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ORGULLO FAMILIAR

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12/07/2021

Hablan el papá y los hermanos del músico que saltó del barrio Quimey Hue al Museo del Prado

Hablan el papá y los hermanos del músico que saltó del barrio Quimey Hue al Museo del Prado
Hablan el papá y los hermanos del músico que saltó del barrio Quimey Hue al Museo del Prado

Miguel Giménez es mozo en “Las 5 esquinas”, una parrilla clásica de Bariloche ubicada en la calle Moreno.

Siempre se dedicó al rubro gastronómico.

De muy joven, empezó como comis de mozo (es decir, quien lo ayuda), y después no paró de deambular por salones de diversos establecimientos.

Desde hace tres años, está fijo en el citado local (donde antes cubría francos).

Miguel en "Las 5 esquinas" (foto de Facundo Pardo).

Si un comensal quiere que Miguel dibuje una sonrisa, solo basta que le pregunten por alguno de sus hijos.

Caso curioso el suyo.

Viene de una familia humilde: la madre era mucama y el padre, trabajador de obra (ya en la última etapa, se transformó en cocinero).

Miguel se casó con Sofía, y nunca imaginaron la manera en que continuaría el camino.

“Las familias se forman sin saber cómo van a seguir los hijos”, apunta él.

Y los suyos han deparado varias sorpresas.

El menor se llama Julián, y está caminando calles y escenarios españoles (participó, por ejemplo, de un concierto en el Museo del Prado).

Es chelista, estudia en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, y fue seleccionado para una serie de conciertos en España, coordinados por la Fundación Dudamel, una entidad de reconocimiento internacional que amplía el acceso a la música y el arte para los jóvenes, brindando herramientas y oportunidades con el fin de dar forma a sus futuros creativos.

Además, los instrumentistas elegidos para formar parte de esta experiencia han contado con la dirección del propio Gustavo Dudamel, venezolano que preside la entidad y es célebre en el ámbito de la música clásica.

Julián, junto a Dudamel.

Miguel apunta: “Somos una familia trabajadora y, la verdad, yo no tenía nada que ver con el arte”.

Pero cierta vez, el hijo mayor, Miguel Mateo, cuando tenía doce años, llegó a la casa y le contó de un proyecto institucional para introducir a los jóvenes en la música clásica.

El papá le preguntó si quería ser parte, y el chico contestó que sí.

Justamente, Miguel Mateo recuerda: “El proyecto, con la crisis de 2000/2001, se cayó, ya que el gobierno de ese entonces lo dejó de financiar”.

“En 2009, establecido en un trabajo alejado de la música, decidí retomar las clases de viola, solo por hobby. Se me presentó la oportunidad de tocar en la Orquesta Cofradía, y Julián comenzó a ir a los conciertos y demás presentaciones que hacíamos”, cuenta.

“Un día, de tanto que venía con nosotros, le pregunté: ‘¿Te gustaría tocar algún instrumento?’. Ahí empezó todo”, señala.

“Eso sucedió en 2012. Después, todo fue esfuerzo, sacrificio y, fundamentalmente, apoyo, indispensable para que alguien alcance estos logros”, considera.

En ese sentido, expresa: “La verdad que estoy muy contento y feliz por él, que está cumpliendo metas y sueños que ni el más optimista hubiese imaginado, sobre todo en un ámbito como el de la música académica, donde no te regalan nada, y menos siendo del interior del país”.

Él no lo revela, pero a su sostén afectivo, también lo ha acompañado con el económico. Así, brindó un aporte significativo para que Julián se comprara un violonchelo.

En la familia, ellos no son los únicos relacionados con la cultura.

Porque si Miguel nunca hubiera soñado con que dos de sus hijos se relacionaran con la música clásica, menos aún que otro se acercara un baile emparentado con el hip hop: el breaking.

Pero así fue. Quien sigue ese sendero es Kaio.

“Arranqué hace diecinueve años”, cuenta él.

“En ese momento, Julián era muy chico… Ahora tiene veintiuno, y que se le presente esta oportunidad, siendo tan joven, es muy importante. Quiere decir que hace las cosas bien, y que está decidido en lo que quiere para su vida”, indica.

“Creo que la cultura siempre sirve, porque aprendés y, a la vez, te da la oportunidad de transmitir lo que asimilás”, aprecia.

En este punto, cabe mencionar que Miguel, en un primer momento, tenía sus dudas acerca de que Kaio se dedicara al breaking: “Pensé que con eso nunca iba a ganar dinero… pero ahora posee su sueldo, porque trabaja en un programa provincial (Usinas Culturales), dando clases”, dice el papá. 

En tal sentido, Kaio expresa que “muchos chicos se acercan porque sienten la necesidad de expresarse mediante el baile, y eso es muy bueno”.

“Enseñás, pero a la vez aprendés de ellos, lo que te ayuda a crecer como persona”, añade.

“Una vez, en la parrilla, a mi papá le preguntaron cómo podía ser que tuviera hijos que se dedicaran a cuestiones ligadas a la cultura, como la música y el baile, si él y mi mamá no hacían nada de eso. Pero yo me puse a pensar y quizá sí tenían, o incluso aún tienen, un lado artístico dentro, pero por ciertas situaciones no pudieron hacer que brote”, reflexiona.

“Todos los hermanos estamos agradecidos a nuestros padres, por habernos apoyado en las decisiones que tomamos; siempre nos dieron buena energía”, agrega.

Miguel, además de los varones relacionados con la música, es papá de Micaela, la única que siguió otro camino: es maestra jardinera.

“Tener hermanos que se dedican a la música a veces puede ser estresante”, bromea ella, y recuerda su época de estudio: "Me costaba concentrarme, con tantos sonidos alrededor... Sin embargo, lo pude conllevar”, ríe.

Micaela bucea en su memoria y rescata una instantánea de plenitud familiar: “Hace mucho, en el último cumpleaños de mi abuela Dora, que ya no está presente físicamente, mis hermanos le tocaron el feliz cumpleaños con sus instrumentos, y Kaio le brindó una hermosa danza. Fue un momento de felicidad absoluta”.

En cuando a Julián y su viaje a España, suelta: “Me siento orgullosa por todo lo que ha logrado en tan poco tiempo. Lo admiro, porque está cumpliendo su sueño, su meta”.

Miguel habla con orgullo de sus hijos (foto de Facundo Pardo).

Miguel, en tanto, en el salón de “Las 5 esquinas”, afirma: “Con mi mujer, siempre los acompañamos. Es lo que haría cualquier padre que quiere lo mejor para sus hijos”.

Después, rememora los días en que iba a buscar a Julián cuando salía de jugar al fútbol, para que llegara a tiempo a los ensayos de violoncelo…

El propio Julián, que se educó en escuelas públicas y surgió de un barrio de clase trabajadora, como el Quimey Hue, desde España (el lunes regresará a la Argentina), sostiene: “El apoyo de la familia lo es todo”.

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