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A PROPÓSITO DE LAS FIESTAS PATRIAS TRASANDINAS

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18/09/2020

“Hablar de la comunidad chilena es hablar de los orígenes de Bariloche”

“Hablar de la comunidad chilena es hablar de los orígenes de Bariloche”
“Hablar de la comunidad chilena es hablar de los orígenes de Bariloche”

La frase corresponde a la doctora en Historia Laura Méndez, especialista en el pasado de la región. Hasta los años 30 del siglo XX, la impronta chilena era tan importante que los festejos del 18 de septiembre rivalizaban en intensidad con los del calendario oficial.

Hasta que a través de Parques Nacionales Buenos Aires decidió imponer otra fisonomía sobre el espacio regional, la impronta chilena fue sustantiva en Bariloche, no solo por la mayoría relativa de la población oriunda del occidente cordillerano, sino también por la arquitectura predominante. Tanta fue la interrelación que hasta la década del 30, el 18 de septiembre se festejaba con una intensidad inusitada: cinco días de jolgorio.

“Hablar de la comunidad chilena es hablar de los orígenes de Bariloche”, aseveró Laura Méndez en charla con El Cordillerano. Doctora en Historia y especialista en el pasado de la región, afirmó que “el dato no debe llamarnos la atención porque desde el primer poblamiento humano, la cordillera fue un espacio de intercambio, de encuentro y de traslado, tanto de bienes como de personas. Hasta fines del siglo XIX, este fue territorio libre indígena, pero con la creación de los Estados nacionales, se puede hablar de chilenos y argentinos que desde 1880 en adelante, comenzaron a compartir un mismo espacio social”, estableció.

Laura Méndez.

Al respecto, “hay que decir varias cosas: con límites todavía no bien definidos, era muy difícil decir adónde se había nacido. En los primeros censos, por ejemplo, un grupo familiar se identificó como argentino en uno y como chileno en el siguiente, en función de la demarcación definitiva de los límites”, ilustró. “Por otro lado, hay que tener en cuenta que al oeste de la cordillera había poblaciones estables de antigua data con algunas instituciones, como registros civiles y salas que hacían las veces de hospitales. Era muy común que familias asentadas al este de la cordillera asistieran a instituciones del oeste para tener a sus hijos, que recibieran atención médica e inscribirlos”. De ahí que “muchas de las personas que habitaron el Bariloche de fines del siglo XIX aparecen asentadas en Chile aunque su lugar de residencia permanente fuera San Carlos de Bariloche”.

Pero más allá de esos hábitos, “tenemos que tener en cuenta que en todos los censos que se hicieron, desde el Rural de 1893 hasta el Nacional de 1914, los chilenos eran mayoría, sin lugar a dudas, en relación al total de la población”, subrayó Méndez. Esa incidencia no fue bien vista por algunos sectores. “Al avanzar el siglo XX fue avanzando en la región un sentimiento anti-chileno, encarnado principalmente en los oficiales y funcionarios del Estado, como comisarios, dependientes de la Policía y los inspectores de la Oficina de Tierras y Colonias, que recorrían el territorio identificando moradores”, apuntó.

Comisión de Límites en 1901. Moreno, Onelli, Thomas Holdich y otros. Todavía no estaba claro por dónde pasaba la frontera. (Archivo General de la Nación)

Antídoto contra la discriminación

La reacción xenófoba se vinculó con “una Argentina que tenía un fuerte proceso nacionalizador, en función de estar viviendo en el clivaje de siglo, un período de inmigración masiva, con muchísima población de Europa y países limítrofes. En el espacio regional, empezaron a llegar italianos, españoles, suizos y europeos del este”, recordó la historiadora. Entonces, “con el afán de no perder lo que se consideraba el espíritu de la nacionalidad, comenzaron algunas medidas que trataron de priorizar en el primer escalón de la sociedad a aquellos argentinos nacidos en territorio nacional y en segundo lugar, a los extranjeros que provenían de Europa, porque se pensaba que podían aportar a la región capital, trabajo e irradiar algunas pautas culturales”.

En ese esquema, “los chilenos empezaron a ocupar los escalones más bajos, junto con las poblaciones originarias, porque no se reconocía en ellos la capacidad de transformar el entorno social en pos de la civilización y el progreso, que por entonces, se percibía asociado a lo europeo, a lo blanco, a lo occidental y católico”, ratificó Méndez. Sin embargo, “la población de origen chileno no fue ponderada por igual, de acuerdo a su lugar de procedencia, los recursos económicos y las capacidades laborales que poseían”.

El sentimiento de rechazo fue selectivo. “Los chilenos de origen germano que habían llegado a Chile allá por 1850, a través de un exitoso proceso de colonización que el Estado chileno organizó en la zona de Llanquihue, eran recibidos como aquellos que podían aportar saberes manuales y técnicos, a la vez que dinamismo a las entidades económicas”. La historia es más o menos conocida por aquellos y aquellas que tengan interés en el pasado barilochense.

