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CON 18 AÑOS ES PILOTO, Y SUEÑA CON VOLAR MÁS ALTO

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16/12/2021

Valentín Sochi: así en la tierra como en el cielo... o así en el cielo como en la tierra

Valentín Sochi: así en la tierra como en el cielo... o así en el cielo como en la tierra
Valentín Sochi: así en la tierra como en el cielo... o así en el cielo como en la tierra

Valentín Sochi nació el 8 de abril de 2003, en Bariloche.

El año pasado terminó el secundario.

No recuerda bien qué edad tenía, pero sí que era chico (“Quizá andaba por los ocho años”, dice), cuando lo llevaron a conocer una cabina de avión en un vuelo de cabotaje a Buenos Aires.

“Ya ahí, supe que me quería dedicar a eso”, señala.

Y, para despejar cualquier duda acerca de la convicción que lo acompañó desde pequeño, apunta: “No tuve ningún test vocacional ni nada de eso”.

El joven ya es piloto privado, y es probable que en enero o febrero de 2022 complete las horas para ser aviador comercial.

Para que quede claro: nació mucho después del estreno de Top Gun (la película que catapultó a Tom Cruise se estrenó en 1986, año en que Maradona andaba dejando muñecos ingleses por el suelo), y –si todo va bien- obtendrá su permiso para poder obtener ganancias con el vuelo antes de la llegada a los cines de la segunda parte de aquel film (la salida de Top Gun: Maverick está prevista para el 27 de mayo de 2022).

El muchacho, en enero de este año, hizo las valijas y partió a la Provincia de Buenos Aires.

No tuvo compañeros que lo siguieran.

Aquellos amigos que optaron por carreras “normales” dictadas en tierra porteña todavía estaban con las pautas de la virtualidad; pero para ser aviador sí o sí hay que estudiar en persona.

Valentín cuenta que, en caso de desear ser piloto privado, se debe ir a una escuela de aviación o un aeroclub, y, tras cuarenta horas de vuelo, se rinde un examen teórico y práctico.

El joven recaló en Cañuelas, localidad cercana al Gran Buenos Aires, donde funciona, justamente, una escuela de vuelo.

“Allí hay un aeródromo, con una pista de pasto. De ahí me fui a San Fernando, donde hay un aeropuerto, y alquilaba tiempo de vuelo”, indica.

“Después volví a Cañuelas, para hacer las que se denominan horas específicas, que son veinticinco de instrucción, dentro de las doscientas que se necesitan para ser piloto comercial”, explica.

El muchacho ya lleva realizadas, de esa cantidad, ciento ochenta.

“Estoy a veinte de recibirme”, dice orgulloso, y apunta: “Este año lo dediqué solo a la aviación, por eso pude avanzar tanto”.

Foto tomada por Valentín en las alturas.

Valentín remarca que los exámenes médicos son muy minuciosos, e incluyen test cannábico y de cocaína de gran rigurosidad.

Por otra parte, según expone, la diferencia del piloto comercial con respecto al privado, más allá de la obvia referida a que se puede comercializar con la labor -trabajar de piloto-, es que también es factible "volar en condiciones meteorológicas instrumentales, incluso con lluvia o niebla, y, además, hacerlo de noche”.

“Hoy, que soy piloto privado, todavía no puedo volar de noche, ni cuando llueve, o si las nubes están bajas. Se dice que sos un 'piloto visual'; estás muy restringido”, aprecia.

En cuanto al aviador comercial, cuenta que, en la Argentina, para llegar a trabajar en una compañía aérea de pasajeros, se precisan mil horas de vuelo, pero aclara que con las doscientas iniciales ya se lo habilita para muchas otras tareas, como por ejemplo: piloto fumigador, forestal, de correo, instructor, publicista, de taxi aéreo...

“A mí, me gustaría dedicarme a la aviación ejecutiva, es decir ser el que vuela el jet de un empresario”, expresa.

Valentín llegó a Bariloche solo para permanecer un par de días. 

Hizo el trayecto desde Buenos Aires en un monomotor Bristell de 2018.

Mientras disfruta de la compañía de sus padres, Samanta y Marcelo, y de su hermana menor, Briana, destaca la importancia de la ayuda de los seres cercanos en pos de lograr su objetivo (según informa, cada hora de vuelo ronda los diez mil pesos): “Mi familia me apoya, caso contrario sería imposible”, se sincera.

Pero aclara: “Más allá de que la carrera es cara, si no fuera rentable, nadie la haría; se trata de un trabajo lindo y muy bien pago”.

El joven, aunque también tiene pensado seguir algún estudio universitario relacionado con la economía, afirma que está convencido que su camino (o pista) principal es la aviación.

Sin embargo, cuando a inicios de este año, ya lejos de Bariloche, se subió a un avión para comenzar a transformar su sueño en realidad (hasta ese momento, ni siquiera había tomado un bautismo de vuelo, y solo había ido en grandes aeronaves como un pasajero más), dijo: “Esto no es para mí”.

“Fue ese día, nada más… Por la sensación física que provoca, algo que nadie puede explicar si no se lo vive… Ahora, por el contrario, me resulta muy placentero ver el piso desde arriba; te sentís muy libre”, concluye.

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