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05/07/2018

Nunca se destruyó tanto bosque como en 2016 y 2017

Para la humanidad y demás especies, los bosques son sinónimo de refugio, alimentos, seguridad energética y agua. De hecho, alrededor del 80 por ciento de las especies animales y vegetales están en los ambientes boscosos. Sabemos que los árboles cumplen un rol fundamental en la purificación del aire que respiramos y que son los mayores depósitos de dióxido de carbono (CO2), solo superados por los océanos.

No es menos cierto que cuando los bosques desaparecen, con ellos se van los ecosistemas. Cuando ese fenómeno se produce, las consecuencias se hacen sentir en la humanidad y precisamente, en todas las especies animales y vegetales… Si bien gozan de difusión los conceptos que vertimos, a escala global se talan más árboles de los que se siembran: en 2017 se perdieron algo más de 29 millones de hectáreas de bosque en el planeta, superficie que equivale a más del doble de Alemania.

El récord se había registrado en 2016, con 29,7 millones de hectáreas, contra los 29,4 del año pasado, según los datos que difundió Global Forest Watch. No hace falta ser especialista para dejarse contagiar por el desaliento que experimentan quienes siguen de cerca la problemática. La responsabilidad en la desaparición de los bosques corre por cuenta de la industria de la soja, la ganadería industrial, el aceite de palma y otros productos que se comercializan globalmente.

Por otro lado, no es menor la incidencia en la calamitosa deforestación de la tala ilegal y corrupta. Estamos frente a un férreo círculo vicioso porque desastres “naturales” como los incendios forestales y las tormentas tropicales tienen su origen en el cambio climático. Al mismo tiempo, desempeñan un papel cada vez más importante en la pérdida de los bosques. Los números estrepitosos de 2016 se debieron a incendios forestales, tanto a los que provocaron “controladamente” los humanos para “fabricar campos”, como a los que resultaron de las altas temperaturas y la sequía. También incidió el fenómeno de El Niño.

Sin embargo, se sabe que los bosques son determinantes en la lucha contra el calentamiento global. Los árboles absorben dióxido de carbono y convierten a los bosques en un sumidero natural de CO2. La deforestación destruye esa eliminación natural de CO2. Cuando se despeja la tierra mediante el uso del fuego el golpe es doble, porque se emana más CO2 en dirección a la atmósfera.

Ante esa evidencia incontrastable, la “comunidad internacional” debe dar mayor importancia a los bosques, según afirmó Andreas Dahl-Jorgensen, subdirector de la Iniciativa Internacional sobre el Clima y los Bosques de Noruega. “Simplemente no lograremos cumplir con los objetivos climáticos que acordamos en París, sin una reducción drástica en la deforestación tropical y tala de bosques en todo el mundo”. Que tomen nota en Buenos Aires…

A fines de junio, funcionarios de gobierno, organizaciones ambientales, líderes indígenas y representantes de la industria se reunieron en el Foro de Bosques Tropicales de Oslo, para analizar las regulaciones y los incentivos que puedan instrumentarse para reducir la deforestación. El objetivo de la conferencia fue identificar los desafíos que quedaron pendientes en el programa de las Naciones Unidas “Reducción de Emisiones de la Deforestación y

Degradación Forestal” (REDD), que arrancó en 2008. REDD permite a los países “en desarrollo” recibir una compensación si reducen sus emisiones para proteger sus bosques.

Como está a la vista a la luz del pavoroso resultado de 2016 y 2017, el apoyo financiero actual a través de REDD no es suficiente y no puede competir con la rentabilidad que otorga el mercado a los sectores que impulsan la tala de bosques. El financiamiento “climático” para la conservación de los bosques alcanzó un promedio de 1.000 millones de dólares por año en la última década, cifra insignificante si se la compara con la suma cien veces mayor que movieron la agricultura industrial y otras actividades que pusieron a los bosques contra las cuerdas.

El Global Forest Watch detectó que la tala forestal continúa afectando notablemente a los bosques tropicales. En 2017, fue deforestado un equivalente a 40 campos de fútbol de árboles tropicales por minuto. La República Democrática del Congo, donde se encuentra parte del segundo bosque húmedo tropical más grande del mundo, sufrió una pérdida récord de extensión forestal en 2017: 1,47 millones de hectáreas como consecuencia de la agricultura, la producción de carbón y la minería.

Pero no hay que irse tan lejos para dar con el desmadre: en Brasil se destruyeron 4,5 millones de hectáreas de bosques, apenas un 16 por ciento menos que el récord de 2016. La buena noticia viene desde Indonesia, donde se logró reducir la deforestación en un 60 por ciento en los bosques primarios en 2017. En términos globales, muy flaco y lejano consuelo.