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LA HISTORIA DE ALEJANDRA CAÑUPAN

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06/07/2020

Se curó de COVID-19 y ayuda en un merendero

Se curó de COVID-19 y ayuda en un merendero
Se curó de COVID-19 y ayuda en un merendero

Los jueves por la tarde, en el merendero Los Corazones de Beatriz, del barrio Nahuel Hue, Alejandra Cañupan brinda leche y alimento a la gente que lo precisa, que en la zona es mucha. Lleva adelante la tarea desde hace un par de meses, cuando salió de una situación que no hizo más que fortalecer su espíritu solidario.

La historia se remonta al inicio de la cuarentena. Si hoy se sabe poco del COVID-19, en aquel momento la ignorancia era enorme. Había quienes pensaban que se trataba de un resfriado algo fuerte. Y los que creían en la ferocidad de la enfermedad directamente la equiparaban con un anuncio seguro de muerte. El tiempo aún acomoda las fichas en un tablero que cambia a diario. Pero las posiciones en el inconsciente colectivo no parecen tan extremas como en un principio.

Alejandra trabaja como personal administrativo en la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA). Como el organismo es considerado una fuerza esencial, al decretarse el aislamiento preventivo en la Argentina, ella continuó con sus labores.

Era veintipico de marzo cuando en un almuerzo con sus compañeros comentó que le fallaba el olfato… también el sentido del gusto.

“No le dábamos importancia, todavía no se sabía mucho sobre el tema”, contó Alejandra.

La situación se repitió durante otra comida, pero continuó sin prestarle demasiada atención.

“Al cabo de tres días, me empecé a sentir mal”, relató.

La sintomatología era compartida, en parte, por su pareja. “Nos dolía mucho el cuerpo”, señaló Alejandra.

“Transpirábamos, pero no teníamos fiebre; era una especie de gripe fuerte”, añadió.

La mujer fue a la guardia del Sanatorio San Carlos. “Como no tenía fiebre ni tos, me mandaron de vuelta a casa; solo me dieron paracetamol”, manifestó.

A los dos días, se sumaron nuevos síntomas: náuseas y vómitos.

Hubo, entonces, una nueva visita a la guardia.

Esa vez, le recetaron Reliverán.

Una persona del sanatorio que la conocía había comentado la situación con un médico, quien consideró extraño lo que sucedía y le solicitó a Alejandra que regresara. Para ese entonces, el protocolo en relación al coronavirus había cambiado.

En la nueva visita al instituto, todo fue diferente: “Detectaron un poco de taquicardia, me hicieron una tomografía y salió que tenía neumonía, aunque atípica, porque seguía sin fiebre; además, lo que se observaba en la placa era un poco distinto a lo que habitualmente se ve en casos así”, indicó.

Le informaron que la dejarían aislada -también a su pareja-, porque habían notado que muchos de sus compañeros de la PSA mostraban signos similares, y eran considerados casos sospechosos de posible COVID-19.

Se realizó un hisopado y, como en aquel momento el estudio se llevaba a cabo en Buenos Aires, debió aguardar tres días para que el resultado arribara.

La espera, internada, no fue tan traumática como podría esperarse... hasta que le llegó un audio de WhatsApp que la descolocó.

Lo escuchó a través de un grupo de su barrio (vive en las 121 Viviendas de San Francisco IV). Un comentario de un hombre la puso en alerta: “¡Ojo! Tengan cuidado con los detalles que dan. Se trata de algo muy personal… Además, es una vecina”. Al oír lo que se difundía se sintió apabullada. Se referían a ella (con nombre y apellido) como el primer caso confirmado de COVID-19 en la ciudad. Incluso señalaban que trabajaba en la PSA. Solo la edad que daban era errónea. “Fue una sensación tormentosa”, dijo.

Llamó al médico, le contó lo que sucedía y le solicitó que fuera sincero. “Me pidió disculpas por la difusión que hubo de mis datos, y me explicó que, aunque daban mi nombre, se referían a una compañera que se encontraba en el Hospital Zonal y había dado positivo. El resultado de mi análisis todavía no estaba”, manifestó.

La mujer ató cabos y llegó a la conclusión de que era muy factible que, finalmente, tuviera coronavirus: “La persona enferma era policía, y trabajábamos a dos oficinas de distancia; si a ella le había dado positivo, lo más probable era que a mí me sucediera lo mismo”, relató.

Lo que verdaderamente le dolió fue el audio que se viralizó, porque, además de sentirse “en boca de todos”, trajo reacciones inimaginables: “Me maltrataban e insultaban por las redes… Se dio a conocer una imagen mía; también la foto del portón de mi casa… Todo eso me ‘quebró’. Sentí en carne propia lo que es la estigmatización”, confió.

“A la vez, había otra gente que me apoyaba aun sin conocerme”, agregó. El 4 de abril llegó el resultado del hisopado: positivo.

Hasta ese momento solo había tomado antibióticos por la neumonía. Después, solo le aplicaron suero. Ningún otro remedio.

Los trasladaron al hotel Interlaken, en la esquina de Palacios y Vicealmirante O’Connor.

