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LA FERIA QUE ATRAPÓ A TODOS LLEGA A SU FIN… POR AHORA

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19/09/2024

Corazón de cerámica: historias de Wizün

Corazón de cerámica: historias de Wizün
Corazón de cerámica: historias de Wizün

Hoy, jueves, es el último día para disfrutar de la tercera edición de la feria de cerámica Wizün.

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La exposición permanecerá abierta entre las 10 y las 19 en el Salón Cultural de Usos Múltiples (SCUM), ubicado en Moreno y Villegas.

Pero, más allá de que se enfrentan al cierre de esta etapa, quienes integran el colectivo de ceramistas ya sueñan con una próxima muestra, porque lo que sucedió en esta ocasión, claramente, superó las expectativas.

Por un lado, el lugar fue visitado por muchos turistas, pero, sobre todo, las y los artistas rescatan el hecho de que se acercó una gran cantidad de barilochenses.

Algunos se arrimaron para conocer el sitio, ver los productos, realizar alguna compra, pero también para averiguar en pos de participar en talleres, porque varios de los expositores brindan cursos de manera particular de las distintas técnicas que abordan.

De esa forma, se comprueba la vitalidad de la que goza la actividad en la ciudad, tanto por la cantidad de ceramistas que existen (a modo de ejemplo, en el SCUM, más de treinta han sido de la partida), sino por los interesados en integrarse a ese mundo.

El grupo de productores, con el apoyo municipal, ha ganado un espacio en el que todos se encuentran a gusto.

Cabe recordar que hubo dos encuentros anteriores, uno también en el SCUM, en febrero, y otro en la sala Frey, durante julio, pero en esta ocasión, desde la apertura el 6 de septiembre, todo ha tenido un brillo especial.

Hasta el modo en que se presentan los productos llama la atención, y eso también tiene que ver con los ceramistas, quienes se involucraron en el tema y fabricaron en madera muebles expositores que le otorgan homogeneidad a la muestra.

Asimismo, a partir de un fondo común del grupo, invirtieron en luces y algunos elementos decorativos.

En definitiva, más allá de la belleza de las piezas exhibidas, ya sean utilitarias o hechas para que sirvan de adorno, se aprecia un ámbito que ha sido especialmente cuidado para resultar cómodo a quien lo visita.

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Y, claro, detrás de todo, están los artistas…

 

LABORATORIO CERAMISTA

Paula Seroni tiene veintiocho años y nació en Bariloche.

Desde pequeña comenzó a ir a talleres barriales de cerámica.

Le gustaba dibujar y pintar, por lo que su mamá buscaba actividades para que concurriera.

Una de ellas, precisamente, estaba dedica a la cerámica.

Nunca abandonó el camino descubierto.

A los diecinueve, siempre siguiendo ese sendero, gracias a la recomendación de su profesora Laura Gelassen, partió al sur del Gran Buenos Aires, para estudiar en el Instituto Municipal de Cerámica de Avellaneda “Emilio Villafañe”, donde realizó la tecnicatura y el profesorado.

Tras culminar su paso por aquella institución educativa, retornó a Bariloche.

En la actualidad, impulsa su proyecto Cerámica Ekis y tiene un taller en el barrio Rancho Grande, a la altura del kilómetro 6 de la avenida de los Pioneros, donde enseña el arte de la cerámica.

Más allá de esas clases generales sobre la actividad, brinda seminarios más específicos, en los que incluso aborda procesos de investigación, referidos a las combinaciones de materias primas y demás, que ella denomina “laboratorio ceramista”.

Porque Paula fabrica sus propios materiales. “Me encargo de todo, desde el principio de cada obra; incluso elaboro las pastas y esmaltes que uso. Ahora, por ejemplo, estoy analizando arcillas locales, de la estepa, tanto para la construcción como para los esmaltes”, señala.

“Para las pastas, se mezclan diferentes materias primas, principalmente arcilla, con componentes que permiten que el material resista altas temperaturas”, apunta.

En cuanto a los esmaltes, indica: “Los elaboro a partir de diversas exploraciones. Algunos de los elementos los recolecto yo misma”.

De tal manera, explica que el baño de esmaltado “aporta color, textura, terminaciones brillantes o satinadas”.

Para ejemplificar lo dicho, toma una taza “con pintitas” y devela: “Para esto, en el esmalte, usé arcilla recolectada en El Hoyo”.

Luego toma una vasija y detalla que contiene “cenizas del volcán Puyehue”.

Para dejar en claro cómo es el desarrollo total del trabajo, relata: “A partir de las materias primas se prepara la pasta. Se mezclan los materiales, se hidrata y amasa. Hay que ‘levantar’ las piezas en el torno, después dejarlas secar un poco. Luego se emprolijan, para hacer una primera cocción, a mil cuarenta grados, dando como resultado lo que denominamos bizcocho. Una vez que están horneadas, es el turno de una capa de esmalte, para después volver a hornear”.

“En esa segunda horneada, yo llevo las piezas a mil doscientos cuarenta grados, lo que denominamos alta temperatura o gres, y es en ese momento cuando se produce una especie de vitrificación del material, cuando los esmaltes se funden sobre la pieza”.

