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07/07/2025

Guerra de Malvinas: “Si hubiésemos dado el combate final, los ingleses se iban”

Entrevista en Bariloche con Owen Crippa, el piloto que realizó una recordada acción heroica durante el conflicto del Atlántico Sur, consiguió repatriar el avión con el que logró la proeza y sueña con levantar un museo donde se formen argentinos que luchen pacíficamente para recuperar las islas.
El hombre que realizó una hazaña en 1982 que aún resulta deslumbrante (foto: Facundo Pardo).
El hombre que realizó una hazaña en 1982 que aún resulta deslumbrante (foto: Facundo Pardo).

Un mediodía de una jornada de frío extremo en Bariloche, tras conversar con Owen Crippa, el periodista se cruza con un conocido.

–¿De dónde venís? –pregunta el hombre.

–De hacer una entrevista larga con Owen Crippa –responde el cronista, sin dar más precisiones.

–Hacé de cuenta que estuviste sentado con un héroe… un héroe de guerra –aprecia el interlocutor.

De tal manera, el periodista se percata de algo que ya presentía: para muchas personas, el de Crippa es un nombre cercano.

                                  

Crippa, de visita en Bariloche, donde en la actualidad residen una hija y un hijo (foto: Facundo Pardo).

Como aviador naval de la Armada, una proeza suya durante el conflicto bélico de Malvinas traspasó el interés de los estudiosos del combate en el Atlántico Sur para, de diversas formas, arribar a los hogares de las familias argentinas. Incluso un documental de History Channel colaboró para divulgar su hazaña.

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Además, recientemente logró recuperar el avión con el que realizó el acto de gallardía que le permitió obtener la más alta condecoración militar de la Argentina, la Cruz al Heroico Valor en Combate. El aparato, un Aermacchi MB-339 (el mítico 4-A-115 ), había sido vendido por el Estado argentino al exterior y Crippa consiguió que volviera al país. Su intención es que forme parte de un museo que piensa levantar en Sunchales, Santa Fe, donde reside. 

Museo con el que sueña Crippa (imagen gentileza).

Ese hombre, entonces, llegó una mañana de invierno a la redacción del diario El Cordillerano y, sin apuro, fue desojando una historia con varios capítulos. Entre ellos, claro, figura lo que sucedió el 21 de mayo de 1982 . De tal forma, contó que el día anterior le avisaron que, a partir de la noticia de que se habían producido enfrentamientos en la zona marítima, tendría que averiguar qué hacían los británicos cerca de la costa. “Les dijeron a los pilotos de fuerza aérea y a nosotros, los de la Armada, que ni bien amaneciese fuésemos a ese lugar, para ver si era en realidad el desembarco que se estaba esperando o se trataba de un simulacro. Así que a la mañana siguiente le dije a un compañero, Horacio Talarico, que me acompañara con otro avión, porque era una misión de riesgo, ya que nos íbamos a encontrar con buques, y éramos los dos que teníamos más experiencia”, evocó.

"Cuando fui al comando para recibir la directiva, pedí que me autorizaran a cambiar las coheteras por bombas. Si me iba a encontrar con buques, me parecía más efectiva una bomba que un cohete. Me contestaron que no, que primaba la urgencia. Así que fuimos a la pista y ahí vimos que uno de los aviones tenía una cubierta desinflada. Inflarla tardaría diez o quince minutos; había que hacerlo con cuidado porque no teníamos regulador de presión. Pero el comando ordenó que saliera un avión de inmediato", continuó.

Como jerárquicamente Crippa “tenía unos puntos más” que su compañero, y el grupo estaba a su cargo, decidió salir él.

En Malvinas (foto gentileza).

“Ni bien despegué y pasé las primeras defensas, observé combate, un helicóptero incendiándose, tropa de infantería corriendo por el terreno… Presumí que era tropa argentina y no tiré, gracias a Dios, porque lo era. Ellos sí tiraron, me confundieron con el avión inglés que los estaba atacando”, siguió. 

