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13/04/2025

Tuvo cáncer y se aferró a la palabra escrita para seguir adelante

Stefanía Peraga es ingeniera y escritora; su libro Temporada de poda presenta poemas en los que bucea en su cuerpo para, desde allí, exorcizar la enfermedad y festejar la vida, pero teniendo consciencia de la finitud del paso por este mundo.
La autora y la obra (fotos: Eugenia Neme).
La autora y la obra (fotos: Eugenia Neme).

“El spoiler es que me salvo”, bromea Stefanía Peraga.

La joven –tiene treinta y dos años– se refiere a su poemario Temporada de poda, donde los versos presentan al cuerpo como entidad a descubrir a partir de una experiencia traumática.

Stefanía tuvo cáncer linfático y, como ella ironiza, su presencia en la redacción del diario El Cordillerano deja en claro que pudo atravesar la enfermedad para dar fe –poéticamente– de ello.

La poeta es oriunda de Buenos Aires (del barrio de Colegiales, para ser más precisos).

Llegó a Bariloche en 2020, poco antes de que se declarase la pandemia.

Y arribó con un duelo a cuestas.

Mientras preparaba la mudanza, tras treinta días en coma, falleció su padre, a raíz de un infarto.

Ese dolor en proceso la acompañó en su aterrizaje a la Patagonia.

Ella cuenta que miró hacia el sur porque su deseo, desde hacía tiempo, era residir en un sitio donde el contacto con la naturaleza fuera palpable. “Nunca me sentí muy cómoda en las grandes ciudades”, explica.

En cuanto a la razón por la que escogió Bariloche en particular, el tema se vincula a lo laboral. Es ingeniera civil, y por aquel tiempo había estado visitando seguido la ciudad debido a un proyecto vinculado a INVAP.

Precisamente, en la actualidad forma parte de la Fundación INVAP: “Me desempeño en proyectos que hacemos tanto en Bariloche como en el resto del país para impulsar que la tecnología genere impacto positivo; trabajo en el extremo más social de la ingeniera”, desarrolla.

El asunto es que llegó casi en coincidencia con el comienzo de la etapa claustrofóbica del covid, y luego, ya instalada, una noticia la descolocó.

Una molestia en la garganta que le dificultaba hablar, de pronto, recibió la denominación médica correspondiente: cáncer.

Fueron tiempos que recuerda como “de estudios médicos, salas de espera, internación…”. Y todo en una etapa donde tenía que concurrir a los lugares en soledad, ya que, recordemos, la pandemia cercaba el terreno.

“De repente tenía cáncer en un sistema que yo no sabía ni para qué servía, que es el linfático… Y todo sucedió en el marco de la pandemia y pocos meses después de que muriera mi padre. Comenzó una etapa alrededor de la pregunta ‘¿qué es el cuerpo?’. En determinados instantes en que necesitaba escribir, tomaba notas en el celular. Porque, para mí, escribir siempre fue una forma de transitar ciertos momentos”, cuenta.

Muchas de aquellas anotaciones se transformaron en poemas.

La literatura, en su vida, ha sido una constante.

Remarca que, en su infancia y adolescencia, la biblioteca de su madre era un faro.

Allí, por ejemplo, descubrió 1984, de George Orwell; Un mundo feliz, de Aldous Huxley; Fahrenheit 451, de Ray Bradbury…  “Los leí alrededor de los quince años. También a Hermann Hesse… Eran lecturas de crítica de la sociedad… Después llegué a la poesía por Jorge Luis Borges y más adelante fui conociendo a poetas modernos”, apunta.

En la adolescencia escribía “como forma de procesar cosas”, en lo que podría definirse como cuadernos que conformaban un gran diario personal. “No lo hacía con fines poéticos o narrativos”, aclara.

Alrededor de los veinticinco años, comenzó a concurrir a talleres de escritura.

Más allá de eso, siempre había estado ligada la creación artística. Aún hoy le gusta dibujar, pintar en acuarela, tomar fotografías… Pero, en determinado momento, se percató que lo de la escritura, en ella, ofrecía otro peso.

