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06/05/2018

Ver más allá del dólar

En un marco de corridas cambiarias, inflaciones invencibles y deterioros en los ingresos es difícil prestar atención hacia otros sucesos pero haríamos bien en tomar un poco de distancia para que entren en la mirada otros sucesos quizá más definitorios. Durante la semana que pasó –la misma del dólar por encima de los 23 pesos- la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) avisó que cada vez son mayores los riesgos que sobre los cultivos provocan las actividades industriales y mineras, los pesticidas, los antibióticos, los metales pesados y los residuos sólidos.

Se trata de actividades de las cuales emanan sustancias que contaminan los suelos, de donde proviene buena parte de la alimentación humana. Se trata de un “problema creciente” del que precisamente, poco sabemos al estar encandilados y encandiladas por otro tipo de problemáticas. A mediados de la última semana, la FAO advirtió que existe muy poca información al respecto pero que es evidente la reducción en los rendimientos de los cultivos. Más preocupante aún es que ante su incidencia, se vuelven perjudiciales para el consumo humano.

La entidad de la ONU avisó que la incidencia de sustancias de características biológicas, hormonales o farmacéuticas en los suelos es cada vez mayor, con pronósticos reservados. A esa carga relativamente novedosa, hay que sumarle la presencia de los viejos dispositivos electrónicos o de los plásticos, que se desechan de manera desaprensiva. Tampoco hay que olvidar elementos peligrosos como el arsénico, el plomo o el cadmio.

Mal que les pese a los partidarios y partidarias del extractivismo, la propia FAO realza la faceta contaminante de actividades como la minería, los desechos de las fábricas y los productos que derivan del petróleo, pero también los pesticidas y fertilizantes que se utilizan en la agro-industria. A pesar de esas constataciones, la organización estimó que el uso de los últimos se duplicará hacia 2050. ¿Qué iremos a comer por entonces?

A la hora de presentar el informe “La contaminación del suelo: una realidad oculta”, la subdirectora general de la organización proclamó que “se requieren con urgencia prácticas sostenibles apoyadas por evidencias científicas, investigación, educación y concienciación social”. María Helena Semedo exhortó a que se ayude a los usuarios de las tierras a evaluar y prevenir la contaminación, mitigar sus efectos negativos y recuperar los suelos dañados.

La funcionaria internacional resaltó que el vertido de residuos en forma de pesticidas, fertilizantes, antibióticos y metales pesados en el agua y los terrenos que se utilizan para la agricultura, supone una importante fuente de contaminación. Los datos son demasiado contundentes: la producción de químicos creció rápidamente en las últimas décadas y hasta 2030, continuará a un ritmo anual de 3,4 por ciento.

En 2015, solo la industria europea produjo 319 millones de toneladas de sustancias químicas, de las cuales 117 millones se consideraban peligrosas para el medio ambiente. En forma simultánea a este proceso, el crecimiento inaudito de las ciudades hace que el suelo se convierta en el vertedero de ingentes cantidades de basura municipal. Los datos de 2012 arrojaron que los desechos sólidos urbanos sumaban alrededor de 1.300 millones de toneladas anuales, pero como si no alcanzara con esa magnitud ya difícil de imaginar, ascenderán a 2.200 millones de toneladas para 2025.

La FAO destacó que nunca se realizó una evaluación sobre el problema de la contaminación del suelo a nivel mundial, asunto que se debe abordar con métodos científicos ante la falta de armonización y de datos fiables en las distintas regiones. Hasta el momento, la única estimación global se hizo en 1990, cuando se calculó que había 22 millones de hectáreas de suelo contaminadas. No obstante, en la actualidad se considera que aquella evaluación fue subestimada.

En China, cálculos oficiales señalan que el 16 por ciento de su jurisdicción sufre contaminación, es decir, una enormidad. En tanto, Estados Unidos elaboró una lista de 1.300 sitios que ostentan el incómodo sello de “contaminados”. En algunos lugares están peor: Australia contabiliza 80 mil sitios, pero en Europa incluida los Balcanes, se cuentan en 3 millones. La mirada en la Argentina es tan de corto plazo, que es muy difícil calcular a cuánto ascienden las hectáreas de suelo que sufren contaminación.

El fenómeno plantea un serio desafío para la productividad agrícola, la seguridad alimentaria y la salud humana, en definitiva. “La contaminación de los suelos afecta a la comida que comemos, el agua que bebemos, el aire que respiramos, y la salud de nuestros ecosistemas”, añadió Semedo. “El potencial de los suelos para hacer frente a la contaminación es limitado y por eso, la prevención de la contaminación de los suelos debería ser una prioridad en todo el mundo”. Más importante que bajar el dólar.