Publicidad
 

CALOI HUBIERA CUMPLIDO 72 AÑOS

|
09/11/2020

El recuerdo de una charla con el creador de Clemente

El recuerdo de una charla con el creador de Clemente
El recuerdo de una charla con el creador de Clemente

Carlos Loiseau (para todos, Caloi) nació el 9 de noviembre de 1948, en Salta, y falleció en 2012.

Las efemérides son buenas cuando traen recuerdos agradables. Y, en este caso, como el humorista gráfico hubiera cumplido setenta y dos años, viene a la memoria un encuentro en una casa que tenía en Cariló.

Eran las cuatro de la tarde, pero, apenas abrió la puerta, soltó: “Me acabo de levantar. Anoche estuvo el Negro Fontanarrosa. Tomamos mucho vino. Ahora tengo un dolor de cabeza tremendo, una pataleta…”.

                                   

– ¿Cuándo descubrió que lo suyo era el dibujo?

– Es que no lo descubrí, vino conmigo. Para mí, siempre fue un juego con el que incluso entusiasmaba a mis amigos: dibujábamos todos. Hay una primera etapa, en la niñez, donde el dibujo es muy importante, porque es un arma expresiva fundamental, a veces, incluso, sirve para descubrir problemas familiares, psicológicos o lo que sea, pero, si no, como forma de comunicación es fantástica. Después, a eso de los doce años, los pibes dejan de dibujar y ya siguen con lo que les interesa…

 

– Pero usted continuó con el dibujo...

– Yo seguí. Pasé por todas las etapas, desde el garabato a la formación de la figura. Tengo todavía por ahí algunos dibujos de cuando tenía tres años, y copiaba a mi hermano menor en el corralito. Hacía una especie de círculo con una reja y la cara del pibe. En la primaria me la pasé dibujando, hasta me hacían hacer dibujos en el pizarrón para acompañar las efemérides. En el secundario, continué. Mis carpetas y cuadernos eran revistas de historietas que circulaban por todo el curso, con aventuras cuyos protagonistas eran los profesores o los compañeros. Antes de terminar, ya publicaba en Tía Vicente.

 

–  ¿Cómo atravesó los tramos de dictadura que le tocó vivir?

– Eso nos signó a todos los dibujantes de mi generación. Ahora la cosa se ha emparejado un poco, pero, hasta hace unos años, habíamos vivido más bajo regímenes militares, lo que conlleva censura y control, que con democracia. Las dictaduras fueron muy distintas entre sí; la más feroz de todas fue la última. Pero, a mí, me metieron en cana durante la época de Onganía (Juan Carlos, presidente de facto entre 1966 y 1970).

 

– ¿Por qué?

– Desordenes estudiantiles, callejeros, qué se yo… la ligué, y me morfé quince días en Villa Devoto. Comparar dictaduras es una pelotudez, pero en esa época uno sabía que llegaba a la cárcel y estaba seguro. Me acuerdo que había un director con una teoría muy simple e inteligente: los presos políticos tenían televisión, bibliotecas, jugaban al fútbol, porque sabía que, en cualquier momento, se podía dar vuelta la tortilla, entonces mantenía buen trato con todos. La última dictadura fue feroz, una semana antes del golpe me llamaron por teléfono y me amenazaron, dijeron que iban a matarme junto a toda mi familia. Si pretendían asustarme, lo lograron ampliamente. Yo tenía militancia en la juventud peronista, pero no en los grupos de acción, ni siquiera en proguerrilleros, sino en ámbitos culturales del peronismo. La verdad es que era una época inquietante. Me despertaba todos los días y me fijaba si me habían puesto una bomba en la puerta. Había amigos, compañeros y conocidos desaparecidos; era un tiempo muy fulero. Las amenazas seguían… Hasta que un día le gané de mano al tipo que llamó y le dije: “Vení y te cago a patadas, a vos y a todos los que quieras”. Dejó de llamar. Evidentemente, sería un grupo de acción psicológica. Supongo que, si te avisaban, no te iban a hacer nada, pero igual daba mucho miedo.

 

– ¿Filtraba pensamientos políticos en las historietas?

