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18/06/2018

Cuando los infelices fueron los privilegiados

El 19 de junio de 1764, cuando José Gervasio Artigas vino al mundo, la Banda Oriental no se limitaba al actual territorio del país vecino, comprendía además Río Grande. No fue el prócer de la independencia uruguaya, como erróneamente podría suponerse, sino uno de los americanos más lúcidos. Pero como fue caudillo y federal, se ganó todas las deformaciones y silencios posibles que suele propinar la historia de los Mitre o Sarmiento.

Entre 1810 y 1820, Artigas se erigió como referente central de la Liga Federal, que tenía como principios el federalismo y la república. El centralismo de Buenos Aires encontró en él un oponente formidable y los intereses mercantiles que se ligaron a Gran Bretaña, no dudaron en incurrir en la traición ante la presencia del enemigo portugués. Hay que tener en claro además que la “jurisdicción” de la Liga Federal no se limitó a la Banda Oriental del Uruguay. En su momento de esplendor, Artigas confederó además a Córdoba, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe y los pueblos de las Misiones.

Hay que tratar a los próceres comunes en su justa dimensión. Que sepamos, en aquellos años de actuación pública, Artigas jamás se proclamó o reconoció como “uruguayo”. Simplemente, se identificaba como americano. Así como tampoco se encontrarán referencias a su supuesta “argentinidad” en la correspondencia inicial de San Martín porque el correntino siempre se refería a las Provincias Unidas de Sudamérica.

Para terminar con el influjo de Artigas hizo falta mucha venalidad. Sus antiguos lugartenientes aceptaron traicionar sus instrucciones y postulados. Buenos Aires quiso verlo muerto y cuando las tropas portuguesas invadieron el territorio de las Provincias Unidas al pisotear la Banda Oriental, la elite porteña que usufructuaba el poder no movió un dedo. Fue vergonzoso el rol que cumplió la ciudad puerto durante buena parte de aquellos tiempos fundacionales.

No solo conspiró contra Artigas y se preocupó muy poco por la ocupación extranjera del territorio, además dejó inermes a los gauchos de Salta que se cansaron de repeler invasiones realistas y por otro lado, se abstuvo de aportar recursos para el ejército libertador del Perú, que bajo las órdenes de San Martín y bandera chilena, partió para completar la tarea de la independencia.

Entre la traición de los propios y la agresión portuguesa, Artigas se batió en derrota. Hay que dimensionar la amargura que se habrá instalado en el corazón de ese hombre, que se exilió en Paraguay y cultivó la tierra hasta su fallecimiento, en 1850. Nunca le había gustado que le llamaran por sus títulos militares, pero para la gente era el “general de hombres libres”. ¿Por qué tanto odio portuario hacia el ex blandengue?

Las razones son múltiples. Una de ellas, la adopción del Reglamento de Tierras, que se puso en vigencia en 1815 en los territorios bajo su gobernación. Cuatro años después del fallecimiento de Mariano Moreno, el oriental no hizo más que plasmar en la práctica los lineamientos del “Plan de Operaciones” de la Revolución de Mayo. Marcó así una diferencia con los antecedentes estadounidense y francés, donde las revoluciones se hicieron para reconocer los derechos de los “ciudadanos”. En las praderas orientales y en el Litoral, el pobrerío, la indiada y los esclavos también recibían el influjo revolucionario. Artigas buscó llevar a la práctica el gran principio de la igualdad.

El Reglamento decía que “los más infelices serán los más privilegiados”. Como el instrumento preveía normas igualitarias para garantizar el acceso a la tierra, los terratenientes de ambos lados del Plata, miraron desde un inicio al jinete de soslayo. No por nada, el ejército de Artigas se conformó con el gauchaje y los negros, que se sumaban a la lucha por la libertad colectiva porque ella, se traducía en la individual. La gente guaraní y charrúa tampoco fue ajena a las movilizaciones de aquellos años.

Además, Artigas era proteccionista... “Que todos los derechos, impuestos y sisas que se impongan a las introducciones extranjeras serán iguales en todas las Provincias Unidas, debiendo ser recargadas todas aquellas que perjudiquen nuestras artes o fábricas, a fin de dar fomento a la industria de nuestro territorio”. Para aquel puñado de americanos, resultaba obvio que aquel era el camino para el desarrollo autónomo.

“Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana”, aseveró en ocasión de una asamblea popular. Curiosamente, pasaron a la historia como adalides de la democracia aquellos que pensaban que no había que ahorrar “sangre de gauchos” y que además, escribieron una historia tan falsa como el civismo que decían profesar. Que las revisiones sirvan para hacer justicia histórica y condenar la memoria de quienes traicionaron y deformaron el pasado común. Artigas debería estar en el panteón de los héroes americanos...