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20/09/2026

Cómo arqueólogos y escaladores trabajan juntos para proteger pinturas rupestres en Bariloche

A metros del Lago Gutiérrez, trabajan desde 2020 para preservar un sitio arqueológico sin dejar de lado la práctica deportiva. La experiencia permitió retirar vías, delimitar sectores, instalar cartelería y generar protocolos para futuras acciones.
En el sector, se identificaron tres áreas con mayor concentración de pinturas. Fotos gentileza.
En el sector, se identificaron tres áreas con mayor concentración de pinturas. Fotos gentileza.

Para la comunidad escaladora de Bariloche es conocido como “Calabozo”. Para la arqueología, es el sitio “Lago Gutiérrez 1”. Está ubicado a unos 800 metros del lago y desde hace alrededor de 20 años es utilizado como sector de escalada. Pero mucho antes de que las paredes fueran recorridas con cuerdas, ese lugar ya formaba parte de los circuitos de movilidad de las poblaciones que habitaron esta región.

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En sus paredes se identificaron 39 motivos de pinturas rupestres. Los estudios arqueológicos indican que serían registros tardíos, de los últimos mil años, y forman parte de lo que se conoce como la “modalidad del ámbito boscoso lacustre”, presente en distintos sectores de la región cordillerana.

 

La particularidad de Calabozo no está solamente en la cantidad de pinturas. El sitio está orientado hacia el sur, una característica poco habitual entre los sitios arqueológicos de Patagonia, y se encuentra en un área que los investigadores consideran un corredor de tránsito entre distintas cuencas lacustres.

La conservación de ese patrimonio dio lugar a una experiencia de trabajo conjunto entre quienes estudian el sitio y quienes lo utilizan para escalar.

Un proceso colaborativo

El trabajo entre el Grupo de Investigación Arqueologías y Patrimonios Bariloche (GAP), del Instituto de Investigaciones en Diversidad Cultural y Procesos de Cambio (IIDYPCA-UNRN-CONICET), y la Asociación de Escaladores de Bariloche (Aebar) comenzó en 2020, después de que se abriera una vía que pasaba sobre una de las áreas con pinturas. “Dentro de la comunidad escaladora, se sabía y se comentaba que había ciertas pinturas”, contó Gonzalo Azuaga, integrante de Aebar.

La apertura de aquella vía despertó inquietud sobre el posible riesgo que enfrentaban los registros rupestres y algunos escaladores se contactaron con el arqueólogo Federico Scartascini y otros investigadores. Al día siguiente, se reunieron en el lugar y comenzaron a trabajar. “Nos platearon cómo podían solucionarlo y al otro día fuimos a retirar material de la vía de escalada y a tomar unas medidas mitigadoras iniciales”, recordó Federico.

Se retiraron los elementos de una vía que se encontraba sobre las pinturas y se intervinieron otras que estaban demasiado cerca. Después llegaron nuevas instancias de trabajo: relevamientos, instalación de cartelería, delimitaciones y acciones de difusión entre los propios escaladores.

En el sector se identificaron tres áreas con mayor concentración de pinturas. Para cada una, se colocó información específica y se incorporó un código QR que permite acceder al material elaborado por los investigadores. También se delimitó un sector para evitar el ingreso de personas y se difundieron las recomendaciones entre la comunidad escaladora.

Un objetivo: la práctica responsable

Aebar desarrolla distintas iniciativas relacionadas con el crecimiento de la escalada en Bariloche y con las condiciones necesarias para practicarla de manera segura y responsable.

Entre sus proyectos, se encuentran el reequipamiento de las vías de escalada deportiva de Bariloche y sus alrededores, y también organiza cursos y capacitaciones sobre técnica, seguridad y buenas prácticas; además con el proyecto Escalada en la Escuela busca acercar la actividad a las escuelas públicas de la ciudad mediante la construcción de muros de escalada y la concientización sobre el cuidado del ambiente.

La asociación también trabaja sobre los accesos a los sectores de escalada y participa en espacios vinculados con las actividades de montaña. Por ejemplo, forman parte del Comité Técnico de Actividades de Montaña (COTAM), que reúne a representantes de distintas disciplinas al aire libre. En ese ámbito participaron del debate sobre el reconocimiento de las actividades de montaña en la nueva Carta Orgánica de Bariloche, una discusión que incluye disciplinas como escalada, ciclismo y parapente, entre otras.

