CRÓNICA DE UN VIAJE A UN LUGAR DONDE VACUNARSE SOLO ES CUESTIÓN DE TENER GANAS

| 10/06/2021

Pilcaniyeu en tiempos de COVID

Pilcaniyeu en tiempos de COVID
Fotos: Facundo Pardo.
Fotos: Facundo Pardo.

Sesenta y cuatro kilómetros y medio separan a Bariloche de Pilcaniyeu.

Gran parte del trayecto es de ripio.

La localidad, de paso lento, con sapiencia profunda pero sencilla, también vive un presente marcado por el COVID-19.

Si en otros sitios el tema abruma, aquí la cuestión parece no apabullar.

Aunque no siempre fue así.

En un primer momento, hubo un temor generalizado que llevó a que el poblado permaneciera bloqueado durante meses.

El intendente, Néstor Ayuelef, reconoce que, movido por la presión de los habitantes –a su vez, influidos por las noticias–, el municipio había realizado acciones que, en cierta forma, hoy parecen desmedidas, por ejemplo, gastar en trajes especiales para recolectar la basura.

“Hicimos lo que consideramos que, en aquel instante, era lo mejor, pero, después de un año, me doy cuenta de que pudimos habernos manejado de otra manera”, apunta.

“Llegaba un camión con fruta, y limpiábamos cada cajón, manzana por manzana…”, expone.

“Había cosas que no tenían lógica, pero, igualmente, no todo fue en vano, porque nos mantuvimos varios meses sin ningún caso. Hasta que se dio el primer positivo y se armó un revuelo bárbaro…”, cuenta.

Ayuelef tuvo COVID, en noviembre de 2020, e incluso permaneció un par de días internado -por precaución- debido a una tos persistente.

El intendente señala que, en la actualidad, la población urbana de Pilcaniyeu ronda las mil personas, a las que se suman unas trescientas de los parajes rurales.

En el hospital, explican que, cuando llegaron las primeras dosis para los pobladores, mucha de la gente era reacia a vacunarse.

“Ahora se están animando, pero igual, a veces, ponen peros”, indica Graciela Ocarez, que lleva treinta años en el hospital, primero en servicios generales, y luego, desde hace casi una década y media, como agente sanitaria.

Asimismo, los que concurren a vacunarse suelen tener sus preferencias. “Están los que no quieren la vacuna rusa, ya que dicen que, con esa, les ponen un chip para controlarlos; otros le escapan a la china, porque piensan: ‘¿Cómo me voy a meter algo que viene de allá?, con lo que comen…’. Son todos mitos, pero bueno”, suspira Graciela.

“Están muy pendientes de la tele, lo que es bueno y malo, porque, si bien se informan, hay muchas noticias crueles”, agrega.

Graciela nació en Bariloche, y se crió “en la zona de Pilca”, como ella la llama.

“La ciudad ha crecido, pero, a la vez, los jóvenes se van, se marchan a estudiar, y muchos no vuelven”, analiza, y expresa que eso se refleja en una población donde abunda la gente mayor.

Más allá del presente marcado por el coronavirus, reflexiona que, en lo que hace a la salud, algunas cosas han cambiado para mejor. “Antes solía pasar que personas con enfermedades terminales, sobre todo de la zona rural, venían a pasar sus últimos días acá; en cambio, ahora se trabaja mucho con cuidados paliativos, se las visita en la casa, se hace un seguimiento, y no es necesario que estén en el hospital; pueden vivir en el ámbito de su hogar. Los agentes de salud, médicos y psicólogos las van a ver, y también cuidan y preparan a la familia”, relata.

Graciela comenta que, desde el inicio de la pandemia, hubo tres fallecidos por COVID.

Añade que alrededor de quinientas personas se dieron la primera dosis, y unas doscientas se aplicaron la segunda.

Uno de los que tachó ambos casilleros es Abraham Martínez.

Sale del consultorio bajándose la manga que hace un momento tuvo levantada para recibir la Sputnik que complementa aquella que le colocaron el 13 de abril.

“Ninguna de las dos dolió”, afirma.

Abraham cumplirá treinta y siete años el 14 de junio.

“Fumo mucho, por eso me quería vacunar”, dice, mientras muestra contento su carnet único de vacunación contra el SARS-Cov-2 (COVID-19).

A pesar de su edad, Abraham pudo vacunarse porque en Pilcaniyeu, en la actualidad, el único requerimiento para hacerlo es ser mayor de dieciocho años, ya que, como hay disponibilidad de vacunas, y gran parte de la población ya se la dio, no existen limitaciones etarias.

“Al principio había que salir a buscar a las personas para que se vacunaran, no estaban convencidas, tanto las de la ciudad como las que viven en el campo. Nos costó mucho. Ahora, vienen solas”, manifiesta la agente sanitaria Roxana Moya.

Confirma que no existen restricciones para vacunarse (solo, como ya se dijo, tener más de dieciocho años), y apoya la decisión en que ya se convocó a los habitantes de más edad, como también a que muchos de los pobladores tienen familiares de alto riesgo.

“La gente es cuidadosa. En el pueblo casi no hay casos, aunque en este momento se están dando varios positivos en la zona rural”, comenta.

Si bien se atraviesa una etapa de segundo brote, tal como indica la médica generalista Silvana Márquez, lo cierto es que el sanatorio nunca colapsó, aunque, en algunos momentos, debieron cambiar la función de dos consultorios.

“Tenemos tres camas para hombres, otras tantas de mujeres, y una de aislamiento, más la posibilidad de usar dos consultorios que pueden actuar como habitaciones”, puntualiza Márquez.

La doctora es cordobesa.

Tras hacer la residencia en Roca, arribó a Pilcaniyeu.

“A mí me gusta la tranquilidad del pueblo, el trabajo rural, pero extraño un poco la vida de Córdoba. Cuando puedo, voy. La última vez fue en diciembre. Por lo que me cuenta mi familia, los hospitales allá están casi saturados”, sostiene.

Márquez detalla que los pacientes que se derivaron a Bariloche fue por su estado clínico, no debido a que carecieran de camas disponibles.

“Acá no tenemos terapia, somos un hospital de nivel cuatro”, especifica.

Respecto a ese tema, también habla el intendente. “Para nosotros, es preocupante el presente de Bariloche, porque una persona que esté complicada en ‘Pilca’ sí o sí tiene que ir para allá”, asevera Ayuelef.

Pero, más allá de esas vicisitudes, las agentes sanitarias siguen vacunando. En situaciones de problemas de movilidad, con gente mayor o sin posibilidad de trasladarse, asisten a los domicilios.

Tal el caso, por ejemplo, de Felisa Millapi, aquella mujer ciega, de noventa y tres años, a la que Edgardo Lanfré inmortaliza en una canción.  

La anciana vive en la zona de Paso de los Molles, pero su sobrino José, en marzo de este año, la llevó a su casa, en Pilcaniyeu, para que no pasara frío durante los meses más duros.

Igualmente, Celia, la mujer de José, revela que Felisa -que se aplicó la vacuna sin inconveniente- tiene ganas de regresar al campo lo más pronto posible. “A ella le gusta allá”, dice.

Mientras tanto, en el hospital, Roxana Moya devela que la principal causa por la que algunos tienen miedo de vacunarse es “la desconfianza ante los síntomas que puedan tener al hacerlo, que, en realidad, solo son dolor de cabeza o de cuerpo”.

–Roxana, ¿qué fue lo más extraño que te han preguntado desde que comenzó la vacunación?

–Si una vez vacunados, podían tomar cerveza –ríe. 

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