Sobre todo, se valoró a quienes sumaron a las actividades “mercantiles entre la zona del Nahuel Huapi y Puerto Montt para desde ahí, a través de una ruta ultramarina, alcanzar el puerto de Hamburgo”, resaltó Méndez. “Principalmente las lanas, pero también las plumas de avestruz y el ganado en pie que se acopiaban en San Carlos de Bariloche, eran vendidos en las ferias laneras, famosas en la primera década del siglo XX”.

El florecimiento del circuito “nutrió a la región de habitantes de origen germano chileno, como los hermanos Wiederhold”. La economía “se organizó en torno a la Compañía Comercial Ganadera Chile Argentina, principal agente económico de la región que llegó a concentrar un millón de hectáreas en los territorios nacionales de Neuquén y Río Negro”. A otro nivel de consideración, “estaban aquellos chilenos pobres, mano de obra no calificada, que eran traídos principalmente desde Chiloé para trabajar en las múltiples actividades de la Chile Argentina, por ejemplo, la tala de bosques, los aserraderos, almacenes de ramos generales y la construcción de madera”.

Con el correr de los años y de manera despectiva, “la designación de chilotes se extendió, no solo para los que provenían de la isla, sino para todos los chilenos de bajos recursos económicos, considerados sector subalterno que trabajaba para los grandes empresarios vinculados al capital germano”, resaltó Méndez. “Esta impronta chilena se extendió hasta fines de la Primera Guerra Mundial”.

Sus marcas pueden observarse “muy fácilmente en la arquitectura. Las casas de tejuela de alerces, los pilotes y el uso de la madera como el material primario en la construcción, hicieron que se construyera un paisaje muy parecido al que se podía encontrar en las regiones Novena y Décima de Chile”, estableció la historiadora. “Fueron esos maestros carpinteros y esa impronta cultural las que imprimieron un perfil característico a las construcciones que se fueron haciendo en el Gran Lago”. El perfil arquitectónico que soslayaba la barrera fronteriza “se fue perdiendo a lo largo del tiempo y recibió su estocada final cuando en la década del 30, la división de Parques Nacionales reemplazó el estilo por la sólida piedra y construcciones más grandes, más asociadas el estilo (Alejandro) Bustillo y (Santiago de) Estrada”. Pero esa, es otra historia.

Testimonio de aquella arquitectura.

Cinco días de 18

La fuerte impronta trasandina en el Bariloche de los orígenes hizo que hasta bien entrado el siglo XX, el 18 de septiembre se festejara con tanto o más ímpetu que las fechas patrias argentinas. “En el calendario de festejos había tres grupos de festividades que coexistieron hasta los años 30”, detalló Laura Méndez, historiadora y docente. “Por un lado, las que tenían una impronta nacional, como las fiestas mayas y las julias. Cada 25 de mayo o 9 de julio se hacían verdaderas fiestas populares que resignificaban fechas que eran importantes para la Pampa Húmeda o el Litoral del país, pero coexistían con algunas fiestas locales que se fueron construyendo a partir de la fundación oficial de Bariloche”.

En efecto, “desde entonces se festejó el 3 de mayo pero también el 2 de abril, por el izamiento de la bandera argentina en el cerro Carmen (actual Villegas). También hubo conmemoraciones sobre algunos actos de (Francisco) Moreno, como la donación de las tierras para el Parque Nacional. Este conjunto de fiestas locales y regionales que coexistían con las nacionales, convivían también con otros festejos de gestación popular”.

Las que no estaban en el calendario oficial “tenían que ver con conmemoraciones que los habitantes festejaban y sin lugar a dudas, dentro de ellas estaban los aniversarios de la independencia u otras fechas claves de los países de origen, al igual que los carnavales”, recordó Méndez. “Hasta 1928, Bariloche festejó su carnaval con maravillosas carrozas y Nahuelitos transitando las calles del pueblo”.

Por su parte, la colectividad chilena concitaba atención “con al menos cinco días de festejo, que tenían que ver con el 18 de septiembre y la independencia de Chile. Lo interesante es que mientras el gobierno alentaba las fiestas nacionales y las ceremonias locales, controlaba con resquemor y férrea vigilancia policial aquellas fiestas como el carnaval y las chilenas, ante el temor de desmanes, situaciones de ebriedad y posibles trifulcas”, compartió la historiadora.

“Con esta mirada diferenciada, el Estado dejaba un claro mensaje sobre lo que temía y auspiciaba”, estableció. “Finalmente, en 1930, con la llegada de Parques Nacionales y el ferrocarril, logró imponer una imagen hegemónica de la ciudad, dejando en sus intersticios y veladas, aquellas identidades que en realidad, fueron las más numerosas y habían perdurado hasta entonces en el Bariloche que ahora se pensaba a sí mismo, como ciudad turística”. La transformación implicó que olvidara “sus orígenes enraizados entre pueblos originarios, festividades populares y trabajo laborioso de aquellos que no tenían nada, sino simplemente el deseo de crecer, criar a sus hijos y vivir en libertad”.

Adrián Moyano