SANTIAGO KOVADLOFF: TRADUCIR Y VIVIR A PESSOA

| 19/09/2022

La entrevista del desasosiego

La entrevista del desasosiego
Fotos: Facundo Pardo.
Fotos: Facundo Pardo.

Si escribo lo que siento es porque así atempero la fiebre de sentir.

Frase perteneciente al fragmento 12 del Libro del desasosiego (compuesto por Bernardo Soares, auxiliar de tenedor de libros en la ciudad de Lisboa), de Fernando Pessoa, en la traducción de Santiago Kovadloff.

 

Fernando Pessoa fue Pessoa, pero, también, Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis y muchos, muchísimos otros.

Hay, quien dice, por el contrario, que Pessoa no existió, que, en realidad, se trató de una invención de alguno de sus heterónimos.

Pero, como estas líneas pecarán de un divagar particular, pero tampoco quieren extralimitarse, digamos que, en realidad, Pessoa fue él y cada uno de sus heterónimos. Y lo sigue siendo.

En este punto cabe una aclaración: un heterónimo no es un seudónimo, o, al menos, no es solo eso.

Recurramos a la Real Academia Española, no para entrar en formalismos, sino para tratar de explicar algo que no es tan fácil de expresar. Para la RAE, entonces, un heterónimo, en su segunda acepción, refiere a la “identidad literaria ficticia, creada por un autor, que le atribuye una biografía y un estilo particular”.

Pessoa fue un escritor único, pero, al mismo tiempo, muchos hombres que también escribían.

Cada admirador del portugués tendrá su obra favorita, como pasa con cualquier persona que sigue a determinado autor, pero permítanme la soberbia de la autorreferencia: en lo personal, una creación que me marcó –como lector y como escritor–, y me marca cada vez que buceo en sus páginas, es el Libro del desasosiego.

Uno no puede ingresar en él y salir de su interior sin variantes.

Pocas veces las palabras calan como lo hacen las esparcidas en esos folios.

El “creador” del Libro del desasosiego es Bernardo Soares. ¿Un heterónimo? Sí… y no. “Es un semiheterónimo porque, aun cuando su personalidad no es la mía, no difiere empero de ella; es, respecto de ésta, una simple mutilación. Soares soy yo menos el razonamiento y la afectividad”, escribió Pessoa, en una carta del 13 de enero de 1935 al escritor portugués Adolfo Casais Monteiro (cabe mencionar que Pessoa falleció el 30 de noviembre de aquel año).

El argentino Santiago Kovadloff es el traductor al castellano de una versión inmejorable del Libro del desasosiego.

Ahora bien, ¿cómo presentar a Kovadloff? ¿Filósofo? Sí, lo es. También, poeta, ensayista y autor de relatos para niños. Pero es más que eso.

Quizá podríamos definirlo como un “intelectual”, término que, utilizado en el mejor de los sentidos, quizá podría equivaler a decir que piensa la vida en su rincón propio, desde el que convierte en palabras un mundo que lo agobia, pero al que ama. Desde allí, respira explorando un mapa de incertidumbres infinitas, y, aunque parezca mentira, brinda un poco de claridad a un caos, que, ante esa luminosidad, no pierde su condición de tal, pero, al menos, se presenta como descifrable aunque sea en un porcentaje mínimo.

De alguna manera, este hombre piensa para que nosotros pensemos mejor. Ni más, ni menos.

Desde los catorce a los veinte años, Kovadloff vivió en Brasil. “Papá fue trasladado con la empresa donde trabajaba a San Pablo”, contará en un rato, para luego indicar que, más adelante, iría a Portugal en busca de la huella de su preciado Pessoa.

Pero, ahora, nos encontramos hablando de otra cosa.

Justamente, su calidad de intelectual comprometido lleva a preguntarle por la actualidad del país.

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En eso estamos, pero, de repente, surge la necesidad de hacer un corte. Porque la política mueve –o frena– al mundo, pero el acompañamiento de la cultura es la que le pone una curita a esa saudade de algo que, en realidad, no sabemos si alguna vez existió.

Así, tras haber hablado un rato largo de política, dejo caer una pregunta que implica un cambio radical en la conversación. 

Le consulto, entonces, por lo que el hombre detrás de Bernardo Soares significa para él.

–Pessoa es un maestro –afirma–, me enseñó a reconocer dos cosas. La gran literatura muestra que ya fuimos dichos, y que, en cierto sentido, somos una redundancia. Después de leer a Pessoa, a Shakespeare, uno dice: “Bien, ya ocurrí”. Pero, por otro lado, mediante la admiración, uno puede convertirse en un discípulo aplicado, y cuando se es un escritor, como en mi caso, un poeta, un ensayista, uno aprende a escuchar la maestría inspiradora de la palabra de estos poetas.

–Sirve de impulso…

–Sí, es estimulante, pero, además, hay algo que tiene que ver con las posibilidad de admirar, de decir qué hermoso es poder descubrir la genialidad de un gran escritor, qué fecundado se siente uno por ella, qué ampliada la propia percepción de las cosas… 

(Derrama, entonces, unos versos que Pessoa le hizo escribir a Álvaro de Campos: "¿Qué sé yo lo que seré, yo, que no sé lo que soy? / ¿Ser lo que pienso? / Pero hay tantos que piensan ser lo mismo que no podemos ser tantos”).

