Publicidad
 

ARIEL BISTAGNINO: DE PROFESIÓN, ESCRITOR

|
22/09/2021

Un trauma infantil y la salvación de la literatura

Un trauma infantil y la salvación de la literatura
Un trauma infantil y la salvación de la literatura

A mediados de la década del ochenta, en Bella Vista, en el noroeste del Gran Buenos Aires, todas las noches, un depravado telefoneaba a una niña de nueve años para decirle barbaridades de índole sexual.

Pero aquella bestia con pinta de hombre no hablaba con la nena de la casa, sino que, sin saberlo, lo hacía con su hermano, apenas un año mayor, que tenía que impostar la voz y hacerse pasar por la pequeña.

¿Cómo se había llegado a eso?

En aquella época, rastrear una comunicación era muy complicado, y los padres de la chica estaban desesperados ante el acoso telefónico, entonces, aunque parezca increíble, a la policía se le ocurrió que, para mantener la atención del degenerado que llamaba, con la intención de ubicarlo, lo mejor sería que el nene, un poco más grande, se hiciera pasar por la hermana, y lo tuviera atado al aparato lo máximo posible.

La situación se estiró por más de un mes.

Al tipo lo encontraron, era encargado de seguridad en una fábrica, aunque nunca le dijeron al padre de los chicos de qué firma se trataba, porque lo hubiera ido a matar.

“Pero, seguramente, la policía lo debe haber molido a palos, porque nunca más llamó”, cuenta ahora Ariel Bistagnino, que a los cuarenta y cinco años puede enfrentar aquella situación que le tocó vivir a los diez: él era quien se hacía pasar por su hermana para captar la atención de quien telefoneaba.

Es una historia extraña, que cautiva y, a la vez, causa repulsión.

Parece narrada por un escritor… Y, en realidad, así es: aquella vivencia se transformó en el argumento del primer libro de Ariel, que en las letras encontró refugio para su existencia.

Aquel hecho de su infancia quedó reprimido en su interior: se ocultó en un rincón en el que, sin que él lo supiera, siguió punzando.

“Yo llegué inconscientemente confundido a la adolescencia”, dice.

Pero, cuando todavía no descubría qué era aquello que lo atormentaba, como una especie de salvación momentánea, llegó a sus manos un libro titulado El misterio del cuarto amarillo, del francés Gastón Leurox, una obra de 1907 considerada fundamental en lo referido a las narraciones de suspenso que suceden en un ambiente cerrado.

Así, aquel muchacho que iba a una escuela técnica con orientación a la química, que miraba de soslayo todo lo que fuera arte, porque consideraba que pecaba de sensiblería, supo que ahí había un refugio.

Ariel comenzó a mirar a los escritores con sumo respeto, como si fueran próceres.

Por eso lo sorprendió cuando en un diario zonal se anunció un concurso literario, porque eso quería decir que cualquiera podía escribir… o, al menos, intentarlo.

Participó.

No obtuvo ninguno de los premios, pero nunca más paró de escribir.

Ya lleva seis libros publicados.

El bautismal, Cocaína, es aquel en el que describe lo que vivió de chico, después de que a los treinta, tras sufrir ataques de pánico, “le saltara la tapa de los sesos” y por fin pudiera redescubrir lo que le había sucedido y tanto lo afectaba. “La cabeza misma pidió resolverlo”, afirma.

El último, en tanto, nació como un encargo, ya que durante la pandemia surgió la posibilidad de escribir obras a pedido (incluso un cuento infantil que una abuela le solicitó para la nieta). El libro partió de una encomienda extraña: una amiga de la hermana, que vive en Indonesia, donde tiene una escuela de buceo, quería un cuento de mares y sirenas.

La narración, finalmente, se transformó en una novela corta: ¡Aquaman es un payaso!

Más allá de esas obras con formato tradicional, con el tiempo, logró vivir exclusivamente de la literatura a partir de la venta de cuentos en libritos-objeto, que fabrica él mismo y ofrece a pobladores y turistas en la esquina de Mitre y Villegas.

Ariel llegó a Bariloche en octubre de 2018.

Vino para acompañar el crecimiento de su hijo, que en la actualidad anda por los doce años.

Se había separado de la mamá del nene, y ella, oriunda de aquí, regresó a la ciudad.

Él, tras un tiempo en qué pensó cómo actuar ante lo que se le planteaba, y luego de una breve experiencia en Mendoza, donde comenzó con esto de la venta de los minilibros autofabricados, desistió de la idea que en un momento tuvo -de recorrer el país-, y encaró para este lado de la Patagonia.

Era hora de estar con su hijo.

Así que, aquí, empezó a vender sus creaciones en los colectivos, primero por aquellos que iban por Pioneros, luego Bustillo, y finalmente en los que apuntaban para el Alto, donde le gustó ver cómo la clase trabajadora trataba de acercar la literatura a sus vidas. “Todo el mundo, aunque no lo haga, sabe que leer es bueno. Por ahí no tiene el ejercicio de la lectura, pero reconoce que se está perdiendo de algo… Por eso, las personas laburadoras quieren que sus hijos lean, y tratan de inocularles esa actividad”, reflexiona.

Si bien en los colectivos le iba bien, llegó un momento en que el mercado se saturó. “La gente de Bariloche que los usa es siempre la misma. Cuando los días pasaban, las caras ya eran conocidas. Me sentía amedrentado. Era un actor que hacía la misma obra de teatro a diario para idénticas personas”, metaforiza.

“Algo que era una rareza –vender libros en un bondi– pasó a ser una cotidianidad”, completa.

Así que puso una mesa frente al teatro La Baita, donde, a sus títulos, sumó ejemplares usados.

Estuvo allí tres meses, hasta que personal municipal le indicó que no podía seguir con la actividad.

Ariel decidió acudir al área de Cultura, donde obtuvo un permiso para vender libros en la calle, pero con una condición: la venta debía ser de obra propia.

Y ahí está -ahora en la esquina de Mitre-, ofreciendo sus creaciones, donde, con buena pluma, se mete con diferentes géneros.

Incluso cuenta con un cartel donde explica qué cuento puede adaptarse mejor a las distintas personalidades.

Por estos días, piensa en dos viajes, rumbo a Roca en Octubre, y a Viedma en noviembre, para dos ferias del libro.

Le preocupa el tema de los pasajes.

Si bien puede subsistir con la venta callejera de literatura, tampoco es para derrochar… Así, desea que, ya sea el Municipio, o bien desde Provincia, le den una mano…

En eso anda…

Pero ya saben, si quieren leer literatura trazada por una buena mano, este hombre, que tres noches a la semana –las que no pasa con su hijo– pone música alta, se sirve una copa de vino y se lanza a navegar en tinta, es una buena opción.

¿Que opinión tenés sobre esta nota?