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Aebar también participa en procesos de habilitación de sectores de escalada. En estos casos, pueden intervenir distintos actores según el lugar: el Parque Nacional, el Municipio o propietarios privados.

El trabajo realizado en Calabozo es parte de esta búsqueda de desarrollar la escalada en un marco de cuidado de los espacios donde se practica. “Tratamos de que haya una conservación del ambiente y también del patrimonio cultural, que es la otra pata”, explicó Gonzalo.

Para conocer más sobre Aebar, se puede ingresar a @aebar_patagonia y a www.aebar.com.ar.

Preservar: qué medidas se tomaron

Según explicó Federico, es importante también tener en cuenta que “Las pinturas son una parte de un sitio arqueólógico, tal vez la parte más vistosa, la parte que cualquiera con un poco de atención puede ver”, pero que “pero que los sitios arqueológicos como producto de la actividad humana son mucho más complejos”. Y explicó que la conservación de los sitios no implica solo proteger a las pinturas, sino también llevar adelante una serie de acciones tendientes a la conservación de todo el sector.

La circulación de personas también puede afectar el suelo y el entorno del sitio. El tránsito genera erosión y polvo que puede depositarse sobre las paredes. A eso se suma el uso de magnesio, un material habitual en la escalada deportiva que puede adherirse a las pinturas y alterar tanto su superficie como la posibilidad de estudiar los pigmentos.

Por eso, las acciones de conservación no se concentran solamente en las paredes con pinturas. También buscan reducir el impacto sobre el entorno arqueológico y geológico del lugar.

En Calabozo, ya se retiraron vías ubicadas a menos de un metro de las pinturas, se realizó una limpieza controlada de restos de magnesio y se instaló cartelería. Para Aebar, estas medidas forman parte de una idea más amplia sobre la práctica de la escalada en Bariloche.

Luego, como parte de este trabajo conjunto, los investigadores y Aebar promovieron charlas con las personas que se encargan de abrir y preparar nuevas vías de escalada o “equipadores”. A partir de ese intercambio, comenzaron a trabajar con una serie de pautas previas y empezaron a consultar a los arqueólogos antes de abrir nuevos sectores para evaluar juntos las características del lugar.  “Está re bueno que sean los lugares que finalmente puedan seguir usándolos y no que de repente estés en un sitio arqueológico, al lado de un área de identificación de algún ave o en un sector que tiene relevancia biológica o cultural”, planteó Federico.

Para el arqueólogo, que también está vinculado a la escalada, uno de los aspectos centrales de la experiencia fue que ambas partes pudieron conocer las razones y necesidades de la otra. “Lo que tiene que haber primero es un registro del otro: entender que hay un otro que tiene una agenda, que tiene un deseo de hacer algo”, sostuvo.

Gonzalo destacó que el vínculo con el entorno forma parte de la práctica local de la escalada y de la particular relación que tiene Bariloche con las actividades al aire libre. “Desde la asociación, tenemos como bandera el cuidado del ambiente y la valoración del patrimonio cultural. Usamos estos espacios para escalar, pero siempre tratando de que la práctica vaya de la mano con esos cuidados”, expresó.

La experiencia llamó la atención también fuera de Bariloche. Después de que los escaladores y los investigadores difundieran el trabajo, una revista especializada española se interesó por la experiencia y está trabajando en un artículo.

Un sitio que cuenta cómo se movían las poblaciones del pasado

“Calabozo” permite acercarse a una parte de la historia de quienes habitaron la región. “La gente que generó esos sitios arqueológicos tenían modos de vida muy distintos de los nuestros. Son poblaciones humanas que vivían de forma muy distinta de nosotros principalmente en lo vinculado con su estrategia de movilidad”, planteó Federico.

Los investigadores consideran que el lugar pudo haber tenido un papel vinculado con la circulación en un corredor a lo largo de todo el valle del arroyo Gutiérrez. “El sitio arqueológico Calabozo tiene algunas particularidades que nos ayudan a pensar en cómo eran esos modos de vida del pasado en este territorio”, explicó.