"Mi idea era entrar por el valle del río San Carlos que desemboca en el estrecho. Pensaba ir por ahí para aparecer por sorpresa. Pero, cuando quise entrar por ese lado, había niebla, así que giré hacia el norte, para ingresar por la boca del estrecho. Pensaba que me encontraría con la flota mar afuera, como apoyo. Al salir a mar abierto, no vi nada. Me pareció raro. Cuando empecé a entrar en el estrecho, observé a dos destructores ingleses estacionados, en Punta Roca Blanca. Seguí volando y no me vieron. Más adelante, observé a otro destructor navegando y, casi en la boca de la bahía, un helicóptero en vuelo fijo. Me separé de la costa para tirarle y, cuando estaba por apretar el gatillo, a mi izquierda noté una gran cantidad de buques, lanchones de desembarco, helicópteros…”, describió, para luego desarrollar: “Ahí pensé que era más redituable dejar fuera de servicio a un barco que derribar un helicóptero, así que hice un giro violentísimo y le pasé a unos cinco metros; vi el gesto del piloto John Hopkins. Dije: 'Dios quiso que no sea tu día'. Lo había tenido en la mira…”.

 

Malvinas en blanco y negro (foto gentileza).

"Me perfilé para atacar uno de los buques y vi que soldados ingleses corrían a cubrir una posición de artillería. Quise tirar, pero apreté y no disparaba. '¡Dios mío! Haberme metido hasta acá y que no salga un tiro', pensé. Revisé y noté que había una perilla desconectada. Luego, sí, empecé a tirar y observé que en la cubierta caían tres hombres. Después me enteré de que, por suerte, no murió ninguno. Quedaron heridos; uno de ellos lamentablemente perdió un ojo”, señaló, para continuar: “Le tiré a las antenas de radio, al radar y el puente de comando. A lo último, ya sobre el buque, lancé ocho cohetes. No vi dónde pegaron. Los ingleses después dijeron que uno dio en un lanzador de misiles. Ya estaba sobre el buque, apenas a unos metros, así que salí hacia arriba para no chocar, y me encontré otra vez con un panorama de navíos, lanchones, helicópteros… Entonces imaginé que si giraba para volver por donde había entrado me iban a tirar como a una paloma, como si se tratara de un polígono”.

"Se me ocurrió pasar al otro lado del buque y ponerme a unos diez metros, que es la altura de las bordas. Decidí ir esquivando los barcos; si me tiraban, corrían el riesgo de darse entre ellos. Gracias a Dios, pasó eso, no dispararon. Pero sabía que cuando pasara al último barco me iban a tirar con todo. Así que en la última parte agarré el bastón de dirección con una mano, y con la otra iba tomado del aro del asiento eyectable. Vi que desde la izquierda un buque carguero me lanzó un misil, así que volvi a agarrar los comandos del avión, reduje la turbina para no provocar calor y así evitar que el misil me siguiera. Conté unos segundos y giré hacia el misil. Cuando pasó de largo, volví a poner potencia para 'trepar' el istmo e ir hacia la otra bahía”, rememoró.

Junto a sus mecánicos -Flores, Reyes, Sosa y Sánchez- en las islas (foto gentileza).

Crippa continuó: "En ese momento, me tiraban con todo. Veía las explosiones... Pero el avión no tuvo ni un rasguño".

Tras haberse alejado, el piloto decidió regresar a la zona donde se había desarrollado la acción, para poder ser preciso en cuanto a la cantidad de navíos. Obviamente, no retornó al centro de la escena. Se quedó a una distancia prudencial y dibujó un croquis con doce buques dentro de la bahía, más cuatro que estaban fuera.

Con esa información, llegó a Puerto Argentino.

Aquel dibujo, que hizo en un anotador sobre sus rodillas, se encuentra en el Museo de la Aviación Naval, en Bahía Blanca. “Yo jamás pensé que lo iban a guardar”, sonrió el piloto, quien, durante una charla que brindó en 2018, vio cómo, entre el público, se levantaba alguien sosteniendo un papel. Era Julio Bardi, que al momento de la guerra era teniente de Fragata, para darle el original que había guardado durante treinta y seis años. Luego, Crippa lo entregó al museo.

Croquis que hizo el piloto.

Aquella acción temeraria de Crippa en Malvinas permitió que fuerzas argentinas atacaran a la flota inglesa, retrasando un desenlace que igualmente llegaría… 

–¿La flota inglesa se aprestaba a desembarcar? –preguntó el periodista, en la redacción del diario El Cordillerano.

–Sí, a desembarcar y avanzar sobre Puerto Argentino, que fue lo que luego hicieron… Pero tuvieron muchísimas bajas. No entraron graciosamente. Si nosotros hubiésemos dado el combate final, los ingleses se iban de Malvinas, porque estaban muy golpeados. Pero los cobardes de nuestros jefes se rindieron… Es decir, el general Mario Benjamín Menéndez, los almirantes y brigadieres que estaban en el comando.

