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LA COMUNIDAD EDUCATIVA ESPERA PALIATIVOS QUE AYUDEN A “PASAR EL INVIERNO”

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23/05/2022

El CEF N° 8 y una tristeza glacial

El CEF N° 8 y una tristeza glacial
El CEF N° 8 y una tristeza glacial

Ingresar al Centro de Educación Física (CEF) N° 8 causa tristeza.

De tan excesivas, las goteras parecen parte de la escenografía de una película desmesurada.

Se trata de un sitio que es un ámbito de referencia para los barilochenses, un sinónimo de igualdad para quien desea realizar una práctica deportiva, ya que no se abona por el aprendizaje. Como explica su directora, Susana Deminge, “es una institución educativa pública”.

El lugar, ahora, está lejos de sus épocas de esplendor.

“El CEF, antes, era esplendoroso, calentito”, señala la vicedirectora, Alejandra Palacio, y lo de “calentito” viene a cuenta de la contraposición de sus recuerdos con el freezer en el que se ha convertido.

Deminge, en tanto, apunta que ella es directora desde septiembre del año pasado, “y ya no había gas”.

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Más allá de que en aquel momento no estuviera en el cargo, para que se comprenda la extensión temporal del problema, cuenta: “En enero de 2020, antes de la pandemia, vinieron de Camuzzi por una inspección y notaron ciertos inconvenientes, por lo que retiraron el medidor; desde entonces, no hay gas”.

Eso, sumado al parate obligado por la pandemia, hizo que ciertos problemas edilicios, que antes se insinuaban tímidamente, se incrementaran de manera notable.

El año pasado, la actividad se reanudó, aunque, debido a las vicisitudes en relación al Covid-19, sufrió interferencias que hicieron que, mayormente, en los meses más crudos desde lo climático, la institución estuviera cerrada. De esa manera, si bien cuando estuvo abierta el frío se sintió, no lo hizo con la algidez actual.

Además, los inconvenientes en la instalación eléctrica impiden poner en funcionamiento los caloventores, ya que, si se encienden, salta la térmica.

Y eso no solo sucede con la utilización de esos equipos, sino con aparatos mucho más pequeños y de otros usos. “Ponés la pava eléctrica y se apaga la luz”, ejemplifica la directora.

En el CEF hay dos espacios destinados a las clases; en el de menor tamaño, el parquet plastificado se arruinó a causa de las filtraciones. 

“Se hicieron globos en el piso y hubo que retirarlo, una pena…”, se lamenta Deminge, quien expresa que, a partir del dinero reunido por la cooperadora, se colocó un plástico y, sobre él, una goma, como para que el espacio fuera utilizable.

“Cuando hay días lindos, podemos realizar las actividades… Pero en estas condiciones es riesgoso”, afirma, y señala las goteras que empapan el suelo del lugar.

“Supervisión de Educación nos autoriza a suspender las clases ante algún riesgo, como, por ejemplo, que alguien se pueda resbalar”, profundiza.

Por eso, últimamente, hay días en que ciertas prácticas quedan sin hacer, y los alumnos, como llegan, se retiran.

Deminge detalla que los asistentes van desde los cinco años hasta una señora de ochenta y cinco que realiza lo que se denomina gimnasia para la salud.

“Tenemos novecientos alumnos en actividad”, precisa.

En estos momentos, todavía existen cupos para ciertas prácticas. La pregunta obvia es si, al ver las condiciones en que se encuentra el CEF, igualmente las personas quieren concurrir. “Cuando se acercan a inscribirse, les advertimos que no hay calefacción, pero como en Bariloche no hay gimnasios gratuitos las familias se siguen anotando, aunque saben que hay días en que no se dan clases”, manifiesta la directora.

Ante la suma de inconvenientes, alumnos y familias decidieron comenzar a hacer oír sus reclamos.

Incluso, sobre fines de marzo consiguieron reunirse con la entonces ministra de Educación y Derechos Humanos de Río Negro, Mercedes Jara Tracchia.

La funcionaria les habló de un proyecto (del cual incluso les dio el número de expediente) para solucionar el problema de gas (con caldera y artefactos nuevos), el techo de los dos gimnasios y los vestuarios, el piso dañado y la instalación eléctrica.

Tracchia les expuso que el presupuesto asignado (y reservado) era de veintitrés millones de pesos.

Como las obras llevarían un tiempo considerable (hay que tener en cuenta los trámites administrativos, la licitación y demás), y en medio quedaría la etapa más fría del año, se ofreció como paliativo poner un medidor trifásico, para poder contar con calefacción que ayudara a continuar con las actividades.

Todo eso, en su momento, lo contaron los propios integrantes de la comunidad educativa en una carta abierta.

El problema es que las temperaturas están dando muestras de un año que, en ese sentido, se presenta inclemente, y la solución temporal todavía no llegó. 

La vicedirectora invita a ingresar a los vestuarios. El de hombres directamente no se usa, porque la cantidad de agua lo asemeja a un arroyo. En el de mujeres, una joven está con un abrigo grueso con capucha, aguardando que sea el horario de su actividad, mientras un líquido gotea por las paredes junto a varios cables que están al descubierto. “A medida que pasa el tiempo, todo se pone peor”, sostiene, Palacio, para luego suspirar: “Yo tengo miedo de que algún día se caiga el techo”.

La mujer, además de ser vicedirectora, es profesora de gimnasia rítmica para niñas. Así, comenta que, a sus alumnas, ni siquiera les hace sacar las zapatillas, y se refiere a lo complicado que es, en ese ambiente glacial, llevar adelante una actividad que implica una gran flexibilidad.

Al pasar por el gimnasio de mayor tamaño, el único en funcionamiento en este momento –el otro tiene varios baldes que intentan contener el agua que cae del techo–, se ve a varias personas mayores llevando adelante una práctica con aros. Están muy abrigadas. Abundan los sweaters y las camperas. La profesora que guía la actividad tiene guantes de lana…

La directora sueña con un CEF en perfecto estado, ya que confía en que las obras pautadas se llevarán a cabo. El reclamo apunta a las medidas paliativas que -al menos todavía- no se implementaron. “El tema es poder pasar el invierno…”, suspira Deminge.

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