Compartía cuarto con su pareja. “¡Imaginate! Las veinticuatro horas con él…”, bromeó, en torno a lo que era convivir en un espacio reducido, sin posibilidad de salir.

Además, fueron los primeros en arribar al hotel, así que el aspecto organizativo estaba aún en pañales. “Había muchas falencias que hoy me causa gracia, pero, en aquel momento, ante la incertidumbre por lo que nos pasaba, generaban un poco de angustia”, apuntó.

Asimismo, remarcó lo difícil que era mantenerse “en una habitación de doce metros cuadrados” cuando ya no experimentaba síntomas. “Yo me sentía bien”, evocó.

También existían escenas de cierta comicidad, casi siempre relacionadas con factores culinarios. Y, en este punto, lo cierto es que Alejandra no la pasó muy bien. Es hipertensa, y, aunque se cuida, no es fanática, pero el dato estaba registrado en su historia clínica, lo que se traducía en los platos que le daban: “¡Mi comida estaba siempre desabrida! Ni a los ravioles le ponían sal…”, rememoró.

Su pareja solía bromear con la posibilidad de que él se curara primero. “Pero fue al revés”, rió la mujer. “Él se tuvo que quedar un poco más”.

Alejandra, finalmente, tras dos resultados negativos, regresó a su casa.

Aún no sabe cómo se contagió.

En su área, varias personas resultaron afectadas, pero, por más que le han dado vueltas al asunto, no detectaron el origen. “No teníamos contacto con pasajeros; ni siquiera con los compañeros de los controles, ya que somos administrativos…”, observó.

Sobre si ya es inmune al COVID-19, advirtió: “La realidad es que sobre ese tema no hay certidumbres. Los médicos creen que sería como el sarampión, que una vez que lo tuviste no se repite, pero, según la Organización Mundial de la Salud, hay un porcentaje mínimo de recontagio. No se sabe mucho… A mí, lo único que me dijeron es que, ante un dolor de garganta o algo parecido, fuera al sanatorio”.

La hija de Alejandra estudia psicología en la Universidad de Buenos Aires (en la actualidad continúa en forma virtual desde Bariloche), y allá, por medio de una ONG, antes de la pandemia, brindaba ayuda social en una villa.

Muchas veces, habían conversado sobre la posibilidad de ofrecer algún tipo de asistencia aquí. Por eso, al regresar a su casa, Alejandra retomó el tema. Su hija dijo que la acompañaría. Luego se sumó una vecina.

Faltaba saber cómo hacer para que las ganas de ayudar se concretaran, así que averiguó y llegó a Beatriz Curruhuinca, quien da viandas de comida en el barrio Nahuel Hue. “Ella, sin ningún problema, nos abrió su lugar”, afirmó Alejandra, para luego agregar: “Me sorprende su generosidad; es increíble la energía que tiene”.

Tras el alta médica, Cañupan volvió al trabajo. Recorre la ciudad tres días a la semana para buscar las cosas que la gente dona, y los jueves por la tarde acude al merendero. Sale a las 15 del aeropuerto y parte a preparar las raciones que entregan a partir de las 16 en el Nahuel Hue. “Agarro por Circunvalación y llego a tiempo”, aseguró. “Además, Beatriz ya me tiene el agua caliente preparada”, añadió.

Al referirse a la situación de vulnerabilidad con que se topó, irrumpió en lágrimas y suspiró: “Me he encontrado con una chica que vivía sola con sus nenes y nos pedía el cartón donde viene la leche para usarlo de aislante contra el frío”.

“Cada vez viene más gente”, comentó, de ahí la necesidad continua de conseguir donaciones.

Mientras dure la pandemia y el trabajo se lo permita (en la actualidad, tiene un horario laboral reducido), Alejandra pretende continuar con la ayuda.
En cuanto a lo que significó, para ella, haber tenido coronavirus, lo consideró “solo una experiencia más”.

Mujeres luchadoras

Beatriz Curruhuinca contó que recibió la propuesta de Alejandra, para hacer la merienda los jueves, vía Facebook. “Acepté de inmediato, porque sentí que nos serviría a ambas”, aseveró.

“En este tiempo, pude conocerla y es una persona excelente, muy fuerte, que nunca bajó los brazos. Cuando se recuperó, lo primero que pensó fue en ayudar”, recalcó.

Acerca de cómo se enteró de que Alejandra había tenido COVID-19, recordó: “Me lo contó otra persona. Luego, para estar informada, le pregunté a ella si era verdad, y me dijo que sí”.

“Reaccioné con tranquilidad. Después me comentó cómo la había pasado y comprendí que debíamos ayudarnos mutuamente, como mujeres luchadoras que le ponemos el hombro a todo”, concluyó.

Contacto

Quienes deseen colaborar con el merendero pueden comunicarse al +54 9 294 420-8603, o por Facebook a través de la página “Beatriz Curruhuinca (merendero los corazones)”, o la personal de “Alejandra Cañupan”. También se juntan alimentos en la remisería ubicada en Frey 195.

Christian Masello / Fotos: Facundo Pardo

Se curó de COVID-19 y ayuda en un merendero
Se curó de COVID-19 y ayuda en un merendero