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CON RUSIA EN EL CORAZÓN

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10/04/2022

Beletzky y sus "recuerdos" de una tierra donde nunca estuvo y sin embargo tiene parte de su alma

Beletzky y sus "recuerdos" de una tierra donde nunca estuvo y sin embargo tiene parte de su alma
Beletzky y sus "recuerdos" de una tierra donde nunca estuvo y sin embargo tiene parte de su alma

Alejandro Beletzky nunca estuvo en Rusia. Aunque quizá sería mejor indicar que, si bien no piso suelo ruso, viajó a aquellas tierras en infinitas ocasiones a través de los comentarios que escuchó desde pequeño, por sus padres, que llegaron a la Argentina tras la Segunda Guerra Mundial.

Y él mismo se siente en parte ruso.

Para muchos, Beletzky es una figura conocida, pero nunca está de más recordar que se trata de un ecologista de renombre (a partir de sus denuncias, por ejemplo, se produjo el recordado Abrazo al Limay, en 1995), con un recordado paso como guardaparque (en realidad, así como piensa “en ruso” sin haber transitado aquellas tierras lejanas, también se concibe eternamente guardaparque, por más que hace ya más de una década que no está en la institución, donde su última estadía fue como asesor del directorio de Parques).

En momentos donde Ucrania, en Europa Oriental, se encuentra sumida en la guerra tras la invasión rusa, Beletzky sigue las noticias como si estuviera en medio de los bombardeos.

En realidad, una porción importante relacionada con él se encuentra allá, porque tiene conexión -hasta donde las comunicaciones lo permiten- con parientes por su lado paterno.

Porque su vínculo es con personas que residen en el sector que se podría denominar como una zona rusófona (de habla rusa) y rusófila (que simpatiza con lo ruso), es crítico con las autoridades ucranianas.

Pero, más allá de la situación actual en aquella parte del mundo, donde la guerra dice presente, durante una mañana de domingo, Beletzky se pone a ojear álbumes de fotos, con imágenes que, en su gran mayoría, provienen del aquel lado del globo.

De repente, dice: “¿Por dónde empezar?”.

Escoge hacerlo por la Segunda Guerra Mundial.

“Muchos rusos primero recibieron a los alemanes como liberadores del comunismo, hasta que se dieron cuenta de qué se trataba en realidad”, dice.

Comienza a enumerar las penurias que aquel gran conflicto deparó, y, así, por ejemplo, expresa: “A mi papá, Víctor, los alemanes lo agarraron de las pestañas de su casa y se lo llevaron a trabajar para ellos, en la línea de tendido de teléfono que se hacía en aquella época, al frente alemán”.

“Mi viejo, en un momento, se escapó”, cuenta.

En cuanto a la hermana del padre, relata que la mandaron obligada a una fábrica de submarinos de guerra.

En lo que refiere a su mamá, que se llamaba Tamara, pudo evitar el derrotero impuesto por los alemanes gracias a la intervención de la madre. “Mi abuela, que ya había vivido la Primera Guerra Mundial, tuvo la lucidez de meterla en el quirófano, para que la operaran del apéndice, nada más que para que no se la llevaran. Porque algunas cosas respetaban los alemanes, entre ellas, los hospitales, porque a ellos también les servían”, indica Alejandro.

Así, Tamara y su familia luego huyeron y terminaron en un campo de refugiados en Austria.

“Dejaron todo abandonado; incluso quedó un baúl enterrado con las joyas familiares… Vaya a saber qué pasó con eso”, evoca el ecologista.

El papá, por su parte, tras huir de los alemanes, también acudió a Austria.

Allí, en tierra austríaca, se conocieron.

Cuando la guerra finalizó, aquellos que estaban en los campos de refugiados partieron hacia distintas partes del mundo.

La abuela materna de Alejandro decidió que Argentina era una buena opción. Más allá de un tango que habían escuchado mucho en Rusia, al que relacionaban con el sur de América, la mujer observó el mapamundi y vio que este país estaba al final del continente. Así, tras tanto tiempo de vivir con el peligro de las bombas, pensó: “Allá vamos a estar lejos de la balacera”.

