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TESTIGO DEL HORROR: LA MAMÁ DE LA NOVIA DE LUCAS CARO RECUERDA LA NOCHE ACIAGA

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22/04/2021

“Cuando lo atropellaron, mi hija iba de su mano y sintió como si le arrancaran el brazo”

“Cuando lo atropellaron, mi hija iba de su mano y sintió como si le arrancaran el brazo”
“Cuando lo atropellaron, mi hija iba de su mano y sintió como si le arrancaran el brazo”

“Ahora somos familias saliendo de una tempestad, sintiendo a Lucas en el alma.”

Esas palabras forman parte de un texto que Claudia Blasi delineó hace unos días.

Siempre le gustó escribir. Reflexiones, pensamientos…

En la actualidad, tomar la lapicera y volcar su corazón en el papel es una forma de exorcizar los demonios que nacieron la medianoche que hacía equilibrio entre el sábado 27 y el domingo 28 de febrero.

Caminar, sentir la fragancia nocturna del verano.

Ver feliz a su hija, Aymará, que deambula de la mano de su novio, Lucas Caro…

Lucas y Aymará, de niños.

Aymará y Lucas se conocían desde pequeños.

Coincidieron en jardín, y también durante algunos años de primaria, hasta que él cambió de colegio.

Pero, a lo largo del tiempo, convergieron en cumpleaños y otros encuentros de amigos.

Hasta que, dos años atrás, visitar una misma playa (el lugar adecuado en el momento preciso) derivó en un flechazo que Cupido venía macerando.

Desde entonces, fueron inseparables.

Y Claudia, en esa madrugada, tras pasar todo el día junto a ellos, los ve caminar felices de la mano, delante suyo, y comparte esa ventura.

De repente, el sonido de una acelerada, un revoltijo de polvo…

El desconcierto, no comprender qué sucede…

Y la muerte que se hace presente, mientras que quien la ocasionó huye…

Claudia, ahora, se sienta frente al cronista y vuelve a aquella jornada.

En realidad, empieza por la anterior, el viernes en que los tres fueron a Playa Bonita y se deleitaron con la luna. 

“En un momento, Aymará le dijo a Lucas que uno de sus deseos era que algún día le llevara el desayuno a la cama”, narra. 

“A la mañana siguiente, temprano, él me mandó un mensaje para ver si podía venir. Preparó café y le llevó una rosa… Los tres desayunamos en el cuarto de Aymi”, indica.

Beatriz, la mamá de Claudia, ese sábado, formaba parte de una muestra colectiva de cuadros, en la zona de Puerto Moreno.

Lucas, junto al cuadro que lo cautivó, pintado por la mamá de Claudia.

“Lucas ayudó a llevar varias pinturas, y estuvimos todo el día ahí”, rememora la mujer.

El joven quedó prendado de una de las creaciones de Beatriz, que hoy se encuentra en una zona especial de la casa de Claudia: cerca de una mesa circular sobre la que Aymará pintó mariposas, y que ahora es una especie de altar hogareño en recuerdo del muchacho.

De la muestra, regresaron al barrio Militar, donde viven madre e hija.

“Empezamos a anotar en papelitos lo que cada uno deseaba hacer esa noche, en una especie de juego: ¿salimos?, ¿nos quedamos?, ¿cocinamos?, ¿llamamos a un delivery?”, evoca Claudia.

“Lucas quería hacer pizzas a la parrilla, pero ya era muy tarde, entonces propuse ir a comer hamburguesas”, detalla.

“¡Salgamos! ¡Hay que disfrutar la vida!”, expresó la mujer, aquella noche.

Así, se dirigieron a La Posta, el restaurante ubicado en el kilómetro 10,500 de Bustillo.

En un momento, Lucas bromeó, diciéndole a Claudia que le parecía extraño que no hubiera sacado ninguna foto mientras cenaban.

La fotografía era un elemento común entre ellos.

Un momento compartido, cuando la tragedia era impensada.

Por un lado, Claudia solía fotografiar a Aymará junto a Lucas, pero, además, competían entre ellos a ver quien captaba las mejores imágenes de paisajes.

Pero, aquella noche, el muchacho jocosamente le reclamaba que todavía no le había hecho ninguna foto en el restaurante.

