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TRADICIÓN FAMILIAR

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25/12/2022

Marcelo Ávila, el oficio de reparar trazado en el alma

Marcelo Ávila, el oficio de reparar trazado en el alma
Marcelo Ávila, el oficio de reparar trazado en el alma

Marcelo Ávila “respira” su oficio.

Hace muchas cosas, pero todo podía englobarse en que se dedica a arreglar cosas. ¿Qué objetos? Enumerarlos llevaría muchas, pero muchas, muchas, muchas palabras.

Ingresar en su taller, de Gallardo 1281, es entrar a un mundo con latido propio.

Se ven equipos de música y balanzas, pero también máquinas de escribir y tocadiscos.

Eso, por nombrar solo algo.

“Diría que somos los últimos técnicos… En realidad, hay muchos, pero lo nuestro es diferente, porque nos criamos en el taller”, señala Marcelo, y el plural es porque incluye a su hermano Sergio, que falleció hace algo más de un año.

“Los que empezaron con el servicio eran mis padres. Mi viejo reparaba máquinas de escribir y de sumar; mi vieja, máquinas de coser”, cuenta el hombre.

Sus papás, Dolores y Osvaldo, llegaron de Chile en 1960.

Dolores fue autodidacta.

Osvaldo, en tanto, había quedado huérfano a los ocho años. Buscando un camino en la vida, se hizo aprendiz de un judío alemán corrido por la guerra. Aquel señor le enseñó, además del oficio, su idioma natal.

Por eso, mucho después, Osvaldo hablaría en aquella lengua con sus vecinos del barrio Belgrano, en Bariloche, que habían arribado de lejanas tierras germanas.

El taller lo tenían en su casa.

Luego, en la década del ochenta, se mudaron al sitio actual.

“Todos fuimos estudiando (eran seis hermanos; quedan cuatro, y él es el menor). Yo me volqué a la parte de computación, estudié en el Industrial, seguí electrónica, y todo se fue ampliando”, señala Marcelo.

Sobre el papel que escogió transitar, dice: “Mantengo la tradición”. Así, revela: “Me quedan clientes que eran de mi papá, los atendía él y ahora continúo yo”.

Además, apunta: “Somos seis personas acá, y hacemos mucho más de lo que se ve a simple vista. En el local está lo pintoresco del taller, pero llevamos a cabo el mantenimiento de máquinas de gastronomía y de lavaderos industriales, revisamos cámaras y alarmas, realizamos trabajos en informática…”.

A modo de ejemplo, menciona una labor en la confitería giratoria del cerro Otto, a la vez que recuerda una tarea que hicieron hace tiempo en la fábrica de la Abuela Goye, donde desarmaron una máquina enorme de tapas de alfajor. “La mirábamos y era un tren”, rememora.

De esa manera, por más que pareciera que, modernidad mediante, son tiempos de usar y tirar más que de reparar, él dice: “Por suerte, estamos tapados de trabajo”.

Por un lado, por aquellas labores grandes de mantenimiento que mencionó, pero, también, porque se puso de moda lo “vintage”, así que suele acudir al local mucha gente con elementos de otras épocas. Puede ser tanto un Wincofon como una máquina de escribir.

Sobre esas cosas antiguas, Marcelo dice: “Desde lo económico, no me reditúa arreglarlas, porque me lleva mucho tiempo, pero sí desde el alma, ya que me hace acordar a mi viejo, a cuando empecé... Cuando te llega algo así, le ponés un amor distinto”.

A modo de cierre, como para que no queden dudas, quien está al frente de Casa Ávila sostiene: “Me levanto todos los días a las cinco de la mañana, y nunca me lamento por tener que venir a trabajar. Amo esto, el trabajo, el oficio… Es mi mundo. Acá soy feliz”.

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