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13/07/2026

La historia de la alemana que 100 años atrás se transformó en cronista de la Patagonia

Escribía cartas a su madre, en Berlín, donde relataba la vida en el sur.
Documentos que hablan de cómo era la Patagonia cien años atrás. Foto: Eugenia Neme.
Documentos que hablan de cómo era la Patagonia cien años atrás. Foto: Eugenia Neme.

Hace algo más de cien años, una joven alemana llegó con tres hijas a la Argentina, donde la esperaba su marido.

El nombre de la mujer era Ella; él se llamaba Hermann. El apellido, Brunswig.

Ella, junto a sus hijas, aún en Berlín.

Ellos fueron testigos de una Patagonia áspera, donde cualquier comodidad se veía lejana.

Pero aun con su inclemencia, el sur argentino (y también el chileno, porque el hombre se desempeñó en estancias a ambos lados de la frontera) se les presentó como una especie de Edén.

Ella a caballo (es la segunda desde la izquierda). Imagen gentileza.

El viejo continente acababa de atravesar la Primera Guerra Mundial, y el hambre delineaba una existencia agónica en 1919, cuando Hermann recibió un telegrama de su hermano Peter, quien se desempeñaba en el Banco Alemán de Chile: “Sugiero estancia cría de ovejas Patagonia Stop Dos años de aprendizaje sin familia Stop”.

Y Hermann partió a la Patagonia.

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“Él siempre dijo que el telegrama le había caído del cielo, aunque no tuviera idea de lo que era una estancia con ovejas”, comenta su nieta, Diana Schroeder, sentada en la redacción del diario El Cordillerano, derramando sobre la mesa fechas y sitios por los que pasó su abuelo y luego también su abuela. Porque, en realidad, fueron más de dos años sin familia los que Hermann permaneció en el sur del mundo, batallando contra la rudeza patagónica a fuerza de voluntad, aprendiendo los secretos de una tierra hasta poco antes lejana. El período de tiempo se estiró a casi el doble cuando finalmente su esposa, Ella, llegó a la Patagonia junto a sus hijas, la mayor, llamada María, y las gemelas, Iya y Asse (madre de Diana).

Diana Schroeder, nieta de Ella. Foto: Eugenia Neme.

Una vez en territorio patagónico, sobre todo en la zona de Santa Cruz, aunque también en otros lugares, como Junín de los Andes e incluso Chile (los movimientos respondían a las labores de Hermann y a su búsqueda de mejores oportunidades), Ella Brunswig se transformó, sin quererlo, a partir de cartas que enviaba quincenalmente a su madre, en Berlín, en cronista de época, según trascurrían sus días en América.

Ella, en el sur. Imagen gentileza.

Por ejemplo, escribía: “Estos tres días en auto han sido hasta ahora la culminación de nuestro viaje. No entiendo cómo puede haber gente que halle aburrido este paisaje. ¡Sólo en el mar he visto tanta grandeza, vastedad y fuerza! Pocas veces me he impresionado tanto como con esta tierra prehistórica. Parece que nosotros, los pequeños seres humanos, no tenemos un lugar aquí. Si de pronto se hubiera hecho presente un dinosaurio no nos hubiera causado ningún asombro, lo habríamos aceptado como algo autóctono. Las mismas carretas enormes que atraviesan esta tierra pertenecen al lugar, mientras que nuestro autito parecía una insolencia”.

Viajar a través de la Patagonia, durante la primera mitad del siglo XX. Imagen gentileza.

Sentada junto a Diana, la alemana especialista en coaching —y, a la vez, una especie de historiadora— Luca Lauga afirma: “Son cartas, pero lo que escribe es literatura pura”.

Esa consideración posee su consistencia cuando se lee, por ejemplo, un fragmento como este: “A veces pienso que no estoy a la altura de semejante situación, lo admito con franqueza. Las facilidades domésticas son mínimas, no hay agua corriente ni bomba de agua; el agua se saca directamente de una vertiente en el jardín, con un balde. En la cocina no hay pileta ni vasijas apropiadas. Tengo un solo fuentón que tiene que servir para todo: lavar los platos, la ropa, bañar a las nenas… Voy a tener que acostumbrarme a muchas cosas. Además, todo esto está siempre sucio con el polvo que cubre todo: hay rendijas por todas partes, ninguna ventana cierra bien, el piso es de tablones sin cepillar, con agujeros, y debajo hay pura tierra. Es prácticamente imposible mantener limpia la casa, pero Hermann me ha ayudado mucho, y por ahora tenemos un cocinero. No sabemos todavía si podremos mantenerlo, ojalá que sí”.

Luca Lauga destaca la forma de escribir de Ella. Foto: Eugenia Neme.

Ella Brunswig, mientras esperaba que su marido le confirmara que ya podía viajar a la Patagonia, había estudiado enfermería, a pesar de la opinión contraria de su padrastro. De esa forma, con los saberes aprendidos, ya en el sur, logró ayudar a uno de los encargados de las estancias en las que se desempeñaba Hermann, el inglés Lucas Bridges. La rivalidad bélica entre británicos y alemanes, a partir de la Primera Guerra Mundial, aún estaba latente. En tal sentido, Ella Brunswig escribió: “Imagínate, si Mr. Bridges hubiera muerto en nuestra casa, todo el mundo habría pensado que lo habíamos envenenado, ¡los alemanes a un inglés! Y eso lo sabía mi paciente. En aquella noche de crisis le dictó a su amigo varias cartas que debían aclarar ese punto. Él mismo las firmó para protegernos de todo peligro. Gracias a Dios, ahora mi paciente no tiene fiebre”.

