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BARILOCHE REVOLUCIONADO POR EL ÁLBUM DE QATAR

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08/09/2022

La odisea de conseguir figuritas del Mundial

La odisea de conseguir figuritas del Mundial
La odisea de conseguir figuritas del Mundial

ESCENA 1

Un vendedor de churros, a la salida de la escuela 266, en 12 de Octubre y Sarmiento, dice: “Me tendría que dedicar a las figuritas, es más redituable”.

Un padre lo escucha, y entiende que la referencia es a todo ese revoltijo de niños que, al mediodía, solo habla de las dichosas estampas del Mundial de Qatar.

“Por suerte, a mi hijo no le gusta el fútbol”, piensa.

Ahí es cuando el nene en cuestión sale y le pasa la mochila (el milagro de que el chico acarree los útiles una vez fuera del colegio está lejos de producirse).

Y, de repente, el pequeño –de diez años– le suelta: “Papá, ¿podríamos juntar las figus del Mundial?”.

El hombre razona que la fiebre mundialista ha llegado a su “desfutbolado” retoño.

“Bueno, compramos un paquetito de figuritas y listo”, se dice a sí mismo, imaginando el asunto como algo pasajero.

Suben por Sarmiento y llegan a Diagonal Capraro.

Doblan, hacen media cuadra y se topan con un kiosco. Van a entrar, pero un letrero en la puerta advierte: “No vendemos álbum ni figuritas”.

En realidad, aunque no lo especifica, la referencia es para lo referido al Mundial. A un costado, en la vidriera, por ejemplo, se ve un álbum con figuritas de Pokémon.

Es decir que lo que no hay es el merchandising figuretero de Qatar.

 

ESCENA 2

Padre e hijo continúan caminando.

Toman Onelli y se dirigen al shopping.

Entran al kiosco del centro comercial. Dentro, los recibe un cartel, con un “hola” junto a una carita feliz, donde una leyenda sentencia: “No hay figuritas ni álbum del Mundial”.

Otro local, donde la comercialización de artículos deportivos podría hacer pensar que las figuritas del Mundial entran dentro de la opción, tampoco ofrece esos productos. Lo dejan en claro desde un letrero.

No solo no hay figuritas... tampoco "fuiguritas".

Con los "cartelitos" se trata de evitar la pregunta continua de los buscadores de figus, como el padre –que ya está empezando a desesperarse por tanta complicación con algo que no imaginaba– y el chico –antojado a partir de ver a sus compañeritos de quinto grado cambiar en los recreos esas miniláminas con las fotos de los jugadores.

Dentro del shopping, observan paquetitos y cajas de cartas del mundial de Qatar en la vidriera de un local dedicado a la venta de comics, muñecos, remeras y demás productos vinculados a esa subcultura donde entra el manga (historietas japonesas), los superhéroes y películas de culto.

“No son figuritas, pero quizá adentro tengan”, piensa el padre, así que ingresa al negocio y su niño marcha detrás, con el deseo de que esta vez sí, las dichosas figus aparezcan.

Allí, muy amable, el encargado, Sergio Silverira, les cuenta que ellos trabajan directamente con Panini Argentina (el grupo fabricante de las figuritas es originario de Italia, y tiene sede en Modena; cabe recalcar que Panini también distribuye manga, especialidad de la casa), pero que en este momento no tienen el tan buscado álbum ni las figuritas del Mundial. Les llegó una tanda hace unos días, pero se vendió rápidamente.

“Desde Panini dijeron que el envío se normalizará la semana que viene”, explica Sergio.

Mientras tanto, ofrece las cartas, que se venden a doscientos pesos el sobre (contiene cinco cartoncitos) y ochocientos la caja (con treinta estampas).

 

ESCENA 3

Padre e hijo salen del shopping y encaran por Onelli hacia arriba.

Dos cuadras más adelante, entran en un kiosco, pero, una vez más, se topan con un letrero que advierte: “No hay figuritas ni álbum del Mundial”.

El kiosquero cuenta que, por más que les pidió a los distribuidores con los que trabaja, todavía no recibió nada.

El hombre y el niño deciden dar la vuelta e ir hacia el centro. Pasan por una juguetería. Está cerrada (ya ha pasado más de una hora desde que el nene salió de la escuela, son más de las 13 y varios locales bajaron la persiana y no vuelven a abrir hasta alrededor de las 16). En la puerta, igualmente, un cartel destaca que las figuritas del Mundial están agotadas.

El chico y su papá se dirigen hacia Mitre. Entre Otto Goedecke y John O'Connor, en un kiosco, un letrero avisa: “Hasta el finde no hay figus ni álbum”, aunque el mismo kiosquero no está muy confiado de que lleguen para el fin de semana.

Ya casi sin esperanza, el hombre y el chico siguen un par de cuadras por Mitre y doblan en Beschtedt.

A unos metros está Casa Elvira, el viejo “ramos generales”, un clásico de Bariloche.

Ven que un grupo de chicas de secundario salen con paquetes de figuritas. Entran y un muchacho más grande (tendrá treinta años) está comprando.

También hay una madre que pide un álbum para su hijo. “Ya no quedan”, le dice Laura Elvira. “Solo figuritas, y muy pocas”, añade.

La mujer se va con cinco sobres (Laura puso ese tope; no le vende más que esa cantidad a cada comprador, para que la mayor cantidad de gente posible pueda llevarse figus).

Les toca el turno al padre y el hijo.

Queda un paquete.

Abonan doscientos veinte pesos y se van rumbo a su casa… Con las preciadas y (¡casi!) inconseguibles figuritas.

En el camino, el nene le dice al papá que ahora deben buscar algún lugar donde haya un álbum y, claro, más figuritas… Y el padre imagina un nuevo y largo peregrinar… Sabe que el chico acaba de ser inoculado con un virus que le hará desembolsar varias cuotas de dinero en esos sobres con las estampas de los jugadores… De pronto, se recuerda a sí mismo, a una edad similar a la que su hijo tiene ahora, a mediados de los ochenta, juntando figuritas de Maradona, y piensa que, al llegar al hogar, le mostrará al niño aquel álbum que aún guarda -donde el astro "enseñaba" a jugar al fútbol-, buscando un reflejo en el pasado de una pasión que su hijo acaba de adquirir.

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