Así como no tenía inconveniente en mostrar lo que hacía por medio de otras expresiones artísticas, dejar que otros pispearan lo que escribía la incomodaba. Era algo así como exhibirse en demasía. Empezó a apreciar que de eso se trataba el poder de la palabra. “Implica una desnudez que no hay en otras artes”, señala.

Poco a poco, fue quitando el velo que acorazaba su pluma ante los demás.

Y durante el transitar de su enfermedad sintió que, entre las cosas que deseaba hacer, con el palpitar amenazante de la muerte, era escribir un libro de poemas.

“En la poesía encuentro la imagen y la metáfora; descubrí el poder que tiene de generar, en forma condensada, emociones muy fuertes. Se trata de poner en palabras a los sentimientos, las experiencias, las sensaciones…”, describe quien entre sus poetas predilectas tiene a la estadounidense Mary Oliver, aquella que escribió los versos: “Tell me, what is it you plan to do/with your one wild and precious life?” (“Dime, ¿qué piensas hacer/ con tu única, salvaje y preciosa vida?”).

“Conecté mucho con ella cuando vine a vivir a la Patagonia, por su capacidad de usar a la naturaleza para transmitir sus vivencias, que fueron muy complejas”, dice Stefanía, que agrega: “De algún modo, fue una referencia para escribir este libro, tratando un tema duro de una manera poética”.

Para pulir la obra, ayudándola a descifrar la temática que blandían los versos, descubriendo que existían poemas que había escrito con anterioridad que se sumergían en las mismas fuentes (aún perteneciendo justamente a una etapa previa a la enfermedad), trabajó con la poeta residente en Bariloche Lola Halfon.

“Ahí empecé a comprender de qué estaba hablando”, revela Stefanía, refiriéndose a esa especie de inmersión en el cuerpo, donde también aparecen ecos de duelo.

“Fue la situación más cercana a la muerte que viví, no sólo por el cáncer en sí, sino porque también tuve covid, con una neumonía bilateral, y ya había empezado el tratamiento de quimioterapita, así que estaba sin sistema de defensa”, relata, y afirma: “Ese fue el momento más crítico”.

La joven confía: “Antes me había preguntado sobre la posibilidad de la muerte en un modo filosófico, pero ahí me cuestioné sobre algo concreto; era la conciencia de la finitud. Tenía veintiocho años y, en ese momento de la existencia, la perspectiva es de una vida eterna. Lo que me pasó hizo que me diera cuenta de que no es así. Desde ese momento, soy mucho más consciente acerca de en qué uso mi tiempo y a qué le dedico o no energía”.

“En nuestra sociedad hay mucho tabú a la hora de hablar de la muerte, lo que no pasa en otras culturas”, advierte la poeta, que ha viajado por diferentes sitios donde la relación con el tema es muy distinta.

Precisamente, sobre el término "muerte", revela que “cuando iba a quimioterapia hacía el chiste de que eso era como asistir a una muerte parcial”, y explica: “Te matan una parte para que otra viva”.

“Desde que me pasó todo eso, normalicé hablar de la muerte, y la tengo como algo que va a suceder”, dice.

En la actualidad, atraviesa una etapa donde debe hacerse análisis una vez al año. 

Sobre el modo en que confluyen en ella la ingeniera y la poeta, manifiesta: “La ciencia y la ingeniería me interesaron como una forma de entender el mundo, pero cuando ya llegás a comprenderlo, a veces, el mundo en que vivimos se presenta tan doloroso que el arte es una manera de sublimarlo”. Y considera: “Hay un diálogo entre la ciencia y el arte; hay ciencia en el arte y arte en la ciencia”.

Stefanía se declara atea. Sin embargo, dice que es una mujer de fe. “Tener fe es aferrarse a algo, y yo me agarré mucho de la palabra”. A la vez, expresa: “Por más que no creo en un dios, tengo una fe grande en algo que no podría definir, quizá en la esperanza… Tuve fe en que todo iba a estar bien”.

Temporada de poda puede conseguirse en las librerías La Barca y Cultura en el sector céntrico, y en La sede, en el kilómetro 13.920 de Bustillo; también está disponible en Inefable Café.

El poema que da título al libro reza:

compré unos rosales

me explicaron

cómo podarlos

cada corte

marca la dirección

hacia donde crecer

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