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07/07/2018

EMOCIONES ENCONTRADAS: Cañadón Chileno

EMOCIONES ENCONTRADAS: Cañadón Chileno
EMOCIONES ENCONTRADAS: Cañadón Chileno

La mañana de octubre estaba templada. Serían, más o menos, las diez cuando llegamos a la escuela de Cañadón Chileno. Nos recibieron los niños con una tímida algarabía, rodeando la camioneta que nos transportaba y ansiosos por escuchar a aquellos músicos que alegrarían la tarde. Patricia, la directora, nos indicó el camino para llegar hasta la casa de un vecino que, advertido por el aviso radial, “esperaba con un consumo”. Una media hora con la camioneta copiando dificultosamente la huella entre las piedras, y llegamos a la casa de Cochenco, quien junto a su familia y unos vecinos, asaba un borrego para agasajar a la comitiva. Como casi toda la gente de la zona, a quienes les cuesta entrar en confianza y darse con desconocidos, luego de las presentaciones y algunos obsequios, la charla comenzó a fluir. El dueño de casa, apoyado en un palo largo que utilizaba de tizonero, cada tanto, arrimaba unos trozos de “leña de vaca” al fuego; su calma (casi pereza) conjugaba con la lentitud con que las llamas ardían dorando la carne. Una rueda junto a las piedras que cercaban el fogón en medio del patio.

Separaba a este del campo abierto un alambre que venía desde el corral de piedras e iba hasta la casa. Luego de almorzar, sentados bajo un sauce, las guitarras dejaron escapar acordes que fueron adornando la charla. En un intervalo, Cochenco contó que, en la nevada del 84, afuera de la casa, había casi un metro de nieve y que él, levantando desde adentro una de las chapas, se trepaba al techo de la casa y, desde allí, cortaba con el hacha alguna de las ramas para poder calentar el interior de la vivienda y así esperar la evacuación, que llegó unos días más tarde. Instintivamente, miré los alrededores, vi unas avutardas por allí cerca, donde canta feliz el ojito de agua que provee a aquella familia, también a algunas ovejas que curioseaban nuestra presencia. Traté de imaginar aquello bajo un metro de nieve y me envolvió una pequeña desolación que me hizo cerrar un tanto los ojos y sentir que una brisa recorría mi piel. Recordé haber seguido aquellos días desde la transmisión de una radio, pero ahora estaba aquí, del otro lado de la noticia, sentado junto a los protagonistas, en su lugar.

Parado, por detrás de la rueda que se había armado, se encontraba un señor de apellido Torres que, cruzado de brazos, no perdía detalles de la guitarreada. Cuando llegamos él, ya estaba junto al fogón, pero pocas palabras habían salido de su boca, sólo las necesarias ante alguna pregunta y dándose el tiempo para contestar, masticando cada respuesta. En algún momento y con disimulo, la esposa de Cochenco me comentó que vivía solo, a unas leguas de allí y que, al escuchar el aviso en la radio, había llegado esa mañana.

-¿Vamos a la escuela, Torres, a escuchar a los muchachos? –, preguntó el marido de Patricia, que nos había acompañado.

- ¿A qué hora sería, don? –, preguntó aquel hombre.

-Tipo cinco, ha de ser –, contestó nuestro acompañante.

-No va a poder ser. A esa hora, junto las chivas –, se lamentó Torres.

-¿Y por qué no va ahora? –, aventuró alguien de la rueda.

-No, porque siempre voy a las cinco –, cerró sin más, lamentándose.

La charla derivó hacia otro rumbo y, cerca de las cinco, lo vimos irse a don Torres, perdiéndose campo adentro en busca de su piño. ¿Cómo intervenir en ese su tiempo, su “trámite” diario? A tan pocas horas de la ciudad, tan contrastante cultura.

Desandamos el camino de regreso a la escuela y nuestras canciones sonaron en la galería del edificio hasta el atardecer. Una despedida en el precario portón de la escuela y el recuerdo plasmado en un papel afiche gigante, con las manos grabadas de aquellos niños que hoy serán hombres; algunos habrán partido y otros seguirán allí, silenciosos, casi inadvertidos, yendo a la escuela a llevar a sus hijos y recibiendo, cada tanto, a curiosos ojos puebleros que se acercan a recordarles que forman parte de algo más que de esa soledad que los rodea.