Publicidad
 

AQUÍ NO HAY PERIODISMO… ¿O SÍ?

|
13/11/2023

Anotaciones en una libreta verde: diario de un viaje breve a Buenos Aires

Anotaciones en una libreta verde: diario de un viaje breve a Buenos Aires
Anotaciones en una libreta verde: diario de un viaje breve a Buenos Aires

DOMINGO

Salgo de casa temprano.

El remisero, al saber que soy periodista, me cuenta que forma parte de una junta vecinal del Este y enumera los diversos inconvenientes de su barrio, a la vez que devela una serie de reuniones infructuosas con autoridades municipales.

Al pasar por el predio de la Rural barilochense, observo que se ven autos de quienes integran la Feria de las Colectividades. Seguramente se organizan rumbo a la apertura de puertas al público, que será en un par de horas.

En el aeropuerto todo va rápido. La cola para embarcar no tiene demoras. Entre el sonido de voces extranjeras (una especie de Torre de Babel al ras del piso), despacho el bolso.

Pasar a la zona de embarque significa sacarse el fiel cinturón con la hebilla de dragón que me acompaña desde hace años.

Por las dudas, también el anillo de calavera “keithrichardsniano”.

Todo para evitar el momento incómodo de sonar en el detector de metales.

Suele pasar que, cuando se toman los resguardos que uno cree necesarios, algo se sale del libreto y las precauciones no sirven de nada.

Es decir, por ahí un objeto impensado igualmente provoca la acción de la chicharra.

Por suerte, la ley de Murphy, en esta ocasión, falla.

Hace mucho tiempo que no pisaba un aeropuerto. Y las últimas veces no fueron para viajar, sino que había venido a recibir o despedir a alguien, a realizar una nota sobre alguna inauguración de obras y también para llevar a cabo una entrevista con las entonces ministras de Seguridad y de Justicia, Sabina Frederic y Marcela Losardo, y con quien era secretario de Estado, Gabriel Fuks.

Aquel reportaje fue en plena pandemia, con el aeropuerto casi desierto.

Ahora me siento en el mismo sillón en el que lo hice aquella vez, pero, en esta ocasión, la sala de embarque está repleta.

Se ven personas acostumbradas a viajar con frecuencia o, al menos, con chiches de vuelo a mano, como si se la pasaran de un vuelo en otro: e-books, almohadillas para cuello, aplicaciones diversas en los celulares para matizar las esperas “en tránsito” mirando películas y series…

Yo, en tanto, voy acompañado por un libro -en papel- de Leonard Cohen.

Llaman a embarcar.

El avión parte en horario.

Más allá de unos minutos de turbulencia, los ronquidos de un pasajero detrás y algún estornudo de quien viaja a mi lado, el vuelo transcurre tranquilo.

En Aeroparque aguardan con un cartelito donde figura mi nombre.

Traslado al hotel.

Recuerdo haber estado en el establecimiento unos treinta años atrás.

En la actualidad se halla totalmente restaurado.

Tras dejar mis cosas, salgo a caminar.

Llego a Puerto Madero.

Hago un trayecto largo pero acelerando el paso.

Siempre me causó impresión esta parte de la ciudad de la furia, una burbuja donde, en un zoológico humano, unos animales privilegiados –y otros que durante un ratito juegan a serlo– se exhiben ante el resto de las bestias condenadas a nunca abandonar las jaulas.

Cambio de rumbo.

Casa Rosada, Plaza de Mayo… Giro en la calle Defensa.

No puedo llegar a la plazoleta Dorrego, emblema de San Telmo. La feria dominical atrae a un “mar” de gente, así que apenas “nado” unas cuadras y pego la vuelta.

Rumbo al centro me topo con una manifestación en apoyo del candidato a presidente Javier Milei.

La atravieso y deambulo por distintas partes.

Anochece.

Rumbeo hacia Palermo.

Turistas por aquí y por allá, pero también, en ciertos sectores, una postal luctuosa que choca con el espejismo que por la tarde vi en Puerto Madero.

