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17/09/2018

Cuentas que se hacen solas

Mientras las tratativas para arribar a un nuevo acuerdo con el FMI se estiran, la situación económica se agrava para la mayoría de la sociedad en la Argentina. Los indicadores continúan su caída a partir de la cotización del dólar, que volvió a superar los 40 pesos. Si bien algunos analistas ortodoxos avisan que la devaluación ya se ubicó cerca de los niveles deseables para dejar atrás el atraso cambiario, es difícil asegurar que llegó a su techo.

Pero más allá de las ecuaciones de los analistas, la verdad es que con esa cotización, desmejoraron las condiciones de vida de la mayoría de la población. Como contrapartida, la depreciación del peso solo favorece a sectores muy concentrados de la producción y la exportación. Desde ya, los que más lucran son los especuladores financieros, tanto “nacionales” como extranjeros, a quienes de manera eufemística la gran prensa llama el “mercado”.

El discurso según el cual la devaluación perjudica a todos por igual es falaz. Los sectores con mayor poderío económico se benefician de manera considerable, al recibir más rentabilidad e ingreso que derivan en una mayor concentración de la riqueza. Su contrapartida es evidente: la potenciación de la desigualdad. La destrucción del peso y su correlato inevitable, la inflación, funcionan como mecanismo de transferencia de recursos desde los sectores asalariados y las pequeñas y medianas empresas, hacia los acreedores externos y los grandes exportadores.

Algunos analistas y funcionarios del gobierno, dicen que con el dólar a 40, la economía del país será más competitiva en términos internacionales y que en el mediano plazo, esa competitividad debería notarse a través de mejorías en el balance de pagos. Sería así porque el precio del billete verde opera como obstáculo para el turismo de los argentinos y argentinas en el exterior, mientras favorece el dinamismo del receptivo. En particular, se beneficiarían la hotelería y la gastronomía.

Con la misma lógica, es esperable una recuperación en la producción local ante el encarecimiento de las importaciones, con su consecuente impacto en el empleo y en definitiva, en las cuentas externas. El cóctel redundaría en un repunte económico generalizado en la totalidad de la Argentina, ante un panorama de menor déficit comercial e inclusive, su posible eliminación. Optimismo invencible…

Es inevitable comparar la coyuntura presente con la que se registró en 2002, cuya devaluación generó las condiciones para salir de la recesión que se había estirado entre 1998 y ese año. Recordemos que la salida de la Convertibilidad implicó arrojar al 57 por ciento de los argentinos y argentinas al marasmo de la pobreza. Una vez más, la destrucción del peso implica degradación y caída de los ingresos populares, aunque se la venda como una plataforma para superar la recesión.

La Casa Rosada y su prensa amiga insisten en un futuro promisorio, como si la devaluación fuera necesaria, al igual que el ajuste. Pero hay que recordar que los “mercados” están atentos a la eliminación del déficit fiscal, asignatura que está en el centro de la escena en las conversaciones con el FMI. Cabe recordar que el primer acuerdo con el organismo se celebró en junio último. No es usual en términos globales, que un entendimiento deba revisarse o reformularse apenas a tres meses de su celebración.

Para acortar el plazo de los desembolsos e inclusive, pensar en más fondos, el gobierno de Cambiemos compromete un ajuste sin anestesia para bajar el gasto, inclusive el que se llama social. En los últimos días y mientras se conversa en Washington, fronteras adentro se invirtieron las últimas jornadas en lograr consenso para contar con déficit primario cero en el Presupuesto 2019.

De ahí que ocupen el centro de la escena doméstica los gobernadores provinciales, encargados de aportar consenso para poner en práctica el ajuste. El año que viene hay elecciones y serán varias las partidas de Nación que no llegarán. Desde ya, el beneplácito que pueda lograrse en las capitales provinciales, debe llegar al Congreso a través de diputados y senadores. ¡La de presiones que estarán en circulación en estos días!

El Presupuesto debe salir en sintonía con el acuerdo que se concrete con el FMI y en línea con el objetivo estratégico de la gestión Trump: revertir el ciclo “populista” en Sudamérica y el Caribe. La fecha clave es 30 de noviembre: ese día comenzará la cumbre de presidentes del G20 en Buenos Aires. Para la Casa Rosada, será trascendente evidenciar que controla política e institucionalmente el trauma que para el pueblo argentino, representará el ajuste. Mientras, la inflación de septiembre treparía al 6 por ciento y la de 2018, totalizaría 45 por ciento. En tanto, las mejores paritarias no superaron el 28 por ciento. La cuenta se hace sola.