–Para usted, entonces, si se hubiese presentado esa batalla final, ¿los ingleses se hubieran ido?

–Sin duda. Lo dicen los ingleses. Estaban destruidos, hasta el punto de que Jeremy Moore (comandante de las fuerzas terrestres británicas) dijo: “Si el 13 de junio los argentinos nos soplaban, nos caíamos al mar”. Sobre el final, era difícil salir a volar, porque los aviones se encontraban a la intemperie, con problemas eléctricos, de batería… Yo había llevado bolsas de arpillera, pala, pico, para hacer defensa, así que uno de los últimos días junté a mi grupo –éramos once, cuatro pilotos y siete mecánicos– y les dije: “Cuando no podamos volar más, combatiremos como infantería, así que vamos a armar tres 'herraduras' con las bolsas”. En cada una de ellas teníamos cascos, fusiles, comida y remedios. Cuando estaba en eso apareció uno de los jefes y me preguntó qué hacía. Le expliqué que cuando aparecieran los ingleses les íbamos a tirar desde ahí, y él contestó: “Usted está loco; ni bien vea aparecer a los ingleses por acá, yo voy a ser el primero en sacar la banderita blanca”. Le dije de todo… pero fue lo que hicieron. Por eso, en la foto, cuando firmaron la rendición, se ve a Menéndez y su staff, todos peinaditos…

–¿Cuándo había llegado a Malvinas? Fue poco antes de la acción ante la flota inglesa del 21 de mayo, ¿verdad?

–Llegué en una fecha muy especial, el 17 de mayo, Día de la Armada Argentina. Aterrizamos al atardecer. No vino nadie a recibirnos, estábamos en medio de la nada, con nuestros bolsos, nuestro equipo, el material que habíamos llevado… El avión ni paró, abrió la puerta y fuimos tirando las cosas, bajamos y se subieron los que regresaban. De repente vimos dos Harrier que venían por el lado del monte Kent y nos ametrallaban… No había nadie nuestro porque estaban con alerta roja, o sea, ataque enemigo. Ese fue nuestro recibimiento, como diciendo: “Están en una guerra”.

–En 1984 pidió el retiro, ¿por qué?

–Por varias razones. Empezó un bastardeo hacia las Fuerzas Armadas, donde todo se mezclaba con la lucha contra la subversión, que estoy convencido de que había que darla, porque si no hoy seríamos Venezuela o Cuba, pero por supuesto que hubo cosas que no deberían haber pasado. No tendría que haber habido desaparecidos ni niños apropiados; todo debería haberse llevado a cabo dentro de la ley.

–Después de que se retiró, ¿qué hizo?

–Trabajé. En ese momento tenía dos hijos y otro en camino. Había que salir a laburar. Yo sabía que iba a ser así, porque no me correspondía cobrar retiro. Es como una jubilación, tenés que cumplir una determinada cantidad de años de servicio, y yo no los tenía. Ni bien me jubilé, me llamaron los gerentes de Austral y de Aerolíneas Argentinas, porque los conocía. Querían que volara con ellos, y me explicaron que iba a ganar muy bien. Les dije que no. No quería que nadie pensara que había pedido el retiro para ganar un peso más; yo lo había hecho por una cuestión de principios. Así que repartí carne en Bahía Blanca y Punta Alta. Después empecé a volar en un aeroclub. También fabriqué muebles y con mi señora pusimos una tienda para vender ropa, entre otras cosas.

–¿Cuándo se enteró de que el avión que había usado en Malvinas se había vendido?

–En 2005, una camada de pilotos que habían sido mis alumnos cumplieron veinticinco años de haberse recibido y me invitaron a que participara del acto. Cuando llegué, un jefe me dijo: “Está 'fulano de tal', que acaba de comprar su avión, el 115”. No quise hablar con ese hombre. Para mí, fue como una puñalada... Cuando la ceremonia terminó, me puse a averiguar qué había pasado. Resulta que, por la falta de presupuesto de las Fuerzas Armadas, la Aviación Naval no tenía dinero para comprar repuestos de los helicópteros Sea King que se usan en la Campaña Antártica. Así que entregaron tres aviones, entre ellos el 115, a cambio de los repuestos. A los cuatro o cinco años, me hablaron los que se lo habían llevado para que yo participara en una campaña con el objetivo de recaudar fondos para traerlo. Pedían un millón de dólares, una locura. Les dije que no. Es el negocio de ellos. Son comerciantes de armamento.

