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EL "ALTO" EN EL CENTRO CÍVICO

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08/11/2021

"Nos matan a los pibes en la cara de la gente"

"Nos matan a los pibes en la cara de la gente"
"Nos matan a los pibes en la cara de la gente"

Quizá algunos crean que el lunes por la tarde alrededor de ochenta personas entraron en el Centro Cívico, mientras resonaban cánticos pidiendo justicia.

Pero no.

Lo del pedido de justicia sí es correcto, pero no hubo esa cantidad de gente.

Esos que caminaron desde Moreno y Onelli hasta Beschtedt, para luego bajar a Mitre y desde ahí marchar al Cívico, no era un número.

Quizá fueron ochenta. Incluso, tal vez menos.

Pero esa cifra imprecisa incluía mucho más.

Ahí estaba un sector de Bariloche para muchos invisible.

Aquel que, por más que quiera, no puede darle la cara al lago.

Está condenado a mirar tierra, porque vive en la aspereza.

Allí donde la cerveza y el porro son los caramelos Sugus de hoy.

Ese lugar en el que avanzar en la vida es una quimera, porque el mundo no parece ser redondo, sino que da la sensación de responder a esos antiguos dibujos donde se lo representaba plano y si das un paso de más, te caés.

Es el sitio donde se nace con desconfianza por la autoridad y muchas veces ese temor está justificado.

Donde se habla de peleas de ebrios, de gente drogada que no sabe lo que hace, pero también de gatillo fácil.

Ese espacio, el lado oculto de la Suiza Argentina, es el que ingresó al Centro Cívico reclamando por dos jóvenes que encontraron fallecidos recientemente y sus muertes encierran muchas dudas.

Aquellos que atravesaron los arcos hacia la postal favorita de los turistas eran quienes conforman el Alto.

El Alto fue el que se hizo presente en el Cívico para decir que existe, y que además de lo mal que se suele vivir allí, están ocurriendo cosas raras.

Diego Santana tenía veintitrés años y fue hallado en una cantera tras varios días desaparecido.

A la familia le dijeron que se murió por hipotermia.

Su hermana Mariana afirma: “Pudo haberlo matado la policía”.

“Nos habían dicho que no había golpes, pero cuando lo vimos tenía marcas y el cráneo hundido”, señala.

Sobre la realidad que se vive en el Alto, sostiene que “la policía siempre corre a los chicos”.

“Una vez agarraron a mi hermano mayor y lo hicieron ‘percha’ de tanto que le dieron”, suelta.

“Donde ven un chico en la calle, allá arriba, lo agarran, lo llevan, lo ‘recagan’ a palos y después lo tiran por ahí”, manifiesta.

“Diego varias veces llegó a la casa reborracho, a los tortazos, pero llegaba, en pleno invierno, con nieve… ¿cómo se va a morir ahora por hipotermia?”, cuestiona.

Más allá de la mención al consumo de alcohol, aclara que eso, para el joven, no llegaba a ser un problema. “Se juntaba con los amigos y tomaba un par de cervezas, nada más”, dice. Incluso admite que “fumaba ‘faso’”, pero como algo “normal” en el lugar: esa es la realidad de hoy. Igualmente, aprecia que, más allá de beber o no, le resulta imposible creer que se haya quedado dormido para luego fallecer de frío.

Diego tenía un hijo de seis años.

“No entiende mucho, o no quiere hacerlo… Le contaron lo que pasó porque en la escuela todos sabían y por ahí le decían algo”, suspira.

Algo más: Mariana manifiesta que antes de hallar el cadáver la llamaron por teléfono desde un número privado para decirle que su hermano estaba muerto: “Ya lo mataron”, escuchó que decía una voz masculina.

Santiago Arriagada vivía a una cuadra de Diego, en el barrio Malvinas.

No tenían trato entre ellos.

Se conocían solo de vista.

Santiago apareció muerto en en cercanías del arroyo Ñireco, donde hay un santuario al Gauchito Gil.

“Le habían tirado encima chapas y maderas”, dice su hermana Pamela.

“Estaba sin ropa interior, pantalón ni zapatillas”, añade.

“Cuando fuimos a reconocer el cuerpo sólo nos mostraron el rostro y nos dijeron que había muerto de un paro cardíaco… Pero tenía la cara golpeada, con pelo arrancado y metido en la boca”, expone.

Además, informa que cuando su madre lo vistió para el velatorio observó más marcas e incluso una que parecía de perdigón, en un tobillo.

El muchacho había cumplido recientemente dieciséis años.

Antes de desaparecer había estado con su padre en el shopping, un hombre al que solo vio dos veces en la vida: esa era la segunda.

“Mi hermano no se suicidó como algunos dijeron”, afirma su hermana.

“Vecino, vecina, no sea indiferente, nos matan a los pibes en la cara de la gente”, gritó el Alto en el Centro Cívico.

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