No, nunca utilicé eso partidariamente; no creo que sea favorable para la causa que uno quiere impulsar. En todo caso, la ideología se cuela naturalmente en la idiosincrasia del personaje, pero no en forma partidista. Aunque sí lo tomaron en dirección ideológica, por ejemplo, a Clemente, que lo han usado los comunistas, los trotskistas, los peronistas, los radicales; en pintadas, en volantas… Ese es el uso popular.

 

– Cuando la gente votó a Clemente, ¿qué le pasó por la cabeza? (El domingo 14 de octubre de 2001, en la elección para senadores, su figura apareció de a miles dentro de los sobres que llegaron a las urnas. En boletas fabricadas prolijamente con computadora, y también en hojas dibujadas y escritas a mano, se veía su imagen y una frase: “No tiene manos. A lo mejor no roba”; la gente mostraba, a través del personaje de Caloi, su descontento con la clase política).

– Por un lado me resultaba halagador, porque renovaba el crédito de Clemente. Eso tiene que ver con lo de tirar papelitos… La gente decía que se vayan todos, empezaba a no creer en la política. De manera que, desde ese punto de vista, me pareció interesante como movimiento espontáneo. Ahora, políticamente, no estaba de acuerdo. Yo no lo voté, es más, desaconsejaba que lo hicieran, porque me parece que la política es la única herramienta de la que uno dispone para cambiar la sociedad. Y, como mi generación estuvo tantos años privada del sufragio, que es una forma de expresión política, me parecía que había que cuidarlo mucho y utilizarlo bien, y eso era como arrojarlo a la basura. Igual, me enorgullecía que se lo tomara como bandera.

 

– Aquello de solicitar que el público tirara papelitos surgió, justamente, como una forma de descontento, en el Mundial 78, contra José María Muñoz, que pedía que no se arrojaran porque, según él, daba mala imagen…

– Fue una guerra simbólica, la batalla que puede hacer un personaje desde un medio. Contra Muñoz, el relator oficial, oficialista, oficioso…

 

– ¿Cuándo nació Clemente?

– En marzo de 1973. Yo trabajaba en la revista de Clarín; realizaba caricaturas políticas. Me había llamado Oscar Camilión, que era el jefe de redacción y después fue ministro de Relaciones Exteriores. El diario tenía la intención de cambiar, por creaciones argentinas, la sección de humor, que estaba cubierta por tiras extranjeras. Me pidió que convocara a otros dibujantes, y armé un equipo. Reuní a mis amigos, a los tipos que me parecía que podían ser útiles: Fontanarrosa, Crist, Alberto Bróccoli, más tarde Horacio Altuna… Con otros que se agregaron después, se armó la contratapa del diario. Algunos optamos por una tira, con un personaje, y otros por un cuadro fijo.

 

– Clemente tuvo un problema con José Alfredo Martínez de Hoz…

– Fue a partir del microprograma de televisión que salía por Canal 13, cerca del final de la última dictadura militar. Hicimos una miniserie en la que Clemente iba a la casa de la Mulatona y se encontraba con un puñal clavado en la puerta y un papel que decía que la habían secuestrado y exigían un rescate, creo que de cincuenta mil millones de dólares, que era la deuda externa que había dejado Martínez de Hoz. Firmaba el “Orejón”. Clemente iba al boliche donde estaban los otros Clementes, y trazaban una estrategia. Cuando aparecía el Orejón, con alas de vampiro y, debo confesarlo, una cara muy parecida a la de Martínez de Hoz, había rayos y centellas… Convocaron a Súper Clemente, que era un Clemente con la bandera argentina como capa. El plan era que iban a salir todos tocando cumbias con altoparlantes por la calle, y como la música, a la Mulatona, le producía un movimiento irrefrenable, el Súper Clemente sobrevolaría el barrio y vería qué casa temblaba. Así la encontraban, la desataban, y lo mandaban a Martínez de Hoz… perdón, al Orejón, al rincón, a hacer bien las cuentas. Llegó un telegrama, Martínez de Hoz estaba ofendido porque decía que se asociaba su figura a conductas ilícitas. Mi abogado quería seguirla a muerte, porque estaba todo para ganar… si hubiera habido una justicia confiable. ¿Pero cómo iba a pelear yo contra Martínez de Hoz? Era como tirarle con una gomera a un tanque.

 

                                  

Christian Masello / Fotos: Noelia López