“La única manera de que mi papá pudiera ir con ellos era que se casara”, apunta Alejandro.

Así, Víctor y Tamara contrajeron matrimonio en Austria, se trasladaron a Génova, y de ahí partieron en barco a la Argentina.

“Llegaron a fines del 48”, detalla Alejandro, y añade: “Acá les dieron plata y documentos, lo que para ellos era una cosa mágica”.

Tras vivir en Lanús, Víctor ganó un concurso para jefe de mantenimiento de los por entonces flamantes hogares escuela de la Fundación Evita, así desembocaron en la institución que se abrió en Ezeiza, donde después Tamara también desarrollaría funciones contables.

Alejandro es el del medio de tres hermanos (hay un varón mayor y una mujer menor), y evoca con mucho cariño los años en Ezeiza.

Explica que en su casa “se hablaba principalmente en ruso, y un poco de castellano”.

Señala que, al estar en el hogar escuela, del grupo de rusos que habían llegado a la Argentina en ese momento (muchos se conocían de los campos de refugiados en Austria; otros habían coincidido en el barco), ellos eran los que podían ofrecer el mejor lugar para reunirse, así que los fines de año solían festejarse allí.

Llegaban colectivos desde distintas partes de Buenos Aires, y el vodka corría entre la “rusada”. Había canciones, bailes y evocaciones de la tierra al otro lado del océano.

En general, tras los festejos “bebidos”, todos pasaban la noche en el lugar, y, al día siguiente, partían a sus hogares con un pedacito reluciente de Rusia en el corazón.

“La situación del inmigrante no es cosa fácil”, suspira Alejandro. “Mi viejo, por ejemplo, tenía a su madre y sus demás familiares en Rusia”, narra.

Además, Víctor se había ido con lo puesto. No había siquiera fotos para mostrarles a sus hijos.

Pero, mucho después, en 1994, Víctor pudo volver a Rusia.

El hermano de Alejandro trabajaba en la Embajada Argentina en aquel país, y lo ayudó a viajar.

“Mi mamá no quiso ir, no tenía familia ni nada allá”, sostiene el exguardaparque. Ella aseveraba que su país era Argentina.

Víctor también mostraba gran amor por este país, como, por ejemplo, cuando tuvo la posibilidad de un muy buen remunerado empleo en el ámbito privado y optó por seguir trabajando para el Estado, que, afirmaba, le había dado todo.

Incluso cuando el matrimonio se mudó a Bariloche, tras los complicados momentos vividos durante los violentos setenta en Ezeiza, con Alejandro ya actuando como guardaparque en el sur, pasaron a trabajar en Parques –ella, en el sector de contaduría; él, en mantenimiento–, donde mucho después se jubilaron.

Los restos de ambos –y también los de la abuela materna de Alejandro– descansan en este rincón del mundo.

En cuanto a aquel viaje del papá de Alejandro a Rusia, vaya a saber lo que pasó por la cabeza de Víctor cuando tuvo la oportunidad de reunirse con su madre tras casi medio siglo de no verla… O qué habrá pasado por la mente de la mujer cuando lo tuvo frente a ella…

Lo cierto es que, en aquel país, Víctor recorrió miles de kilómetros. Por un lado, para visitar a su mamá; por otro, para ver a su hermana, que, en una de esas zancadillas que suele poner la vida, falleció de cáncer cuando estaba yendo a encontrarse con ella.

Al arribar a la localidad en cuestión, al menos puso visitar la tumba…

El asunto es que el conjunto de emociones causó que, mientras estaba en Moscú, sufriera un desmayo y, al caer, se fracturara el hombro.

Alejandro revela que, al volver, cada tanto, su papá tenía uno de esos desvanecimientos repentinos, como si el caudal emotivo de su viaje a Rusia hubiese sido tan grande que no terminara de acumularlo.

El ecologista continúa mirando los álbumes de fotos, donde aparece abrazado a su mamá, o donde se observa a su papá con un perfil similar al actor Viggo Mortensen…

El reportero gráfico y el cronista se marchan.

Beletzky se despide.

En él se aprecia un pedazo de tierra al que nunca fue, pero donde, sin embargo, está parte de su alma. 

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