Crippa vivió una odisea para poder volver a ver el avión que usaba en Malvinas (foto: Facundo Pardo).

Owen Crippa, luego, se enteró de que lo vendían por trescientos cincuenta mil. Seguía siendo un valor excesivo. 

Más tarde, un amigo le contó que lo estaban ofreciendo por Internet a unos ciento cincuenta mil.

Conocidos de Crippa comenzaron a impulsar la idea de conseguir que el avión regresara a la Argentina.

Al final, negociaciones mediante, se consiguió traerlo por alrededor de sesenta y dos mil dólares. Ese dinero se reunió por medio de una campaña donde las personas, “voluntaria y anónimamente” (tal como recalcó), brindaron su colaboración. “La gente confió en mí”, expresó. “Fueron varias noches sin dormir, porque, durante todo ese tránsito, tuve diez mil palos en la rueda”, apuntó, refiriéndose tanto a aquellos que desde el exterior “querían trabar la operación”, como a los inconvenientes burocráticos/económicos argentinos.

El mítico 115 que Crippa piloteó en Malvinas (foto gentileza).

Las dificultades en diversos puertos nacionales, por ejemplo, provocaron que se pusiera como destino a Montevideo, Uruguay, y desde ahí se lo trasladara vía terrestre a Sunchales. El asunto es que una vez que el avión arribó a la localidad, en enero de 2025, desde Aduana dijeron que si no abonaban catorce mil dólares la aeronave tenía que retirarse… “¡Yo no ando con esa plata en la mochila!”, protestó Crippa… Hubo que salir a conseguir el dinero. O sea, aunque parezca increíble, un área del Estado argentino le cobró a un veterano de guerra por ingresar al país un avión que el héroe de Malvinas recuperó para Argentina.

Pero, más allá de todo, Crippa puede decir que logró su objetivo. El 4-A-115 ya se encuentra en territorio argentino. Y ahora está trabajando para levantar un museo que lo guarezca. Pero, además, tiene grandes ambiciones para el lugar. “Tendrá tres espacios: uno histórico, otro administrativo y cultural, y uno social”, contó.

El modo en que imagina Crippa al museo en Sunchales (imagen gentileza).

“Estamos en la etapa de conformar una fundación y continuar recaudando fondos para restaurar el avión y construir el museo, que va a ser interactivo”, detalló, a la vez que contó que el lema bajo el que se enmarcará el proyecto será: “Por la soberanía y por la paz”.

"Se instalará el avión y habrá simulaciones virtuales de las misiones. Para ello, estamos trabajando con la Universidad Nacional de Rafaela y una empresa de inteligencia artificial", señaló.

También adelantó que la intención es que haya un salón de exposiciones y clases, para que se brinden conferencias y sirva como sitio de capacitación para “futuros funcionarios de cuerpos diplomáticos, cancillería y políticos”. Crippa aclaró que el propósito no se vincula con uno u otro partido, sino que pretende que se produzca “un debate con conocimiento”.

"El proyecto es ambicioso. Ya tenemos el lugar y hemos limpiado el terreno. Contamos con algo de cemento y ladrillos que nos donaron. Se va a levantar con el pequeño esfuerzo de todos los argentinos que quieran colaborar", sostuvo el piloto.

“Quiero dejar en claro que esto no es un homenaje para mí, sino para la causa Malvinas, para la patria”, dijo.

La idea de Crippa es que el museo donde "descanse" el Aermacchi MB-339 sirva para formar a personas que puedan ayudar a recuperar las Malvinas por medios pacíficos (imagen gentileza).

–¿Qué es Malvinas para usted?

–Un reclamo soberano, un pedazo de nuestra patria que tenemos que seguir insistiendo en que vuelva a ser nuestro territorio. Pero, para eso, hay que preparar a futuras generaciones que estén dispuestas a ocupar espacios en este país. Malvinas une a todos los argentinos, o, al menos, a la gran mayoría. 

Cuchillo que el veterano de guerra Edgardo Suárez -quien reside en Bariloche- forjó para ser rifado y así recaudar fondos para ayudar a construir el museo que Owen Crippa desea levantar en Sunchales (foto gentileza).

Aquellos que deseen colaborar para que el museo se transforme en una realidad pueden hacerlo a través del alias MISION.OWEN .

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