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06/05/2018

Los acreedores éramos nosotros

A la hora de enfrentar la cancelación del endeudamiento que el gobierno se empeñó en incrementar, la Argentina estaría en su derecho de mandar al cuerno a los acreedores extranjeros que tengan sede en Estados Unidos o Gran Bretaña.

No solamente por el contubernio que animaron ambas potencias durante la Guerra de Malvinas, sino también por la conducta que desarrollaron contra los intereses de nuestro país hace unos 70 años.

Cuando la Segunda Guerra Mundial tocó a su fin, Estados Unidos y Gran Bretaña eran deudores de la Argentina. Ambos vencedores en la conflagración tenían en rojo sus cuentas por 2.000 y 3.500 millones de dólares respectivamente. El origen de esas acreencias no estuvo en turbios manejos de los mercados de capitales, sino en compras que habían efectuado por mercaderías que necesitaron mientras se prolongó su esfuerzo bélico.

Hubo quien se ocupó de actualizar los valores del endeudamiento. A moneda de 1983, cuando se produjo la recuperación democrática y Raúl Alfonsín asumió la presidencia, ese monto hubiera equivalido a 40.000 millones de dólares, es decir, aproximadamente la mitad de la cifra que permaneció en “default” a partir de 2001. Una magnitud similar tenía por entonces la totalidad de la deuda externa argentina.

Estados Unidos y Gran Bretaña maniobraron de común acuerdo para liberarse de manera fraudulenta de la suma que nos debían. Ya en 1945, la Casa Blanca había bloqueado los créditos de los que podía disponer la Argentina por esa deuda. Washington no sólo se negó a pagar, además anunció que no reconocerían interés alguno. Del otro lado del Atlántico, con argumentos que sólo podían sostenerse por su condición de potencia militar triunfante, Gran Bretaña declaró el bloqueo de las libras esterlinas que correspondían aplicarse a la cancelación de los abastecimientos argentinos.

Frente a esa situación y cuando asumió el gobierno, Perón llevó a cabo arduas negociaciones con Londres que culminaron con la firma de algunos convenios. Aparentemente, con estos acuerdos, se ponía punto final al conflicto. Se celebró una suerte de entendimiento triangular por el cual la Argentina podía hacer uso de las libras inglesas siempre y cuando las utilizara para adquirir mercaderías en Estados Unidos. Fue en ese momento cuando el gobierno británico declaró inconvertible a la libra, decisión unilateral que borró con el codo lo que habían escrito con la mano.

En consecuencia, las libras eran inservibles en el mercado norteamericano, al menos, si estaban en manos argentinas… Washington estuvo perfectamente al tanto de esa urdimbre y dispuso que los importadores argentinos pudieran valerse de los créditos con que allí contábamos para superar esa inconvertibilidad; es decir, la triangulación derivó finalmente en un atentado contra nuestra soberanía porque, en lugar de utilizar los dos mil millones de dólares en donde hubiéramos querido, nos vimos forzados a hacerlo al norte del río Bravo.

La Argentina vivía entonces una época de gran reactivación y pronto las adquisiciones en Estados Unidos excedieron el monto que nos debían. Como las libras no podían convertirse a dólares, rápidamente los argentinos se encontraron con que eran los deudores. En aquel momento, no existía ningún CIADI al cual recurrir para acusar a Gran Bretaña de cambiar las condiciones jurídicas. De todas formas, sabemos que, si esta situación se repitiera en el presente, lejos estaría el CIADI del Banco Mundial de fallar a favor de la Argentina...

En forma simultánea, se puso en marcha el Plan Marshall para proceder a la reconstrucción de Europa. Por entonces, era embajador de Estados Unidos en la Argentina un tal Bruce, que se comprometió a colocar aquí importantes órdenes de compra con destino al abastecimiento de la iniciativa. Solicitó, al mismo tiempo, la reserva de toda nuestra producción en algunos rubros para atender esa demanda.

Pero, con posterioridad, arribó a Buenos Aires otro representante del gobierno norteamericano. Ante la sorpresa de las autoridades nacionales y del propio diplomático, el emisario expresó que la iniciativa era solamente financiera y que, en la Argentina, no se compraría nada. Otro fraude... Las supuestas vacilaciones tenían como objetivo construir una imagen de desprestigio en torno al gobierno de Perón.

La intención de Washington y Londres era bloquear todo programa de desarrollo autónomo cuando, en rigor, con las libras esterlinas bloqueadas, alcanzaba para cancelar las adquisiciones argentinas en Estados Unidos. Perón dispuso que el 30 por ciento de las reservas quedaran a disposición de los bancos y las firmas privadas para que cancelaran las deudas en Estados Unidos. Gracias a ese respaldo, los privados constituyeron un consorcio bancario y se cancelaron todas las cuentas. Incluso, se pagaron intereses. En 1955, cuando Perón fue derrocado, la Argentina no debía un sólo peso pero, en 1956, se asoció al FMI. El resto, es historia conocida.