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18/05/2025

Vinilos en Bariloche: ese oscuro objeto del deseo

Nostalgia, pero también una forma de resistencia.
En la ciudad, son muchos los que disfrutan de la música "física" (fotos gentileza).
En la ciudad, son muchos los que disfrutan de la música "física" (fotos gentileza).

Durante el fin de semana, en Bariloche, los seguidores de la música “tangible” se reunieron una vez más para vender, comprar e intercambiar vinilos, sin olvidar tampoco a los cds y cassettes.

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Cabe indicar que la organización de este tipo de encuentros corre por cuenta del Club del Vinilo, espacio que reúne a los amantes barilochenses de los discos. Personas que disfrutan de hacer girar en sus bandejas los tesoros sonoros más diversos. En general, ya pasaron la barrera de los cuarenta, y encuentran en ese gusto por la música analógica un factor común. Una canción puede remitirles a otros tiempos, a momentos donde, quizá, la cabellera era más tupida y el alma no tenía tantas cicatrices.

Es decir, un objeto oscuro –del que sale música tras la circulación de una púa por sus surcos– puede transportarlos mentalmente a épocas donde los ideales no estaban tan cascoteados.

El encanto, claro, radica en la música como valor artístico, pero –hay que reconocerlo– también está el hecho de lo que refiere sentimentalmente para cada quien. Es decir, un tema que quizá no sea el mejor –cosa que incluso puede advertir el propio oyente que adquiere un disco– igualmente posibilita ese viaje a tiempos donde se era –o, al menos, se creía ser– más feliz.

En primer plano, una rareza de Michael Jackson.

Suele suceder que los días idos se idealizan, más allá de la sentencia de san Luis Alberto Spinetta, que en su Cantata de puentes amarillos advirtió: “Aunque me fuercen, yo nunca voy a decir que todo tiempo por pasado fue mejor… ¡Mañana es mejor!”. Pero (perdón, Flaco)  resulta inevitable mirar el pasado con ojos que adornan lo que sucedió. Se trata, en cierta manera, de una forma de “poetizar” la nostalgia. En este caso, la sonora. Y, ya que vamos al caso, la composición spinettiana citada forma parte de un vinilo de los más buscados por los coleccionistas, Artaud, publicado bajo la denominación Pescado rabioso, aunque la banda ya había dejado de existir como tal. El formato irregular de la carpeta, que en su momento causó molestias entre los vendedores porque no sabían cómo ubicar el producto en las bateas, pasó a ser un signo para identificar una gema que muchos consideran la mejor placa de eso que se conoce como rock nacional.

Justamente, en el encuentro organizado por el Club del Vinilo, estuvo un gran seguidor del Flaco Spinetta, el fotógrafo Jorge Piccini, quien, más allá de sus libros (como Mensajes al poblador rural), últimamente despunta su gusto por la música a través de fanzines dedicados a músicos y discos.

Fanzines musicales.

En cuanto a los vinilos en sí, se podía hallar el material más diverso. Desde un doble japonés de Jimi Hendrix al clásico dylaniano Oh mercy, además de una nutrida oferta de música argentina, es especial de rock setentoso y ochentoso.

En esta ocasión, el punto de encuentro fue un establecimiento cultural y gastronómico de la calle España, donde bebidas y libros convergen. El espacio tiene varios pisos, por lo cual un nivel sirvió para la presencia de DJs que amenizaron las jornadas (sábado y domingo), y otro estuvo dedicado exclusivamente a la exposición de los cds, cassettes y vinilos.

Amantes de la música.

Y cabe una aclaración: por más que estos encuentros acostumbran a convocar a personas que llevan de cuatro a más décadas en esta tierra, lo cierto es que también se acercan muchos jóvenes que, quizá, ven en los discos el encanto de lo que no abunda o, también, una forma de resistencia. No contra el paso del tiempo, porque eso es inevitable, y quien se pone a batallar contra tal cosa tiene la pelea perdida de antemano, sino contra lo efímero. En tiempos de virtualidad y una durabilidad escasa, esos objetos de los que emerge música son una manera de decir que no todo tiene que desaparecer tan rápido.

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