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LOS JUEGOS DE LA MEMORIA

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04/06/2021

Maradona y las cenizas volcánicas

Maradona y las cenizas volcánicas
Maradona y las cenizas volcánicas

Hay acontecimientos que sacan de la modorra a la memoria.

Hechos que se instalan en el inconsciente, y, apenas se los menciona, la mente deriva hacia el lugar preciso donde uno se encontraba en el momento en que ocurrieron.

Pasa con los goles de Maradona a los ingleses, por ejemplo. El de la Mano de Dios y el del derrotero infinito.

¿Qué argentino, en edad de haber presenciado por televisión aquel partido, no se acuerda dónde lo vio?

Casi ninguno.

Lejos estoy de ser futbolero, pero me recuerdo en casa de mis abuelos, muy cerca de cumplir diez años, en el piso, con algún juguete, mientras desde el aparato llegaban las imágenes desde el estadio Azteca, y toda la familia se levantaba gritando “goool”.

O cuatro años después, en la cocina de mi casa, mirando a Diego, que, con el tobillo izquierdo destruido, esquivaba brasileros y, mientras caía ante el acecho de los vestidos con la camiseta “verde-amarela”, alcanzaba a enviar el pase preciso a Caniggia, quien eludía a Taffarel y mandaba la pelota al fondo de la red.

Asimismo, existen momentos que se concentran en evocaciones de círculos reducidos, por ejemplo en un grupo de amigos o una familia.

El primer gol de Maradona a Argentinos Juniors, vistiendo la camiseta de Boca, a poco de su regreso al club, en 1995, con un tiro libre impecable, sin gritarlo, porque en “El Bicho” había nacido como futbolista, permanece en el cofre de recuerdos emparentados a mi padre, que era hincha de River. Lo vimos una tarde, en el extinto café Cocodrilo’s, frente a los arcos del Centro Cívico. Así, muchas veces, cuando pienso en mi papá, que falleció hace diez años (poco antes del arribo de las cenizas volcánicas a Bariloche), me veo sentado junto a él, disfrutando de la izquierda del Diez.

Y, claro, si en esta enumeración de remembranzas aparece siempre "el" Diego es porque, si bien uno no es de los que se la pasan viendo televisaciones de partidos, lo maradoniano se relaciona más con el Arte (así, con mayúscula) que con el fútbol en sí.

Ahora bien, hay acontecimientos que se instalan en la cabeza de toda una ciudad, o de una región, pero que, a medida que los años se suceden, cada cual recuerda a su manera, tras pasarlos por su tamiz personal.

La tarde del 4 de junio de 2011, quien suscribe salía de la casa para ir a trabajar.

Mientras mi mujer, embarazada de casi cinco meses, me saludaba por la ventana, yo miraba un cielo que se ponía negruzco.

Toqué un muro y sentí en mis dedos algo extraño, que no podía identificar.

Luego se comenzaron a escuchar por la radio las primeras noticias que hablaban de la erupción del volcán Puyehue, en Chile.

Las personas caminaban desorientadas.

Se notaba el miedo impreso en las caras.

De pronto, se precipitaron a los supermercados, sobre todo en busca de agua mineral.

Los botellones de cinco litros desaparecieron enseguida.

Luego les siguieron los envases de dos y los de uno y medio.

Por último, se veían carros repletos de botellitas de cuarto.

Las góndolas comenzaron a vaciarse.

La gente, atemorizada, agarraba lo que podía.

Parecía el apocalipsis.

Los celulares fallaban, y reinaba la desorientación.

Después, vinieron los barbijos.

Esos elementos sanitarios, que hoy, a partir de la pandemia de COVID-19, resultan normales a la vista, en aquel momento, nos sumergían en una película de ciencia ficción.

Los días pasaron y lo gris volcánico se barrió con la solidaridad de la comunidad, que se volcó a las calles con sus palas.

La memoria tiene sus juegos.

Y, en mi caso, este décimo aniversario de la erupción del Puyehue me hace llevar la vista al piso, donde está jugando mi hijo -que pronto también cumplirá diez años-, como yo lo hacía en junio de 1986, a su misma edad, en casa de mis abuelos, cuando la familia festejaba los goles de Maradona a Inglaterra.

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