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COSTUMBRE MILENARIA QUE NI EL CORONAVIRUS PUDO FRENAR

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20/06/2020

"Hay pandemia y crisis, pero la gente no deja de tatuarse"

"Hay pandemia y crisis, pero la gente no deja de tatuarse"
"Hay pandemia y crisis, pero la gente no deja de tatuarse"

Ötzi. Así se denominó al primer humano tatuado conocido. El nombre fue motivado por la tumba natural en que se lo encontró: los Alpes de Ötztal, el cordón cordillerano que forma parte de la frontera austro-italiana. En septiembre de 1991, un par de montañeros alemanes hallaron el cuerpo congelado.

Según estudios, el hombre, al momento de su muerte –supuestamente ocurrida entre el 3300 y el 3200 antes de Cristo–, tenía aproximadamente cuarenta y seis años.

En el bombardeo de exámenes que le hicieron, descubrieron sesenta y una marcas, de 0,7 a 4 centímetros de largo. Los investigadores supusieron que las pinturas corporales –o al menos muchas de ellas– se utilizaron para una especie de acupuntura primitiva. Esos trazos, hayan tenido o no un fin medicinal, conforman la prueba más antigua de “grabados” sobre la piel.

Luego, se sabe que uno de los pueblos proclives a tatuarse ha sido el polinesio y, justamente, de su idioma (el samoano) proviene la denominación: “tátau”. Cuentan que la difusión en Occidente llegó por el mítico capitán James Cook, el navegante británico, que comenzó a hablar de la práctica tras sus viajes a la Polinesia, en el siglo XVIII, y así se inició también la tradición de que los hombres de mar dibujaran su cuerpo.  Los motivos que llevan a que alguien se tatúe son infinitos. Y, entre quienes lo hacen, están aquellos que optan por un diseño pequeño y otros que cubren gran parte de su humanidad.

Muchos lo ven como una forma de vida, como manera de expresar cierta espiritualidad. El escritor Ray Bradbury, en su libro “El hombre ilustrado”, habla de un personaje a quien una mujer cubrió de tatuajes mágicos que por la noche se movían: las pinturas se transformaban en historias que predecían el futuro.

Quizá en algún lugar de Bariloche se esconda alguna persona “ilustrada”, temerosa por la acción que puedan tener sobre ella inquisiciones modernas.
Tal vez, quién sabe…

Lo que sí está comprobado es que, apenas la cuarentena desabotonó un poco su camisa, muchos fueron los que acudieron a las casas de tatuajes locales en busca de un sello indeleble.

La autora del protocolo

La tatuadora Estefanía “Fanny” Boock fue quien impulsó la vuelta al ruedo del sector en la ciudad, tras el congelamiento que empezó el 20 de marzo con el inicio de la cuarentena. Primero había presentado una idea conjunta con peluqueros y esteticistas, pero las actividades desarrolladas por aquéllos fueron permitidas y su especialidad no.

Así que reelaboró el protocolo, habló con sus pares y se contactó con la gente encargada de subirle el pulgar. Lo logró, y en la actualidad realiza su labor en El Rayo, de Elflein y Rolando, local donde funciona un centro integral de estética. Junto a los tatuajes y piercings conviven los servicios de manicura y belleza de pies, micropigmentación, micropuntura, tratamientos faciales y corporales.

Al ingresar se ven los cambios que impuso la pandemia: alcohol, lavandina, una especie de cápsula que cubre el sector del mostrador… Pero, en lo que hace a su actividad, Fanny explicó que, en realidad, no se produjeron grandes cambios: “Nosotros siempre nos cuidamos. Usamos barbijos, guantes, máscaras o antiparras, cofias, desinfectamos todo, esterilizamos. No por la llegada del coronavirus, sino porque trabajar de esta manera es lo habitual. Por eso nos parecía ilógico que no nos dejaran volver. Ahora agregamos alguna cosa específica, como el uso de camisolines descartables en vez de guardapolvo. Y, claro, trabajamos únicamente con turnos previos, no se puede venir sin tener uno. Además, el cliente contesta unas preguntas y firma una declaración sobre su estado de salud”, dijo.

Acerca del nivel de trabajo, señaló que no hubo variaciones con respecto a los tiempos previrus: “Es igual que antes. Hay pandemia y crisis, pero la gente no deja de tatuarse”.