Acá no hay personas que compitan por la marca y el perfume, sino por la mejor pieza entre la basura.

La cama me envuelve en divagaciones.

El sueño, en casos así, ante oscuras remembranzas cercanas, nunca es del todo placentero.

 

LUNES

Por la mañana, ducha, desayuno y taxi hacia la Isla Demarchi, donde se desarrolla el acto que motivó el viaje.

Luego, de vuelta al hotel. Toca escribir un par de artículos.

Segunda ducha del día y caminata hacia un hotel que posee una estrella más en su firmamento, donde hay programada una recepción relacionada con el acontecimiento que se desarrolló por la mañana.

Atardece y el asfalto suda por el calor que acumuló durante la jornada, con un termómetro que se mantuvo alrededor de los veinticinco grados.

En la recepción se agradecen los tentempiés y, sobre todo, las bebidas.

Aprovecho el momento y realizo una entrevista periodísticamente interesante.

Al salir a la calle, ya es de noche.

Hago unas cuadras hacia Corrientes.

La avenida que nunca dormía, que vivía para enmarcar lujosamente la gloria teatral porteña, ahora luce cabizbaja y con modorra.

Después de las 21, gran parte de los locales –incluyendo cafeterías– ha cerrado sus cortinas.

Salvo los restaurantes y ciertas librerías de viejo que mantienen la costumbre de la nocturnidad, se observa un panorama opaco.

En cuanto a los teatros, están los que tienen función a pesar de ser lunes y los que aguardan el fin de semana para levantar el telón.

Pero en el frente de las salas teatrales no se ven solo afiches que anuncian espectáculos, sino que la foto total incluye a esas personas que encuentran en los umbrales sus colchones de cemento para pasar la noche.

Son los excluidos, aquellos a los que el sistema no les da cabida, quienes viven rodeados de obras de teatro que jamás disfrutarán, así como de parrillas y pizzerías donde nunca comerán, aunque sí roerán algo de las sobras en la vereda, cuando desde los establecimientos gastronómicos saquen las bolsas de residuos.

Una vez más, los contrastes nublan el alma.

En una esquina, dos prostitutas tristes sueñan despiertas con torcerle el brazo al destino.

Tomo un café y escribo una nota más, de madrugada.

Es la última noche de este viaje a Buenos Aires.

 

MARTES

Cuesta levantarse.

Me ducho y desayuno algo rápido.

Tengo unos minutos libres.

Pocos.

Aprovecho para dar una vuelta.

Deambulo por Florida.

El reloj marca las 9. Los comercios aún están cerrados, pero descubro una librería que ha levantado las persianas.

Consulto con uno de los vendedores por alguna obra de Sam Shepard, autor del que me cuesta encontrar algo en Bariloche.

El hombre -que aparenta haber cruzado la barrera de los cincuenta hace rato– me mira con una mezcla de sorpresa y alegría.

Se nota que el escritor es de su agrado, pero, además, acaba de leer que recientemente había sido una efeméride vinculada con Shepard (luego descubriré que el domingo que pasó hubiese cumplido ochenta años; murió a los setenta y tres).

Compro el único libro que hay del autor en el local, vuelvo al hotel, agarro el bolso y parto hacia Aeroparque.

En el vuelo de regreso se sientan a mi lado dos señoras mayores, brasileras, que no paran de hablar.

Adiós a mi pretensión de dormir durante el viaje.

En un momento conversan acerca de las píldoras que toman. Una saca un pastillero con varios cubículos y se ven opciones de todos los colores y tamaños.

Aterrizamos y las drogonas legales continúan parloteando.

En mi casa mi hijo me abraza fuerte.

Más tarde, cuando mi mujer regrese del trabajo, le contará que estrené, con estas anotaciones que ahora paso en limpio, la libreta que me obsequió antes de partir, con la portada verde del spinettiano disco Artaud.

Todas las hojas son del viento...

¿Que opinión tenés sobre esta nota?