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19/01/2019

El potro negro

El potro negro

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras entrelazando las palabras en papel
De los que cantan con el alma enredada en su voz
Me gusta mas que tener con que cantar, tener de que cantar...

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras ... (+ Info)

Balmaceda vio, de lejos, un hilo de humo que brotaba entre unos ñires y calculó que alguien habría alojado en ese lugar. Andaba buscando un reparo donde hacer noche y, por ahí, quien estuviera junto a ese fuego aceptaría su compañía. Después de un día de solitaria travesía sería bueno conversar con alguien. Pronto estuvo en el lugar y comprobó que un hombre de apellido Vera estaba cocinando un pedazo de carne al asador. Luego de las presentaciones de rigor e invitado a compartir el fuego, el recién llegado puso también su pedazo de carne a asar.

-Trae unas lindas vacas –, comentó Balmaceda, mirando el ganado que pastaba allí cerca.

-Las llevo pal lao´e Las Bayas. Las compró un hombre y las traigo desde la zona de Maitén – dijo mientras cortaba un pedazo de carne del asado. – ¿Y usté anda solo? –, consultó mirándolo.

-Asi´e. Me conchabó don William, el capataz de un gringo de la zona de Nahuel Huapi, para buscarle un potro, pal lao´e Cholila.

-Esos gringos han de ser de los que llegaron hace un tiempo, esos colonos que han traído del Estado – se interesó Vera.

-Si pué – aseguró Balmaceda – ¡andan con el revólver a la cintura! –, exclamó mirando el fuego.

-Me contaron que un par de esos gringos se emborracharon una noche y mataron a un paisano, allá por la zona´e Ñorquinco – continuó Vera, mirando a su compañero. – Hablan bastante atravesao –, continuó y sonrieron ambos.

-Este William es bastante cortito´e genio. Llegó hace un tiempo y me pidió que le traiga un potro de Cholila.

-¿Y pa´traer un potro´e tan lejos lo conchabó? –, dijo extrañado el arriero.

-Según me dijo, un indio que anduvo por la estancia le quedó debiendo y como no tenía plata, el gringo se quedó con el potro. No sabe como desapareció. Él malicea que se lo robó y se lo llevó de vuelta pa´lla.

-¿Dice usté? – ,preguntó Vera.

-Me contó un pion que lo vio, que era un potro negro hermoso – comentó con asombro. – Que el indio le dijo que le diera una changa pa ´pagarle, ¡pero el gringo le quitó el potro y lo corrió a los tiros! – comentó Balmaceda, simulando con su mano un revolver.

-¿Y le han contao que lo llevó pa´abajo? – dijo Vera, señalando el sur.

-“Busque por allá, donde pasto tapa vacas” me dijo – ironizó Balmaceda, imitando el tono de voz del tal William, haciendo alusión a los pastizales de los valles cercanos a Cholila.

La mañana siguiente lo encontró nuevamente en camino; ese criollo nacido en la zona de El Pedregoso conocía aquel territorio como pocos y, varias veces, había sido contratado como baqueano o guía. No le soltó prenda a William, pero más o menos sabía quién sería el propietario del potro; de no ser, también intuía quien le aportaría datos. La falta de trabajo y de dinero lo llevó a aceptar el encargue. Estaba más cerca de ese indio y su potro que de aquel gringo.

Un par de días andados por la zona le permitieron dar con la tapera de aquel indio. Catrileo le dijeron que se llamaba. Efectivamente, en un mallín cercano, pastaba aquel potro negro. Era realmente hermoso. El sol le arrancaba brillos de entre las crines que le caían a un costado del pescuezo. Balmaceda merodeó la humilde ruca y no salió nadie, ni un perro había, por lo que calculó que el propietario andaría lejos. “Me la hizo más fácil”, pensó. En realidad, iba dispuesto a lidiar de la forma que fuera necesaria para recuperar al animal. Curioseó un poco el interior de la vivienda (si se podía llamarle así): un fogón, un catre y una tabla sobre dos piedras que oficiaba de mesa; eso era todo lo que había allí. Salió pensando en ese hombre que lo único que tenía de valor era aquel potro. Algo de rabia le hizo ruido entre las tripas al pensar en el gringo que, en lugar de hacerlo trabajar para pagarle, lo corrió a los tiros para quedarse con el animal. “Demasiao pa´un pobre indio”, pensó, mientras montaba nuevamente.