Junto al inglés Lucas Bridges. Imagen gentileza.

El recorrido de la familia Brunswig siguió. Más adelante fueron a Mendoza y, por último, desembocaron en Buenos Aires, donde Ella fue jefa de enfermeras en el Hospital Alemán.

Pero mucho antes, al partir de Santa Cruz, la mujer inmortalizó sus sentimientos en una carta a su madre: “La despedida de esta Patagonia agreste y ruda se me hace más difícil de lo que hubiera imaginado. Este año, con todos los sinsabores y problemas, ha sido el más rico de mi vida, y estos últimos meses nos han compensado a todos con creces por el comienzo tan difícil. Porque ganar amigos es una dicha muy poco frecuente y, menos aún, encontrar gente tan auténtica y original como la que hemos conocido”. Así, continuó: “También he asimilado intensamente todo lo nuevo y original, lo desconocido de esta región extraña”. Y delineó: “En el viaje hacia la costa me invadió una sensación de nostálgica melancolía. Cuántas veces ya he tenido que despedirme, y cada vez se me desprende un trozo del corazón. Me siento cansada de tantas despedidas”.

Diana, pensando en su abuela. Foto: Eugenia Neme.

“De acuerdo con lo que escribió en sus cartas, logró sobreponerse a muchas situaciones a partir de su fortaleza. Había sido educada con severidad, como era habitual en aquella época; no se trataba de algo de lo que se quejara”, dice su nieta, que vivió en el campo, en la zona de Sierra de la Ventana, y también fue educada en la cultura alemana, en un colegio de Buenos Aires. Allí coincidió con varias alumnas provenientes de Bariloche, entre ellas una chica que se convirtió en una gran amiga, por lo que Diana comenzó a venir seguido a la ciudad, de visita. “La Patagonia siempre me atrajo”, señala esta mujer que pasa parte del año en la localidad, donde suele despuntar su gusto por las cabalgatas.

Ella Schroeder, bisnieta de Ella Brunswig, junto a Diana, en una presentación en el Museo de los Viajeros, en Bariloche, donde brindaron una charla. Foto de Camila Goncalves, cedida por Luca Lauga.

La hija de Diana, en la actualidad, está en Austria; el hijo, en Alemania. “Así como mis bisabuelos miraban cómo Ella y Hermann se iban, ahora nosotros observámos cómo nuestros hijos se van en busca de sus raíces”, expresa.

En América, Ella tuvo dos hijos varones. En la foto, con uno de ellos en brazos; a un lado, María, la hija mayor. Imagen gentileza.

LA HISTORIA DE LAS CARTAS Y ALGO MÁS

Para un cumpleaños de su esposa, Hermann hizo una selección de las cartas que Ella había enviado a su madre y la transformó en un libro sólo para la familia.

Años después, en la década del noventa, María, la hija mayor, que en los sesenta había regresado a Alemania, donde se transformó en una gran traductora al alemán de autores que formaron parte de lo que se denominó boom latinoamericano de la literatura, decidió reunir la totalidad de las epístolas de su mamá. Así nació el libro Allá en la Patagonia, publicado en español y alemán.

"Allá en la Patagonia", el libro que reúne las cartas de Ella, en sus ediciones en español y alemán. Foto: Eugenia Neme.

Por otra parte, Diana Schroeder y Luca Lauga informan que hay material perteneciente a Hermann que podría, quizá, transformarse algún día en un libro. Encontraron una valija llena de artículos que escribió al llegar a la Patagonia, como una especia de diario. Por un lado, el hombre tenía una cámara de fotos, con la que dejó registro de varios momentos de aquel sur en blanco y negro. Y, por otra parte, contaba con una máquina de escribir en la que dejó constancia de los hechos de los que era testigo. Por ejemplo, los sucesos que pasaron a la historia como la “Patagonia rebelde”. Esos textos, en alemán, al igual que lo que sucedió con las cartas que escribió su esposa, son el testimonio de una época ahora lejana.

Hermann y su máquina de escribir.

UN POEMA DE LA NIETA

Diana Schroeder, pensando en el camino seguido por sus abuelos y tantos otros que se lanzaron al mar en busca de un nuevo destino que esquivase los escollos planteados por la vida, escribió un poema titulado Otro destino:

Se quebró el almanaque de la espera,

el idioma de pronto es tierra extraña;

ya no hay mapa que explique la mañana,

ni certeza detrás de la frontera.

 

​Cargar el peso de un país herido,

cruzar el mar con la raíz colgando,

mientras el nuevo suelo va mirando

al que llega buscando algún abrigo.

 

​¿Quién se acuerda del nombre que tenías

cuando el hogar era una ley segura?

Hoy sos asombro, andar y fe pura,

un alma nueva en calles aún frías.

 

​Pero el tiempo sutura la herida,

A este suelo generoso, lo abre su gente,

y el abrazo que llega del enfrente

va encendiendo otra vez la nueva vida.

 

​Hay un gracias que brota del camino,

una patria que adopta tu elemento,

y rehacer el alma contra el viento,

encontrando, por fin, otro destino.

Luca Lauga y Diana Schroeder. Foto: Eugenia Neme.

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