 

EL VALOR DE HALLAR EL OFICIO CORRECTO

Facundo Arduser cuenta que se “tropezó” con la cerámica en 2018.

Si bien nació en Bariloche, se acercó a la actividad en La Plata, de manera fortuita.

Había ido a la ciudad de las diagonales para estudiar diseño industrial.

Cursó tres años de la carrera.

Le gustaba, pero sentía que le faltaba algo.

Siempre le agradaron las manualidades. Por ejemplo, sabe coser, tejer e incluso aprendió carpintería.

Al estudiar diseño industrial, le faltaba “el hacer”.

“Todo se vinculaba con el uso de la computadora y lo que involucraba diseñar, pero yo estaba en el momento de la concreción”, explica.

Cerca de donde residía, había un taller de cerámica.

Cada vez que pasaba por el sitio, se quedaba observando por la ventana, prendado de lo que veía.

Finalmente, un día se decidió y se anotó en aquel sitio platense llamado Espacio circular.

Allí, su profesora, Vanesa Varela, le habló del Instituto Municipal de Cerámica de Avellaneda “Emilio Villafañe”, el mismo al que acudió Paula Seroni.

Así que Facundo se anotó en la tecnicatura de aquella entidad y le dijo adiós a la carrera por la cual había salido de Bariloche. Igualmente, mucho de lo que aprendió en diseño industrial lo aplica ahora en sus creaciones en cerámica. “Me gusta mucho pensar en la estética y en la funcionalidad, para que haya un uso cómodo de cada pieza”, dice. Para demostrarlo, señala un mate que fabricó y cuenta: “Esto, por ejemplo, tiene doble espesor, con dos paredes, para que se forme una especie de cámara de aire, lo que evita que te quemes al agarrarlo”.

Pandemia mediante, no pudo terminar la tecnicatura. En cuanto pudo, volvió a Bariloche, porque allá se le hacía difícil pagar el alquiler.

Durante un tiempo siguió con el cursado de manera virtual, pero, cuando se retomó la presencialidad, decidió quedarse en tierra patagónica y optó por ponerse a trabajar teniendo en base lo aprendido.

En la actualidad, brinda un taller en el kilómetro 1 de Pioneros, con treinta y cinco alumnos.

“Vivo de la cerámica”, afirma, y añade: “Es un oficio increíble que me aporta lo que necesito; puedo explayar mi lado creativo, donde consigo experimentar. Además, es un gran trabajo”.

En cuanto a aquello en lo que se especializa, expresa: “Si bien de vez en cuando realizo algunas cositas decorativas, y he hecho algunas esculturas pequeñas, por ahora me gusta más dedicarme a lo que es vajilla y otros objetos utilitarios”.

“Trabajo en gres, es decir, alta temperatura, lo que hace que las piezas sean más resistentes, porque los poros se cierran y ganan impermeabilidad, y eso provoca que duren más tiempo”, manifiesta, y detalla: “También armo mis pastas y esmaltes”.

Su emprendimiento se denomina Kila Cerámica.

 

LITERATURA IMPRESA A FUEGO

Natalia Gorozo ingresó al mundo de la cerámica hace veinte años, en el marco de una búsqueda personal relacionada con lo artístico.

Siempre le gustó escribir y dibujar, y ese perfil la hizo deambular por diversos talleres. “Una vez fui a uno de cerámica en Puerto Moreno y cuando salí me dije: ‘Esto era lo que buscaba’”.

“Lo que más me agrada, y en lo que me he especializado, es todo lo que tiene que ver con los engobes y el dibujo”, dice, refiriéndose a las técnicas que le permiten realizar diseños definidos, que incluyen el trazado de rostros y aves (los pájaros abundan en sus creaciones).

A modo de ejemplo, señala una taza donde se ve a una mujer y otra donde aparece un diucón.

Así, aquel impulso primigenio por el dibujo ha encontrado, mediante la cerámica, un modo original de expresión.

La escritura, su otra pasión inicial, también permanece, porque, en las piezas que realiza, suele incluir frases en las que sintetiza pensamientos.

Por otra parte, continúa escribiendo cuentos y está desarrollando un proyecto donde la literatura se combina de manera explícita con la cerámica.

En ese sentido, comenta que se encuentra en plena creación de vasijas donde delinea parte de la narración, pero, además, coloca en el interior el relato completo.

De alguna forma, la historia del cuento la lleva al formato que tendrá la vasija. “Es algo que me da total libertad”, expresa.

En cuanto a cómo trabaja las piezas en general, Natalia dice que los productos los hace a mil sesenta grados, lo que denomina “temperatura media”. 

Asimismo, explica que trabaja con torno alfarero, moldes y la técnica de plancha, que, según señala, le permite estirar la arcilla y darle la forma que desea.

Es su primera vez en Wizün. “Me encantó estar”, aprecia, a la vez que indica: “Antes, hace muchos años, había un grupo de ceramistas que se llamaba Barro y fuego, que luego fue disolviéndose… Esto es como un nuevo impulso”. 

Las creaciones de Natalia se enmarcan en su emprendimiento Tierra en Flor Cerámica.

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