Entonces, cuando Claudia aprieta el botón, Lucas juega y se tapa la cara, mientras Aymará gira la cabeza hacia un costado.

Esa es la última imagen del joven.

Última foto donde aparece Lucas: junto a su novia, bromea en el restaurante, antes de salir a Bustillo.

En un momento, el adolescente se excusó y dijo que iba al baño.

Claudia, de repente, sintió un estremecimiento en el pecho, una sensación extraña, de opresión.

Se lo comunicó a su hija, pero, en ese instante, quedó como una conmoción transitoria, de la que se desconocía el origen, y no le dieron mayor importancia.

Con el tiempo, Claudia consideró aquello como una especie de presagio acerca de lo que vendría.

Tras la cena, una vez más, caminaron hacia la casa.

Marchaban por un costado, del lado en que el tránsito va en dirección al centro.

En un primer momento, al salir del restaurante, Aymará se colocó del sector izquierdo, pero pronto Lucas la corrigió y le manifestó que se ubicara a la derecha, para que no quedara expuesta a ningún problema que pudiera surgir por algún vehículo. Si bien todos caminaban correctamente, por el margen, fuera del asfalto, la actitud del joven respondía a una cuestión de caballerosidad.

Un momento de intimidad, durante la última tarde compartida.

Claudia iba detrás de su hija.

Ahora, el recuerdo del horror en primera persona: “Pasamos las lomas de burro que se encuentran en esa parte. No había nada de tráfico, y, de repente, se escuchó acelerar y vi tierra volando… La escuché a Aymará, que gritaba desesperada… Yo miré, pero no divisé a Lucas… Había un revoltijo de polvo… Porque Matías Vázquez (quien conducía el auto que atropelló al joven), tras el choque, siguió por el costado, no volvió al asfalto hasta unos cien metros más adelante. Siempre a la misma velocidad, nunca disminuyó el andar (según un peritaje, el velocímetro habría rondado los ciento diez kilómetros por hora)”.

“Lo levantó de costado… Mi hija iba de su mano y sintió como si le arrancaran el brazo… Lucas golpeó en el parabrisas, el techo y la parte delantera del coche. Aymará lo vio volar y dar dos vueltas en el aire…”, señala.

“Vázquez lo dejó tirado, ni siquiera tuvo el valor de frenar”, apunta.

Cuando la nube de polvo se disipó, distinguieron a Lucas, arrojado en una zanja.

“Salía sangre de su nariz, y le faltaba una zapatilla… A su lado, tenía el espejo retrovisor del auto que lo arrolló”, revela Claudia.

“En ese momento, nos pusimos en mitad de la avenida, para intentar detener a algún vehículo”, explica.

“Pasaron dos camionetas blancas, grandes, y me esquivaron, ninguna paró. Para mí, venían del mismo lugar que Vázquez”, supone la mujer.

Y aquí vale una aclaración: quien conducía había estado un tiempo largo en una fiesta en el camping Circe, donde se excedió en el consumo de alcohol.

Allí, habían sido de la partida varios funcionarios municipales.

Por eso las dudas que invaden a Claudia cada vez que recuerda a esos vehículos que la franquearon.

Aymará se había colocado de la otra mano, y tuvo mejor suerte: un auto con un par de muchachos a bordo se detuvo.

Si bien Claudia, por cuidado, no quería que movieran a Lucas, los jóvenes le dijeron que sabían hacer reanimación cardiopulmonar (RCP), así que lo colocaron en otra posición e hicieron lo posible por hacerlo reaccionar.

La mujer tenía esperanza de que viviera: lo había visto mover su brazo izquierdo (luego le explicarían que habría sido una especie de reflejo muscular; porque, según expone Claudia, “la autopsia determinó que falleció en el momento del impacto”).

Todos intentaron reanimarlo.

Tanto los muchachos que frenaron y brindaron asistencia, como los bomberos que llegaron poco después, y los profesionales que iban en la ambulancia que arribó al lugar.

En medio de la confusión y el dolor, Aymará llamó por teléfono a Verónica, la mamá de Lucas, para informarle lo que sucedía.

La madre del adolescente llegó poco después.

En medio de ese panorama, Claudia se encontraba en estado de shock. 

“Entré en un cuadro de pánico, y quedé sin aire…”, describe.