El potro era manso. Permitió que se le acercara y pronto lo enlazó y le colocó un bozal. Había sido más fácil de lo planeado y, sin mediar más trámite, emprendió el regreso. Catrileo, al no haberlo visto llegar, no sospecharía y ello le permitiría ganar distancia. La noche lo encontró alojado junto a un arroyo, tomando mate al lado del fuego, con su caballo de monta y aquel potro atados a un árbol cercano. Cuando aclaró, lo observó con la cabeza altiva, parecía haberse dado cuenta de la situación y lucía alerta, desconfiado. Se inquietó cuando Balmaceda se acercó; tiró fuerte de la rienda que lo sujetaba, dando un relincho, como queriendo alejarse. Emprendieron la marcha pero, a diferencia del día anterior, el potro intentaba quedarse, como no queriendo avanzar. El hombre detuvo la marcha para armar un cigarro y miró por un instante a los ojos del potro. Eran tan oscuros como su pelaje. Sintió que las palabras, a veces, no son necesarias para entenderse. El destello que surgía de esa mirada le hizo comprender que, si pudiera, renunciaría a un corral lujoso, a un buen pasto a galpón en los inviernos y a una buena cruza para su descendencia. Balmaceda marchó toda la tarde pensativo, si no fuera por unos billetes, no estaría metido en ese brete y maldijo conocer tanto de animales para darse cuenta e interpretar a aquel potro negro. Hizo noche en un ñirantal cercano, calculando que, a primera hora de la tarde, estaría llegando a lo de don William.

Se levantó cuando aclaraba. No había sido una buena noche. A cada rato, escuchaba los movimientos del potro que estaba inquieto. La luna le contorneaba la figura, parecía acariciarlo desde lo alto, recortando su figura azabache sobre el paño del cielo. Después de tomar un par de mates, ensilló su caballo, montó y soltó la rienda que estaba atada a las ramas de uno de los arboles. Con un tirón, invitó a su “prisionero” a seguirlo. A media mañana, bandeó el Ñirihuau, siguiéndolo, llegaría hasta inmediaciones del lago y, desde allí, se desviaría a la estancia. Se apartó del cauce, para subir una loma, pues el río se encajonaba y no lo dejaría pasar. Desde arriba, se veía el lago y, a la derecha, el casco de la estancia. Una columna de humo se divisaba a lo lejos. Sintió un tirón seco de la rienda. Aquel potro se plantó y un abalanzo amagó hacerlo caer de su recado. Sin soltar la rienda, desmontó y con un grito enérgico lo sostuvo, como retando al animal, instándolo a calmarse. Apenas lo consiguió. Balmaceda se inquietó, dio un par de pasos hacia adelante, miró a un costado, como intentando echar claridad a sus pensamientos. Un nudo en su garganta no lo dejaba respirar, lo hacía entrecortado. Se sintió extraño, desconociéndose a sí mismo. Capaz de lidiar con la más fea siempre, sin siquiera recular, sin embargo, no se atrevía a voltear y mirar a ese potro que insistentemente tiraba de la rienda. Esa estancia allí adelante le aseguraba unos pesos que engordarían su cinto, pero el potro que sostenía le hacía sentir algo que la plata no compraría. “Robarle a un pobre, carajo”, pensó, antes de darse vuelta. El animal lo miró fijo, con un temblor en todo su cuerpo. Balmaceda sentía lo mismo. Sus manos se tornaron torpes y no le permitían quitar el bozal. La angustia le cerraba el pecho. “Usté decida, compañero”, dijo, quebrando el silencio del mediodía con sus palabras. El potro negro movió levemente su cabeza, como comprobando que ya nada lo retenía. Toda la tierra se le clavó en las patas. Se elevó con las manos al cielo, con un relincho ebrio de libertad y dando una vuelta, galopó en dirección a donde venían, como si, desde allá lejos, lo llamaran. A unos cuantos metros, de detuvo y volteó. Balmaceda lo miró por entre una humedad extraña para sus ojos curtidos. Se sacó el sombrero y con un ademan lo despidió. Aquel potro dio un relincho amplio, que pareció una carcajada, y se perdió cerro arriba.

Volver a lo de William con la noticia de no haber encontrado a aquel hombre y su potro dejaría una mancha en la fama de ese baqueano. Armó un cigarro, miró a su caballo, espectador de lujo de aquel momento y le palmeó el anca, supo que estaría orgulloso. Montó y lo invitó a galopar rumbo a la estancia.

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