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11/07/2018

Para desterrar el racismo de la historia

Mariano Moreno sucumbió ante el veneno que le administró el capitán de un barco británico. Manuel Belgrano dejó de existir en la más absoluta pobreza en 1820, apenas ocho años después de frenar el avance realista. Bolívar murió en soledad, mientras las facciones oligárquicas de aquí y de allá barrían con su proyecto de unidad continental… En ese contexto, no puede llamar la atención que Juana Azurduy terminara sus días como mendiga en las calles de Chuquisaca.

Inclusive en la actualidad, la historia de la Argentina prefiere minimizar a los revolucionarios del Alto Perú. En el pasado no le faltaron razones, si se tiene en cuenta la ideología que sustentó a quienes tuvieron el poder de narrar el pasado “nacional”. En primer término, porque todavía hoy se procura pasar por alto la infinidad de tropelías que cometieron los ejércitos porteños en su accionar por las provincias del actual norte argentino y la jurisdicción boliviana. No por nada el viejo Alto Perú decidió independizarse de España, pero también de Buenos Aires.

El “olvido” altoperuano en la narración de la historia argentina tiene que ver con razones más detestables todavía, porque se relaciona con valores que están vivitos y coleando, ya que nunca dejan de aflorar... Vemos como periódicamente asoman la xenofobia y el racismo entre los argentinos, el odio de clase y el desprecio por la diferencia. Como bien sabemos, Bariloche no es la excepción.

En el Alto Perú, la guerra por la independencia de las Provincias Unidas la llevaron adelante contingentes indígenas y gauchos a las órdenes de caudillos populares, más unos pocos militares de Buenos Aires que entendieron de qué se trataba. Fue allí, al igual que en Salta, Jujuy y Tucumán, que la revolución supo de calor popular y estuvo bastante lejos de las intrigas palaciegas, idas y venidas de los porteños.

Mientras los norteños mantenían a raya a los realistas -quienes inclusive pretendieron ingresar por la Quebrada de Humahuaca en fechas tan tardías como 1825- las tropas de Buenos Aires se consagraban a guerrear con los pueblos del interior, léase la Banda Oriental o el Litoral. ¿Por qué la frontera norte todavía en disputa, no contaba con tropas regulares mientras San Martín se batía en Perú? Desempolvar la gesta del Alto Perú implicaría poner en su lugar de auténticos traidores a muchos de los que consagra el mármol.

Aquellos guerrilleros lograron sus jinetas en el campo de batalla. Manuel Padilla “ascendió” a coronel cuando el enemigo ya había clavado su cabeza en una pica. Y Juana Azurduy protagonizó un episodio sin parangón en la trayectoria de las fuerzas armadas luego argentinas, cuando se hizo del grado de teniente coronela a pedido de Manuel Belgrano, después de deslumbrar a propios y extraños por su actuación.

Según Pacho O´Donell, “Juana avanzaba casi en línea recta, rodeada por sus feroces amazonas descargando su sable a diestra y siniestra, matando e hiriendo. Cuando llegó a donde quería llegar, junto al abanderado de las fuerzas enemigas, sudorosa y sangrante, lo atravesó con un vigoroso envión de su sable, lo derribó de su caballo y estirándose hacia el suelo aferrada del pomo de su montura, conquistó la enseña del reino de España (…)”. A qué en la escuela le contaron, amigo lector, mil y una veces la anécdota de Dominguito yendo a clases cuando caían culebras del cielo, pero jamás la acción de Juana...

Reivindicarla es nombrar aquello que Sarmiento y Mitre no querrían: reconocer el lugar del gauchaje, de la “barbarie” que inventó el sanjuanino, la trascendencia del pobrerío del interior que, durante su presidencia, el fundador de “La Nación” no hizo otra cosa que martirizar... En el Alto Perú quedó muy claro que indígenas, gauchos, negros, esclavos y mestizos no solo no eran inferiores a Buenos Aires, sino que además lucharon con mayor tenacidad y desprendimiento que varios de los oficialitos del puerto.

Si se pusiera en su justo lugar a Juana Azurduy -entre otros- se reconocería que el supuesto papel rector que tuvo Buenos Aires en el destino americano, no solo no fue tal. Además, nos encontraríamos con un cúmulo de traiciones, vacilaciones y actuaciones miserables. Y caería aquella imagen que muchos argentinos tienen de sí mismos, porque en el Alto Perú nuestros compatriotas no bajaron precisamente de los barcos.

El 12 de julio se conmemora en la Argentina el Día de las Heroínas y Mártires de la Independencia de América, en conmemoración del nacimiento de Juana Azurduy, sobre cuya memoria tenemos todavía una deuda enorme. Los Padilla eran gente de recursos antes de que comenzara la Revolución y buena parte de sus bienes se consumieron en su financiamiento. Juana murió a los 82 años en la mayor pobreza. Su sacrificio clama justicia.