Publicidad
 

EN PRIMERA PERSONA

|
02/02/2022

Salud mental: el vía crucis de una madre para intentar que su hijo tenga la atención debida

Salud mental: el vía crucis de una madre para intentar que su hijo tenga la atención debida
Salud mental: el vía crucis de una madre para intentar que su hijo tenga la atención debida

Santiago Lynch recientemente cumplió veinte años.

Tiene una discapacidad mental con epilepsia y, a partir de la adolescencia, afloraron complicaciones conductuales de importancia relacionadas con su patología.

Así lo cuenta Carina Muratti, su madre, que tras el nacimiento de Santi se formó como acompañante terapéutica y profesora en educación especial en discapacidad mental.

“En casos así, cuando van creciendo, aparecen complicaciones como brotes psicóticos y violencia”, explica Carina.

De chico, un signo de su situación era que no hablaba.

También se caía, y convulsionaba…

De tal manera, Santiago empezó a tomar medicación antiepiléptica, y se inició en distintas terapias.

“La causa de lo que le ocurre se desconoce”, señala Carina.

–Los rasgos violentos, que se comenzaron a apreciar en la adolescencia, ¿qué grado alcanzaron?

–Llegó a acuchillarme, a romper toda la casa, y a querer matarnos, a la hermana y a mí…

Para muchos, lo brevemente descripto por Carina puede sonar a argumento de película, pero tanto para la mujer, como para muchas personas con parientes con discapacidades mentales, el panorama suele ser el habitual.

Y lo peor es que no encuentran respuestas que aligeren la situación con la que les toca convivir. Al respecto, las quejas en Bariloche son muchas, pero casi nadie acepta reflejar públicamente lo que sucede por temor a que después sus casos se compliquen aún más, especialmente en lo que refiere a la atención médica (y a lo vinculado con la respuesta de las obras sociales).

Pero el hijo de Carina ya está en una institución en la provincia de Buenos Aires, y, cansada de años de luchar contra el sistema –tanto desde lo que hace al área de salud mental como a lo que refiere a la obra social–, ahora quiere dar a conocer su historia.

Lee también: La salud mental también estuvo en la concentración contra la Corte Suprema en Bariloche

La mujer, debido a las situaciones de violencia extrema que solía vivir en los ataques de Santiago -cada vez mayores y más graves–, solía llamar a la policía. La mayoría de los efectivos ya la conocían, y le indicaban que no se hiciera problema, que ante cualquier inconveniente se comunicara que ellos concurrirían.

Santiago tenía respeto por los miembros de la fuerza. “Cuando los veía, se calmaba y juntaba todo lo que había revoleado”, dice su mamá. 

“En esos casos, llamaban a la ambulancia del hospital, que llegaba como tres horas después”, dice Carina.

En referencia a aquellos avisos a la policía, rememora lo que sucedió en una ocasión en que un oficial -que no sabía del estado mental de Santiago– entró a la vivienda y vio que el muchacho tenía agarrada a la madre en el piso. “Llevó la mano al arma y pensé que lo mataba… Y enseguida se dio cuenta de lo que sucedía, soltó la pistola y le empezó a hablar…”, narra.

La mujer cuenta que, a Santiago, una vez que lo llevaban al nosocomio, “le inyectaban una pichicata y lo devolvían a la casa”.

“Así sucedía en cada ocasión en que ocurría un episodio de esos”, explica.

“En Salud Mental no me daban bola, porque decían que yo tenía IPROSS y que no era paciente del hospital. Hasta que un día muy terrible, el 4 de julio de 2020, tras varias jornadas complicadas, esperé cuatro horas en una salita del hospital con él, donde ya le habían inyectado de todo, y me empezó a golpear. Entonces salí y dije que me iba. Recién ahí lo agarraron, lo ataron y lo internaron”, desarrolla.

Pero le dijeron que solo no se podía quedar, “y que ellos no se iban a ocupar”, según cuenta Carina, así que tuvo que ir en busca de gente especializada para que estuviera con él las veinticuatro horas.

La mujer sigue: “A los tres días lo llevaron a la Escuela de Hotelería y Gastronomía, porque era el momento crítico de la pandemia. Él, en ese momento, estaba absolutamente dopado, no podía comer, caminar, hablar… nada”.

“Nunca se ocuparon de Santi. Lo único que le dieron fue un cuarto, al cual llevé absolutamente todo: un colchón, comida, medicación, ropa de cama –que me encargaba de lavar–. Jamás me dieron explicaciones”, cuenta.

“En la Escuela de Hotelería hubo varios contagios de Covid, y no me dejaban pasar. A escondidas, hablaba con los cuidadores y, en la esquina, les daba la ropa y las demás cosas para que se las alcanzaran”, recuerda.

Entre los intentos por hallar un lugar para su hijo, Carina menciona que en algún momento intentó ingresarlo en el Hogar con Centro de Día Aluminé (que en la actualidad describe como un sitio "con un montón de personas apiñadas", pero que en cierto instante, ante la desesperación, observó como una posibilidad), pero no lo admitieron. “Me dijeron que no aceptaban pacientes psiquiátricos, lo que no es verdad; conozco gente que trabaja ahí, y sé que la mayoría de los que están tienen brotes psicóticos. Después me enteré de que era porque yo tenía IPROSS, que no les pagaba… Bueno, los mismos problemas de siempre. La obra social decía ‘que se ocupe el hospital’, y, desde el otro lado, a la inversa”.  

Luego le indicaron que debía retirar al hijo de la Escuela de Hotelería y Gastronomía. “Me dijeron que, como él no era paciente del hospital, estaba ahí porque sí… En casa, anduvo bien una semana, pero después empezó nuevamente a romper todo, y a pegarnos…”, señala Carina.

Ahora va a hacer un año que logró trasladar a Santiago a una institución que considera la adecuada para él, en Escobar.

Aproximadamente cada veinte días lo va a ver, y lo nota mucho mejor.

“En ocasiones, el contexto ayuda más que la medicación”, afirma.

“Lamento que en Río Negro no haya un lugar como corresponde, porque así como sucedió con Santi hay mucha gente que la está pasando mal”, sostiene, para luego añadir: “Creo que, como hay tanta mentira en relación a que se pone a la provincia como un ejemplo perfecto de cómo funciona la salud mental, no quieren dar el brazo a torcer y decir: ‘Abramos un centro terapéutico con hogar’…”. 

“En algún momento me voy a hacer mayor y no me podré ocupar. Cuando llegue el día, me moriré… Alguien se tiene que encargar de estas personas que quedan. Conozco un chico cuyos padres fallecieron y, ahora, él está en un geriátrico en Dina Huapi; es alguien con síndrome de Down, una patología muy severa, y ese no es un lugar adecuado. Y solo hablo de un caso… Hay muchos”, suspira.

¿Que opinión tenés sobre esta nota?