falleció en 1820. Además, fue el autor de la primera versión de la canción que luego se convertiría en el Himno Nacional Argentino.

También nos dice Gutiérrez: “su patriotismo fue de excelente ley. Preparar a los compatriotas para los meros destinos a que les llamaba la revolución, fue uno de sus primeros objetos. Esos destinos los previó con la sagacidad de su genio, desde un tiempo en que debía ser una insensatez si no un delito el imaginarlos”. Su biógrafo era liberal, en su concepción era difícil concebir a un religioso revolucionario.

Pero Rodríguez fue patriota desde un comienzo. Inclusive, había escrito un poema en 1807, que dedicó a los esclavos que defendieron la ciudad durante las invasiones inglesas. Más tarde, se hizo amigo y maestro de Mariano Moreno, que pasó a la historia oficial con el rótulo de jacobino. ¿Una incongruencia en su condición de religioso o más bien, confraternidad detrás de la misma causa?

Desde 1810, el franciscano participó activamente del proceso revolucionario y quedó al frente de la Biblioteca Pública de Buenos Aires, que después se transformó en la Biblioteca Nacional. Desempeñó ese cargo hasta 1814 pero desde 1813 formó parte de la Asamblea General Constituyente, en cuyo marco se encargó de redactar los diarios de sesiones hasta su disolución. Luego, resultó elegido representante de Buenos Aires para tomar parte del Congreso de Tucumán, a partir de 1816.

Después de sus sesiones, Rodríguez volvió a ejercer responsabilidades religiosas y públicas. En 1822 fundó el periódico “El oficial del día”, en el cual defendía a la Iglesia ante las reformas que impulsaba Rivadavia. Luego de la promulgación de las leyes que propició el entonces presidente, se retiró de la vida pública, dedicándose a sus deberes religiosos, hasta que falleció en 1823. En aquellos tiempos decisivos, no fue el único hombre de la Iglesia que apostó y se jugó la vida por la concreción de cambios sustanciales.

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