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22/09/2018

Si Dujovne leyó a Moreno, no entendió nada

Faltaban algunos meses para el mes de mayo que marcó un antes y un después, pero ya se gestaban acontecimientos. Corría el 30 de septiembre de 1809 cuando Mariano Moreno le puso la firma a un escrito que pasó a la historia con el título de “Representación de los hacendados”. Tenía como finalidad llamar la atención al virrey sobre las penurias de los sectores rurales ya que, en su rol de abogado, el futuro secretario de la Junta representaba también a los labradores. No obstante, se utilizó como una declaración de principios del patriota que, junto a otras mentes inquietas de Buenos Aires, pergeñaba ya la jugada política por venir.

En sus párrafos, argumentaba contra el monopolio del grupo de comerciantes que se beneficiaba de las reglas españolas y, por eso, clamaba por una apertura comercial. Años más tarde, esa aseveración fue considerada por quienes se adueñaron del país después de Pavón como una muestra del ideario liberal del abogado. Pero fue una lectura muy antojadiza, como todas las que acuñó la historiografía decimonónica.

Por entonces, resultaba claro que, para las mentes más lúcidas de Buenos Aires y el interior, el enemigo era el absolutismo. Básicamente, ese régimen político junto a su correlato económico no hacía más que beneficiar a una minoría. Por eso, la discusión que intentó sentar Moreno tenía que ver con el acceso de los sectores que no participaban del sistema monopólico a los beneficios que reportaba el comercio exterior. Hay que recordar que, por entonces, el comercio sudamericano se digitaba desde Cádiz, con la necesaria participación de agentes gaditanos en América.

El futuro autor del “Plan Revolucionario de Operaciones” pensaba en una apertura comercial, pero bajo la tutela del Estado. “Debieran cubrirse de ignominia los que creen que abrir el comercio con los ingleses en estas circunstancias es un mal para la Nación y para la provincia, pero cuando concedamos esta calidad al indicado arbitrio, debe reconocérsele como un mal necesario que siendo imposible evitar, se dirige por lo menos al bien general, procurando sacar provecho de él, haciéndolo servir a la seguridad del Estado”.

Para desagrado de los Mitre y demás pro-británicos, Moreno no sólo concebía ese intercambio como mal necesario, además creía que se debía orientar ese flujo “haciéndolo servir a la seguridad del Estado”. Esa aseveración se da de bruces con el pensamiento liberal, según el cual se impone reducir al mínimo la participación estatal. Moreno y otros compañeros de causa ideaban la apertura del puerto, pero como oportunidad para incrementar la recaudación fiscal, en momentos en que las arcas públicas se caracterizaban por su vacío.

El futuro fundador de “La Gaceta de Buenos Aires” opinaba que era necesario fortalecer las finanzas públicas, incentivar las exportaciones de los productos nacionales y erradicar el contrabando. “Desde que apareció en nuestras playas la expedición inglesa de 1806, el Río de la Plata no se ha perdido de vista en las especulaciones de los comerciantes de aquella nación: una continuada serie de expediciones se han sucedido. Ellas han provisto casi enteramente el consumo del país y su ingente importación, practicada contra las leyes y reiteradas prohibiciones, no ha tenido otras trabas que las precisas para privar al erario del ingreso de sus respectivos derechos, y al país del fomento que habrían recibido con la exportación de libre retorno”. No es el planteo de un liberal.

Al llevar en su título el vocablo “hacendados”, durante mucho tiempo, se quiso transmitir que Moreno defendía a los terratenientes. Nada más alejado de la realidad. En uno de sus párrafos, la descripción es lastimosa: “el viajero a quien se instruyese que la verdadera riqueza de esta provincia consiste en los frutos que produce se asombraría cuando buscando un labrador por su opulencia no encontrase sino hombres condenados a morir en la miseria”.

Es más, era considerable la animosidad de Moreno hacia el sector mercantil. “Puesto el gobierno en la necesidad de una operación que deben perjudicar a uno de los dos gremios, ¿debería aplicarse el sacrificio al miserable labrador que ha de hacer producir a la tierra nuestra subsistencia, o al comerciante poderoso que el gobierno y ciudadanos miran como sanguijuela del Estado?” No por nada, su hermano Manuel escribió más tarde que, después de la publicación del texto, los comerciantes jamás volvieron a pisar su despacho de abogado.

No sólo era partidario Moreno de la intervención estatal. Además, cuestionaba severamente la opción del endeudamiento externo. Ante la falta de recursos, sostenía que el empréstito era un “recurso miserable con que se consuman los males que se intentan remediar”. Si la actual conducción económica de la Argentina leyó “Representación de los hacendados”, no entendió nada. Hoy se cumple el natalicio de su autor.