Publicidad
 
01/05/2025

Un churrero en busca de un símbolo de paz

De limpiar vidrios de autos en el peligroso oeste bonaerense a vender churros en el Centro Cívico de Bariloche.
La sonrisa como estandarte (fotos: Eugenia Neme).
La sonrisa como estandarte (fotos: Eugenia Neme).

Diego Soñez suele estar en el Centro Cívico, en la escalinata que baja hacia la costanera.

Se coloca cerca del mástil donde flamea la bandera argentina.

Allí, se le escucha tratar de captar la atención de los caminantes, ya sean locales o turistas, aunque, claramente, más allá de que tiene varios clientes fijos entre los barilochenses, su fuerte reside en “tentar” a los visitantes.

Porque Diego vende churros.

Lee también: Un venezolano en el Centro Cívico: partió de su país por la situación reinante y ofrece su disco en Bariloche

En general, llega a la zona de la “postal” típica de la ciudad a eso de las 11 y estira la estadía hasta cerca de las 19.

Apenas arribó a la localidad, hace tres años, se transformó en churrero.

Vino proveniente de la región oeste del área metropolitana de Buenos Aires, el famoso conurbano.

Allá no la pasaba bien. Limpiaba los vidrios de los autos, y no reniega de eso. Incluso dice que obtenía buen dinero haciéndolo. El problema redicaba en el avance de la inseguridad.

En la calle, sentía el aliento del peligro en la nunca.

“Estaba abajo del puente, limpiando vidrios, y ahí hay de todo”, suspira, detallando que realizaba la labor en la avenida Gaona.

Sus padres le insistieron en que tomara distancia de aquel panorama cada vez más amenazador.

Así, tras un hermano que llegó a Bariloche en busca de trabajo, vino él.

En la actualidad, no duda en afirmar: “No quiero estar más en Buenos Aires; acá es otra clase de vida. Yo buscaba paz”.

El buen humor es clave para atraer la atención de posibles clientes.

Con una sonrisa pintada en la cara, ofrece su mercadería, y si al final de la jornada queda algo, los beneficiados son quienes van a bordo del colectivo que lleva para el Nahuel Hue, porque, cuando Diego regresa al barrio, reparte entre los pasajeros los churros sobrantes.

Si bien reconoce que esta etapa del año es de “baja”, en vez de vivir el tema con pesar, sueña con la llegada de la temporada invernal, momento en que partirá con sus churros para el cerro Catedral. “¡El invierno es mío!”, exclama, pensando en las ventas que hará cuando arribe la mayor cantidad de turistas.

Por lo pronto, sin dudarlo, marcando una diferencia con el riesgo que rondaba cada vez más cerca en el oeste bonaerense, asegura: “Yo me quedo acá, en Bariloche”.

¿Que opinión tenés sobre esta nota?