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17 DE NOVIEMBRE DE 2002

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17/11/2020

Tragedia en el Aeroclub: el dolor no tiene fin

Tragedia en el Aeroclub: el dolor no tiene fin
Tragedia en el Aeroclub: el dolor no tiene fin

Hoy es un día triste para los barilochenses. Se cumple un nuevo aniversario de lo que pasó a denominarse “La Tragedia del Aeroclub”, donde siete barilochenses perdieron la vida. En medio de tanto dolor, una buena noticia. El gremio mercantil tiene un camping lindero al aeroclub, una parcela fue comprada por el sindicato. El secretario general, Walter Cortés aseguró que se va a preservar el lugar, en memoria, y señaló “ahora estamos limpiando, se parquizará con la idea de poner en su justo valor a las personas que allí perdieron la vida”.  

Aniversario número 60 del Aeroclub Bariloche, era un día de festejo, pero la tarde de ese 17 de noviembre de 2002 estaba signada por la tragedia. Diego Enrique Llobet, experimentado piloto, invitó a varios de los presentes a un vuelo de bautismo, incluso subió a su pequeño hijo al Pipper PA23 Azteca. Nadie se imaginó que a pocos minutos del despegue, la aeronave en un vuelo rasante perdería un ala, se precipitaría a tierra y se llevaría la vida de las 7 personas que iban a bordo.

El dolor fue inmenso, los amigos no encontraban consuelo ante la magnitud del momento que vivían. Todo Bariloche se lamentó por el luctuoso suceso. En el cielo quedaron las almas del piloto y su hijo Agustín de tan solo 4 años. Además fallecieron Fernando Selpa, Daniel Ferrante, Roberto Loray, Javier Novas y Julio Cantero.

Distintas crónicas de aquel fatídico día contaron que a las 17.01 y antes de completar el paseo, el piloto decidió realizar una pasada rasante por sobre las instalaciones del aeroclub. El piper sobrevolaba los campos cercanos cuando Llobet realizó una maniobra para elevar la nave y girar hacia uno de sus costados. En ese instante, y a la vista de las familias que observaban desde tierra, una de las alas se desprendió y el avión cayó en forma inmediata.

A 18 años del tremendo accidente el “dolor no tiene fin”, seguramente el tiempo cierra las heridas, pero sin duda en el corazón de familiares y amigos el recuerdo de  los seres queridos es imborrable. El momento fue fuerte y doloroso, “partieron hacia la eternidad”, comentó uno de los presentes cuando ya habían transcurrido varios días.

Años después de la tragedia, ante un nuevo y triste aniversario en las páginas de El Cordillerano se publicó que la terrible desgracia  no se olvidará jamás. Cada uno de los presentes, cada familiar, lo lleva en sí para siempre y a su manera. Como pasa en las grandes tragedias las palabras comprender, aceptar, asumir, quedaron en la última fila. La tarde, algo ventosa pero con sol, se convirtió en un luto mayúsculo que envolvió a toda la región con su silencio de estupor.

En definitiva el festejo se convirtió en dolor, el amor por una actividad deportiva se vistió de luto. Nadie imaginó que todo terminaría así. Que aquel día de homenaje a tantos mártires y pioneros tomaría abruptamente otro tono. El tono más oscuro de la peor de las desgracias.

Juan Carlos Montiel