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A ORILLAS DEL “MANTO”

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13/02/2022

Orgullo de reciclador

Orgullo de reciclador
Orgullo de reciclador

La Asociación de Recicladores Bariloche (ARB) vive una especie de rejuvenecimiento, sobre todo desde lo anímico.

En el último tercio del año pasado, sus integrantes tomaron una decisión que les cambió la vida.

Optaron por no acudir más al “manto”, como llaman al sitio donde se acumula la basura en el vertedero.

El "manto".

Antes, iban para “rescatar” lo que podía servir para reciclar.

Ahora, se quedan en la planta donde realizan su labor, ya no se sumergen en los desperdicios.

Así, en la actualidad, más allá de lo que les llega por el camión propio, desde los puntos verdes de la ciudad y algunas cadenas de supermercados, compran el material a otras personas que realizan la tarea.

Los valores de compra del material a reciclar.

Eso puede sonar extraño, ya que, si bien los miembros de la ARB ya no cargan con el peso de la peor parte de la faena, como el peligro de lastimarse, el frío o el calor extremo –depende la época del año– o el simple asco, el rol de buscadores de elementos reciclables sigue estando, pero ocupado por otras personas que llevan adelante lo que aquellos ya no hacen.

Ahora bien, lo cierto es que esa gente que se mete en la basura ya lo hacía con anterioridad, no es que comenzó a realizarlo ahora.

Trabajo a las corridas...

De alguna manera, son el eco de los fundadores de la ARB, porque hay que recordar que la asociación nació como respuesta a una debacle económica que sumergió a la Argentina en una de sus peores épocas (frase trillada, porque el país es una sucesión de peores épocas, aunque es verdad que el inicio del siglo fue especialmente caótico para los ciudadanos de esta parte del mundo).

Así, tras aquel diciembre de 2001, que quedará registrado en la memoria colectiva por la huida en helicóptero de Fernando de la Rúa, y tras unos noventa menemistas donde se creó una burbuja económica que, como en algún momento debía pasar –porque aquello fue la crónica de una muerte anunciada, con bastante de realismo mágico macondiano, pero a la criolla–, explotó, con la disolución de la pompa de ficción, los excluidos del banquete quedaron a la deriva.

Los relegados fueron –y son– muchos.

La planta por fuera.

Esa barbarie que sufrió gran parte de la población se tradujo en comenzar a ver gente instalada en las veredas –sobre un colchón de baldosas, cuando las había...– de todo el país.

No se hallaba trabajo y, por ende, tampoco para comer.

Fueron los tristemente recordados días del trueque, de revisar en el placar qué podía haber para cambiar por un plato de comida.

La planta por dentro.

Así estaban las cosas cuando un grupo importante de personas acudió al basurero municipal de Bariloche.

La marginalidad existe desde que el mundo es mundo, pero el asunto, para los argentinos, en aquellos años pos-2000, tomó un cariz inimaginable.

Y, entre quienes acudieron a la basura, preponderaban las mujeres.

“Nosotras aguantamos más”, afirma María Mariqueo, una de las pioneras de la ARB, que aún está allí, firme, trabajando.

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María Mariqueo.

Pero no se trataba de escarbar para vender cosas sueltas. Casi sin darse cuenta, comenzaron en el arte del reciclaje.

Llegaban camiones a buscar lo que ellos juntaban y clasificaban.

Luego hubo instalaciones precarias, hasta desembocar en la planta de reciclaje actual.

Los "paquetes" reciclados.

La asociación tiene a sus integrantes definidos: “Somos cincuenta y ocho, y ya no entra nadie más”, señala Mariqueo.

Pero también está la posibilidad de “sucesión”. Cuando uno de los miembros deja de ir, puede reemplazarlo un familiar.

Por ejemplo, la madre de María, de edad avanzada, dejó su puesto a otra hija, Laura.

O está el caso de Trinidad Sánchez, que, al fallecer su mamá, tomó su lugar en la ARB.

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"Trini" Sánchez.

Algo a tener en cuenta es que no es lo mismo hablar de recicladores en este momento que veinte años atrás.

No hay que ser hipócritas. En el pasado, decir que alguien trabajaba revolviendo la basura solía conllevar miradas torvas.

Hoy, eso, si bien no cesó completamente, está desapareciendo.

Ese bullying social disminuyó cuantiosamente.

La sociedad mayormente aprecia y reconoce la labor de los recicladores.

Ellos, por su parte, se sienten integrados.

No ocultan dónde trabajan; por el contrario, están orgullosos de desempeñarse en la ARB.

Por ejemplo, José García, que va por su segundo “período” en la ARB –en algún momento se fue para probar suerte como obrero de obras en construcción–, revela: “Antes me daba vergüenza decir que laburaba acá, ahora ya no”.

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José García.

La esposa de José también trabaja como recicladora (aunque en diferente turno) y sus sueldos son el sustento de la familia, que ya incluye a dos hijos. 

La aceptación y valorización social se aprecia, también, en aquellos que van a la planta con material, no para vender, sino para que sea aprovechado por los recicladores.

Suelen estacionar vehículos que hablan seguramente de un alto poder adquisitivo y bajan personas muy bien vestidas que acercan lo que reunieron en sus casas.

Lo que reciclan los integrantes de la ARB, desde hace ya tiempo, se destina a Buenos Aires. Un comprador llega en camión un par de veces a la semana, lo que también ahorra el flete que, antes, los locales debían pagar.

Los trabajadores se dividen en dos turnos, y se nota un clima agradable de convivencia.

A la entrada, sobre uno de los costados, una placa recuerda los nombres de los trabajadores que, a lo largo de este ya extenso camino, han fallecido.

Los que quedan, y los hijos de los que ya no están, persisten en la labor, cuidando el legado, orgullosos.

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