La presencia de 39 motivos en un espacio relativamente pequeño es significativa. También lo es la ubicación del sitio hacia el sur, que no responde a las orientaciones más habituales de otros sitios arqueológicos, que no permiten pensar que se hubiera tratado de un lugar de asentamiento.

“Hay lugares que son de habitación, hay lugares ceremoniales, de caza o para depositar a los muertos y hay lugares que son de tránsito; y lo que estamos pensando es que calabozo se insertaría dentro de las dinámicas arqueológicas y poblacionales que tenemos a nivel local en esa clave de circulación humana”, explicó.

En cuanto a las pinturas, contó que son mayormente no figurativas. Hay puntos, líneas y formas geométricas, además de algunos motivos que pueden guardar semejanza con animales o huellas. Los investigadores consideran que estos registros pudieron haber funcionado como formas de marcar determinados lugares, aunque no es posible establecer hoy qué significaba cada motivo.

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“¿Para qué marcar los lugares? Bueno, por la misma razón que nosotros nos marcamos en la actualidad: para convertir espacios naturales en espacios culturales, para darle una dimensión cultural a algo que eventualmente se presenta como solo natural”, explicó el arqueólogo.

El sitio forma parte de una distribución más amplia de pinturas de características similares alrededor de distintos lagos de la región. Para la arqueología, estudiar esos patrones permite formular preguntas sobre cómo se movían las poblaciones y cómo utilizaban el territorio. Aunque indicó que no es posible determinar con precisión qué grupo humano realizó las pinturas. Tampoco fechar directamente este tipo de registros, aunque estiman que corresponden a los últimos mil años.

“Codifican ciertos símbolos y no otros. Y eso empieza a aparecer en distintos lugares de lo que llamamos las áreas perilacustres, alrededor de los lagos -del lago Lácar, del lago Correntoso, del lago Nahuel Huapi, del lago Gutiérrez-, y que tal vez nos están hablando de que un grupo humano estaba circulando estos espacios”.

Según detalló, en la región de Bariloche existen evidencias de ocupación humana desde hace unos 12.600 años. En los últimos 2000 años, explicó, se observa un cambio en la intensidad y la forma de utilización del territorio.

Cuando la tecnología permite ver lo que el ojo ya no encuentra

El paso del tiempo modificó el aspecto de las pinturas. Algunas ya no pueden distinguirse fácilmente a simple vista. Eso no significa que el pigmento haya desaparecido.

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Los investigadores utilizan herramientas digitales para procesar las imágenes y recuperar información que no resulta evidente en una observación directa. “Lo que hace es cambiar los contrastes, y entonces hace que la pintura, algo que a simple vista no lo es, procesado, se ve mejor”, explicó Federico sobre una de las herramientas utilizadas.

Ese trabajo permite estudiar no solamente el diseño de los motivos, sino también aspectos relacionados con los pigmentos y las técnicas utilizadas.

Un reconocimiento a un proceso virtuoso

El jueves, la Secretaría de Cultura de Río Negro y la Dirección de Patrimonio y Museos de la provincia distinguieron a personas e instituciones por su aporte a la preservación, investigación y valoración del patrimonio cultural, natural y científico. Entre los reconocimientos estuvo Aebar, por su colaboración en la conservación del patrimonio cultural. Estuvo presente para recibirlo Alejandro Herrera.

Para Federico, el valor de la experiencia radica en la acción coordinada. “El trabajo cooperativo, y seteando objetivos comunes, es siempre inicialmente mucho más difícil, implica un trabajo previo, pero yo creo que los resultados están a la vista”, planteó.

También destacó la importancia de que la investigación científica pueda desarrollarse vinculada con las comunidades y sus necesidades concretas. “Me parece que esta clase de acciones son valiosas”, afirmó. Y señaló que acercar la ciencia a las personas permite que el conocimiento y la protección del patrimonio tengan una aplicación concreta en el territorio.

La experiencia de Calabozo preserva un sitio arqueológico para que pueda seguir siendo conocido y estudiado, mientras la comunidad que utiliza ese espacio incorpora herramientas para reducir su impacto. “Hay una posibilidad de disfrutar los entornos afuera con un bajo impacto y con prácticas respetuosas”, valoró.

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