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¿QUÉ REFLEJAN LOS OJOS DE LOS FIELES?

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08/08/2022

Las miradas de quienes depositan su fe en San Cayetano

Las miradas de quienes depositan su fe en San Cayetano
Las miradas de quienes depositan su fe en San Cayetano

Las miradas.

Lo que impresiona son las miradas.

Esos ojos con una mezcla de pesar y fe, donde el producto resultante es difícil de describir.

San Cayetano aglutina a fieles de diverso tipo.

El 7 de agosto, cuando se rinde homenaje al santo, se presenta como un punto de encuentro donde las expresiones particulares conforman un todo único.

Están aquellas personas que asisten cada año a la parroquia que lleva su nombre y, de acuerdo a lo que la suerte –o Dios, según quién lo cuente– les haya deparado en ese momento de la vida, agradecen o piden. O, por qué no, piden y agradecen –pese a todo, siempre agradecen.

Esos ojos parecen iluminados, por más que la racha que se atraviese sea mala.

Pertenecen a los que portan una credibilidad que no se combate con nada.

Son los que tiene Fe, con mayúscula.

Están, también, quienes en algún momento pasaron por allí para depositar sus últimos cartuchos de confianza en la religión, y la suerte –o, una vez más, Dios, depende de quién relate el cuento– pasó a estar de su lado. Esos ojos cargan con cierta dosis de lágrimas, pero de felicidad, porque pasaron a convertirse en seguidores fieles, sin dudas.

Esas miradas, donde se mezcla el recuerdo del mal trago con la gracia alcanzada, aportan esperanza a los “nuevos”, porque si estuvo aquel que creyó y los resultados fueron positivos, la cosa puede repetirse para el recién aterrizado, ¿no?

Y, justamente, los ojos que duelen son los de aquellos que llegan aquí como último recurso. Esos que ni siquiera están seguros de ser creyentes, pero que, al borde del precipicio, entre la desesperación de la nada y un atisbo de ilusión, eligen la segunda opción y asisten a la parroquia con una combinación de “perdido por perdido” y de “quizá sea verdad…”.

Cada uno de ellos lleva el peso de su propia cruz, y confluyen en la cruz mayor, la de aquel Cristo clavado a los maderos –“siempre por desenclavar”, escribió Antonio Machado, y Joan Manuel Serrat lo cantó–, que aún en sus lágrimas de sangre se muestra piadoso ante el peregrino que se acerca por vez primera…

Y esa mirada…

Esa mirada que en la quietud de la madera parece dirigirse a cada fiel…

Es la mirada que el 7 de agosto se traslada a otra figura inanimada en su humilde pedestal, la de un santo al que, de cuando en cuando, rescatan de su inmovilidad y lo llevan a pasear como símbolo del orgullo del iluminado, del que creyó y obtuvo respuesta, y también del que aún desconoce si ese signo de fe tendrá su recompensa, pero elige pensar que sí…

Lo dicho, lo que impresiona son las miradas.

 

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