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VILLA LLANQUÍN

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28/07/2021

Una balsa rumbo a la tranquilidad

Una balsa rumbo a la tranquilidad
Una balsa rumbo a la tranquilidad

Estoy muy solo y triste acá en este mundo abandonado,

tengo una idea: es la de irme al lugar que yo más quiera.

Me falta algo para ir, pues, caminando yo no puedo,

construiré una balsa y me iré a naufragar.

“La balsa” es considerada la primera canción exitosa del rock nacional.

Fue el lado A de un simple (¡Sí! ¡Un simple! Un disco de vinilo pequeño, un tema por cara: en el caso de “La balsa”, en la B se oía “Ayer nomás”).

La controversia acerca de si la inició Tanguito con una frase y Litto Nebbia desarrolló el resto, o bien el primero tuvo bastante más que ver con la creación, es una leyenda de la música argentina.

La composición remite a la idea de libertad.

Y en la actualidad, en una vida moderna que destaca por la presión dominante en las grandes ciudades, muchos buscan poblados pequeños en los que hallar un sentimiento de paz interior, donde el espíritu aflore -precisamente- libre.

Aquel que lo desea, y tiene la posibilidad de hacerlo, busca en el mapa y parte tras algún sitio donde los nervios no se tensen.

Desde hace no muchos años, cerca de Bariloche (apenas a cuarenta kilómetros), Villa Llanquín comenzó a pulir ese perfil, y, ahora, ya se presenta como una opción turística que “vende” tranquilidad, además de ser, en temporada de pesca, una alternativa cada vez más elegida por los aficionados, entre los que se incluyen turistas provenientes de otros países.

Para acceder desde la Ruta 40, los vehículos deben cruzar el Limay en una balsa: la maroma, que, justamente, por un sistema de maroma (una cuerda gruesa), utiliza el empuje de la corriente del río para ir de una orilla a otra.

El servicio es gratuito, funciona de 8 a 20, y solo pueden subir dos vehículos por viaje, y el conductor de cada uno; si hay más personas, éstas deben ir hacia un costado y cruzar a pie, a través de un puente.

A primera hora, Juan Loncón y su hijo, Mauricio, son los balseros encargados de trasladar a los autos (seis trabajadores se turnan en la labor).

Juan hace veinticuatro años que está en el puesto; Mauricio, trece.

El padre habla de la dureza de los inviernos, aunque aclara que el actual dista bastante del de 2020, cuando el escenario, marcado por la nieve, fue por demás complicado.

Igualmente, aun con una temperatura que no desciende como otras veces, la helada, al amanecer, se siente y cala profundo.

Mauricio pone un taco delante y otro detrás, para evitar que el coche se mueva, y da las indicaciones para quien accede a la balsa por vez primera: el conductor tiene que colocar el freno de mano, dejar en cambio, y descender.

Al bajar, conviene estar abrigado, para, en vez de preocuparse por el frío, echar una mirada al Limay y disfrutar de ese breve trayecto, que, para el visitante, es parte del paseo.

Juan y Mauricio guían a los forasteros, contestando las preguntas del caso, y saludan antes de volver a la otra orilla.

Ya en el paraje, solo cabe dejarse atrapar por el sosiego reinante.

Personas que hablan de manera pausada, apellidos que se repiten, y un paisaje que, en días sin viento, comparte la parsimonia de los habitantes.

La sede de la Comisión de Fomento, una salita de salud, la escuela hogar que cuenta con número (245) pero busca un nombre…

Y voces que refieren que la imperturbabilidad predominante, unos años antes, era todavía mayor, ya que en el último tiempo se han levantado varias viviendas y el paraje comenzó a enfocarse hacia el turismo, para así ser una oferta tentadora, destinada a aquellos que procuran hallar un espacio al margen del ruido.

Aun en el momento en que los chicos ingresan o salen de la escuela, no se oyen gritos.

Pareciera, incluso, que si se levantara una ráfaga de viento, antes de soplar, debería pedir permiso, para no romper el silencio reinante.

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