“Estaba sentada en el suelo, en crisis, y Aymará, de rodillas, al lado mío, me decía: ‘Mamá, respirá, porque no me queda nada más en la vida’”, confiesa.

“Me metieron en la ambulancia; me dieron oxígeno y una pastilla para tranquilizarme… No podía parar de temblar”, añade.

“Esa noche, Aymará y yo fuimos a la casa de mi hermana. Nos quedamos varios días ahí. No teníamos consuelo”, repasa. 

Lucas solía pasar mucho tiempo en la vivienda de la novia, y ellas, ante el recuerdo, no podían regresar tan fácilmente.

Cada rincón hogareño gritaba su nombre.

Una tarde volvieron, para visitar a sus perras, y a Pandora, la gata que el adolescente le había obsequiado a su amada.

Pero se les hacía imposible permanecer en el lugar.

Hasta que un viernes hicieron la prueba.

“La casa era el silencio mismo; sólo nos mirábamos, no podíamos hablar…”, reconstruye Claudia.

Se quedaron.

“Aquí estamos, en un día a día”, sintetiza la mujer.

Cuenta que Aymará -que en mayo cumplirá diecisiete años- está mal: “Se encuentra triste. No habla… No va al colegio; probó en dos ocasiones, pero no se puede concentrar. Cuando se baña, la escucho llorar. Lucas era su vida, estaban todo el día comunicados; ahora, es como si le faltara una mitad”, reflexiona.

“Compartían todo. Proyectaban irse a estudiar juntos a Buenos Aires: ella, abogacía; él, por su parte, quería ser gendarme”, agrega.

El dolor no cubre sólo a la chica, sino que es compartido con la mamá.

“Estamos todo el día calladas; no ponemos música, no escuchamos radio, no vemos tele…”, enumera Claudia, que en la actualidad duerme con su hija, quien todavía no puede retornar a su cuarto, y le toma la mano durante toda la noche...

“Si esa vez yo no hubiera estado, quizá la podría contener desde otro lado… pero las dos vivimos lo mismo. Al mirarnos, vemos lo que pasó… es aterrador, desesperante… Me acuesto y, a mitad de la noche, me despierto con aquellas imágenes”, expone la mujer.

Pero, ante la necesidad de apoyo materno por parte de su hija, Claudia hace lo posible por instalarse en su rol.

Ambas, a partir de lo que sucedió, comenzaron a hacer terapia.

Una de las principales angustias de la mamá, desde un primer momento, estuvo referida a pensar en el sufrimiento de los padres de Lucas.

“Es terrible. Me ponía en su lugar y…", no puede concluir la frase.

Igualmente, subraya: "De ellos, recibí puro amor”.

“Si bien siempre tuvimos una relación buena, ahora nos apoyamos unos a los otros como una gran familia… Estamos todo el tiempo conectados”, afirma, y agradece el apoyo que le brindan a su hija.

En cuanto a lo que sucedió con Matías Vázquez, a quien en un momento se le había revocado el beneficio de la prisión domiciliaria y se esperaba que aguardara en prisión la realización del juicio, Claudia sostiene que aquella noticia había sido “una especie de alivio, para todos”.

Pero luego, cuando se hizo marcha atrás y nuevamente se indicó que podría continuar la espera en su domicilio, la confusión regresó. “Es totalmente injusto. La noche de la muerte de Lucas, no se detuvo; y al día siguiente, cuando fueron a buscarlo, pretendió irse…”, aprecia la mujer, quien menciona cierto miedo de que el juicio se dilate y el acusado permanezca en su casa.

“Lucas debería descansar en paz, y sus papás tendrían que llevar el duelo tranquilos, pero, de esta manera, no se puede”, asevera.

Antes de despedirse, Claudia habla del adolescente fallecido como una persona alegre, bondadosa, trabajadora, servicial, que amaba estar al aire libre.

Y, sobre todo, remarca: “Era alguien que hacía reír a mi hija, todo el tiempo”.

Sonrisas, al rayo del sol.

Son esas risas las que se extrañan… Aquellas que se fueron, al menos en la naturaleza de su origen, para siempre.

Aymará, en un sitio al que solía ir junto a Lucas. Ahora, busca respuestas a lo inexplicable.

Christian Masello/ Fotos de la charla con Claudia Blasi: Fabio Hernández

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