Fanny, que también es música (toca la guitarra, el bajo, la batería, y canta), se hizo su primer tatuaje cuando tenía quince años (Eddie, el personaje ícono de la banda de heavy metal Iron Maiden, sobre una moto, en media espalda), y le contó al profesional que se lo realizó que le gustaba dibujar, incluso que había tenido un pasado como “tatuadora” en la escuela primaria, donde sus compañeros hacían colas en los recreos para que les dibujara la piel con una fibra.

Aquel tatuador la impulsó a hacer una actividad que se ha transformado en su estilo de vida: “Tengo treinta y un años, y desde que empecé a tatuar no paré. Al principio de la cuarentena, cuando estaba encerrada sin poder venir, caminaba por las paredes. Es mi vocación. Me siento afortunada de poder dejar algo de mí en cada persona que viene”.

Un estilo de vida

Sebastián Sperzagni tiene tatuado, en una de sus piernas, un koi, el pez carpa que, en su desarrollo por selección en Asia, derivó en ejemplares de una multiplicidad de colores. “Lo escogí porque siempre me gustó la cultura oriental, con ese amor por el perfeccionismo”, manifestó el hombre. Lo extraño es que el tatuaje se lo realizó él mismo, hace ya unos veinte años.

En la adolescencia, vio que su hermano mayor se había tatuado y decidió que por ahí tenía que ir su vida. “Encontré una veta para vivir del arte”, indicó. “Siempre había sido de esos nenes que, mientras los demás jugaban a la pelota, se quedaba en la casa con los lápices, concentrado en un dibujo”, agregó. Oriundo de Buenos Aires, vino de viaje de egresados a la ciudad y decidió probar suerte aquí.

“Vivía en el Bariloche Center, y en la galería del edificio había un local de tatuajes; el propietario me invitó a tatuar y en ese tiempo aprendí un montón”, contó. Con la crisis del nuevo siglo decidió emigrar. Pasó por España y Brasil, y, cuando decidió regresar a la Argentina, escogió una vez más esta localidad.

Hoy, con cuarenta y dos años, es el tatuador de 7 Vidas, en la galería Miyel, de Mitre y Palacios. En el local, donde también se ve indumentaria y bisutería, Sebastián manifestó que el nuevo protocolo de atención no varía demasiado del que siempre tuvo como guía, ya que el cuidado, en su actividad, siempre fue importante. Destacó que, más que nada, los nuevos cuidados recaen en los clientes, que deben venir con tapabocas, lavarse las manos al ingresar a tatuarse, colocarse alcohol y, en caso de traer una mochila, colocarla en una bolsa.

En cuanto al nivel de actividad, si bien reconoce que no es el de la época anterior a la cuarentena, destacó que las personas aún acuden, ahora con turno previo.

Resaltó, también, que antes de la pandemia varias personas estaban en medio de algún trabajo grande (“una manga, media espalda”, ejemplificó), y que, al habilitarse la vuelta comercial, continuaron donde habían dejado. También recalcó un punto en el que no es habitual pensar: “La gente que permaneció en el circuito laboral, como aquellos que trabajan en supermercados, no encuentran dónde gastar, no salen a comer a restaurantes, ya no tienen consumos que antes sí, y deciden hacerse un tatuaje. Además, cuentan con tiempo, porque los horarios laborales se han acortado bastante”.

Al pensar en casos extraños, previos a la pandemia, rememoró a un muchacho que acudió a estamparse en el cuerpo el retrato de su exnovia. También a otro que quiso hacerse una esvástica, aunque en este caso se negó a realizar el trabajo.

Asimismo, le tocó disuadir a varios padres que acudían con sus hijos, de entre diez y catorce años, para hacerles tatuajes. “Hay un límite; les explico que esos chicos van a crecer y, tal vez, lo que ahora les gusta en el futuro no”, aseveró.

A modo de conclusión, finalizó: “Tatuar es una expresión de arte, por eso siento agradecimiento y responsabilidad. Es, también, un estilo de vida. Incluso cuando estoy en mi casa leo sobre el tema, miro modelos, trato de actualizarme… Es una pasión”.

Christián Masello/ Fotos: Facundo Pardo