–¿Tiene algún heterónimo de Pessoa favorito?

–Me parece que fui cambiando de predilecciones, sin desmerecer a ninguno. En alguna época tenía pasión por Álvaro de Campos, intenso y desenfrenado, el más romántico de ellos; ahora estoy mucho más cerca de Alberto Caeiro, el maestro, cuando dice, por ejemplo: “Yo ni siquiera soy poeta: veo”.

–¿Le sucedió alguna vez eso de recurrir a heterónimos?

–No… Pero ahora me hacés pensar que sí… Yo soy actor, también. Tengo un trío de música, donde leo e interpreto, y creo que ese personaje que de pronto puede subir a un escenario e infundirle oralmente, a las palabras, una intensidad actoral, es ese otro que, de pronto, actúa ante el público, acompañado de músicos, tan distinto del que está en su escritorio, escribiendo con emoción, pero solo.

–Después de haberlo leído y estudiado tanto, ¿entiende por qué Pessoa tuvo la necesidad de recurrir a heterónimos?

–Sí, creo que Pessoa siempre, como poeta de nuestro tiempo, comprendió que la identidad era una desmesura del narcisismo, y que decir “yo” es peligroso. Por lo menos, decirlo como monopolio de la identidad. Él siempre fue alguien que vacilaba en identificarse con algo inequívoco de sí mismo. Fue un hombre muy sufrido, también. Y nunca tuvo un sentimiento muy distinto del que, en ese sentido, mostraba también Borges, que en uno de sus grandes poemas dice: “Creo en el alba oír un atareado / rumor de multitudes que se alejan; / son lo que me ha querido y olvidado; / espacio y tiempo y Borges ya me dejan”. Por otro lado, la poesía de Fernando Pessoa refleja la desintegración del yo romántico, que es un yo muy convergente en la idea de una identidad única definida por la intensidad de la pasión. Entonces, él multiplica sus tonalidades, en un sentido muy moderno, para dar idea, creo, de que la pasión sola ya dice poco de un hombre que ha aprendido a desconocerse. Por ejemplo, en el caso de la poesía de Ricardo Reis, el médico que era monárquico y que tiene esos versos tan lindos que dicen: “Ya no merecen besos mi boca. / Si aún me amas, por amor no ames. / Me traicionarás conmigo”.

–¿Qué sintió cuando hizo la traducción del Libro del desasosiego?

–Te voy a contar, yo… Me emociona pensarlo… La noche anterior a emprender la traducción, soñé con él. Pessoa era un hombre más bien bajo, pero en mi sueño yo lo veía alto, lo miraba desde abajo. Él estaba inclinado hacia mí y, en portugués, me decía: “¿Estás preparado?”. Yo tenía cincuenta y dos años. Empecé a traducirlo a mano, y así lo hice con todo el libro, porque tenía la ilusión de que realizándolo así podía cuidar un poco más su musicalidad, el idioma, su voz… Fue una emoción extraordinaria. Trabajé un año y medio, regularmente. Cuando terminé, tuve una depresión muy grande, me quedé vacío… Escribí mil quinientas páginas. Había sido él…

–¿Cómo volvió a ser usted?

–Después, al poco tiempo, digamos dos, tres o cuatro meses, empecé a poder identificarme con el traductor –sonríe–, y no con Bernardo Soares.

–En diciembre cumplirá ochenta años, ¿cómo se lleva con el paso del tiempo?

–Creo que bien. Un indicio de eso es que sigo escribiendo. La poesía sostiene mi vida; también el ensayo, los cuentos para niños… Aunque algo ha cambiado… Diría que hasta los setenta años yo tenía derecho a pedirle al tiempo una oportunidad… Más años. Ahora solicito días. Días que pueda habitar con emoción, con salud… Pero son días, yo sé que son días…

Nos levantamos para despedirnos, pero la charla aún se estira.

El Libro del desasosiego es un tema cautivante.

Le cuento que es una de las obras más significativas que mi biblioteca guarece. 

–A veces uno no tiene dudas sobre lo que hace… Yo sé que realicé una gran traducción, porque la pagué con mi vida –suspira.

Le confieso, entonces, que, más allá de la atracción que el texto ejerce sobre mí, nunca puedo llegar a la última página.

Raramente dejo un libro sin terminar y este, sin embargo, que despliega un encanto extraño, casi un acto de hechicería, cada vez que lo abordo para sumergirme en él, llega un momento en que me aparto.

–Es un libro imposible terminar –asiente–. Él dijo: “Yo no escribí un libro, hice un desastre en fragmentos”.

Reímos.

Y sellamos el encuentro con un abrazo.

Cuando voy hacia la puerta de salida, giro un instante.

Lo observo de lejos.

Por más que la fisonomía es la de Santiago Kovadloff, no sé por qué, veo a Bernardo Soares… y a la sombra de Fernando Pessoa.

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