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CON AROMA A CAFÉ

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18/06/2020

La problemática de las cafeterías ante el desconcierto de lo que pueda suceder

La problemática de las cafeterías ante el desconcierto de lo que pueda suceder
La problemática de las cafeterías ante el desconcierto de lo que pueda suceder

El café es una costumbre muy arraigada en los argentinos. No solo su consumo, sino el hecho de reunirse sin límites de tiempo en una cafetería, para debatir sobre la nada y el todo, mientras los pocillos se acumulan en la mesa.

Un lugar de reunión, donde se sellan tratos, pero también se verbalizan separaciones. El espacio donde la pelea encuentra paños fríos y el amor se calienta. El sitio donde encarna la tradición tanguera del antiguo cafetín. Y, justamente, no sería mala idea que un compositor de música ciudadana escribiera una letra sobre aquel muchacho que ya no se puede acodar en la barra del bar de la esquina a ahogar un abandono… o, más bien, a lamentarse por todo lo que se malogra por el coronavirus, entre otras cosas, la pérdida de ese establecimiento que lo recibía para llorar sus penas y brindar por cualquier alegría.

En Bariloche, curiosamente, las cafeterías “puras” no son tantas, más allá de ser uno de los destinos turísticos por antonomasia en el territorio nacional, o precisamente por eso. En la ciudad, la actividad está vinculada a las atracciones para el visitante. Así, los cafés han pedido permiso para emplazarse entre las ofertas dulces de las chocolaterías, o en algún terreno que puede ser la meca para el extranjero, como por ejemplo los cerros a los que el recién llegado acude como excursión obligada.

También están los instalados en zonas de tránsito, esos sectores donde alguien aguarda para partir o se toma un respiro ni bien arriba; es el caso de la terminal de ómnibus y el aeropuerto.

En cuanto a lo que se pueden llamar cafeterías clásicas (por ser negocios que solo se dedican al expendio del néctar negro y allegados), si bien el número, en comparación con las anteriores mencionadas, es menor, pisan fuerte en el sentir del vecino que disfrutaba de acudir a “su” lugar.

Por eso es que causa tanta tristeza ver muchas puertas cerradas, o incluso tapiadas con maderas. Son espacios que en sus vacíos lloran la desdicha de ya no ser.

Hay, claro, firmas que reabrieron cuando se les permitió, y expenden su producto para que el cliente lo tome mientras camina, y también aquellas que apuestan además por el delivery, pero resulta claro que, en estos casos, la mayor parte de la venta es de otros productos que se ofrecen, o del mismo café pero empaquetado (si es que el negocio lo ofrece en ese formato), ya que llevar puerta a puerta una bebida caliente, y que llegue a destino en la temperatura deseada, es bastante complicado.

Lo dicho, aquel ciudadano de espíritu cafetero hoy llora su infortunio, pero no acodado en la barra, sino en la intimidad de su hogar.

Un navío en la tormenta

Hasta la llegada de la cuarentena, ingresar en la cafetería El Barco, de Albarracín 451, era equivalente a observar un lugar casi siempre repleto, donde resultaba difícil encontrar sitio para sentarse, y el ejemplar del día del diario El Cordillerano pasaba de mesa en mesa como la biblia de los cafeteros fieles. Ahora, el panorama es muy diferente.

Junto a la puerta, un expendedor de alcohol en gel indica que los tiempos, evidentemente, han cambiado. Al entrar, se observa, a mitad del salón, una barricada formada por mesas y sillas que bloquea el paso. En el costado, donde está la gran barra de madera, mamparas de vidrio separan a los empleados del cliente.

Allí, se pueden solicitar -todo para llevar, claro- bebidas calientes en vasos térmicos, facturas y sándwiches, además de otros productos empaquetados, como yerba, té, dulces… y el propio café, en grano o molido.

Los trabajadores del establecimiento, al arribar a sus labores, por una puerta lateral, deben desinfectar las suelas del calzado con un producto especial. Detrás del paisaje conocido por la clientela, se encuentra el depósito donde se guardan los granos de café, como así también la máquina de tostado.

El propietario, Ignacio Díaz, contó que, si bien antes de la llegada del coronavirus cerraban al mediodía, en la actualidad atienden de corrido, como forma de extender el horario comercial y tratar de generar un poco más de recursos que sirvan para paliar la situación. Los propios empleados impulsaron la idea, ya que observaron que la merma sufrida era notoria.

Ignacio tiene seis personas que se desempeñan en el local y no quiere pensar en tener que prescindir de alguna de ellas: “Mi política siempre fue emplear gente que realmente necesitara trabajar, para que se implicara en el negocio; ahora siento que el compromiso es mío”, señaló.

En ese sentido, destacó el salario complementario abonado por el Estado a partir del Programa de Asistencia de Emergencia al Trabajo y la Producción (ATP), ya que colaboró a brindar un poco de aire ante la sofocación económica que trajo aparejada la pandemia: “A mí eso realmente me vino muy bien”, expresó.

Si otros solían gastar sus beneficios, o ahorrar en cuentas bancarias, Díaz prefirió hacerlo en granos de café. Tiene seis mil kilos atesorados que hoy le facilitan continuar con el local. “Si yo no tuviese eso, de ninguna manera podría sostener a seis personas asalariadas… Y no les quiero soltar la mano”, manifestó.

También es cierto que la gente a su cargo tuvo una capacitación que requirió un gasto importante. Como ejemplo baste señalar que el muchacho que se encarga del tostado de granos, en su momento, fue con Díaz a Buenos Aires para realizar un curso de especialización en la materia.

El comerciante incluso pensaba, a fin de año, realizar un viaje con él a Colombia, “para que observara el proceso del café desde el principio”.  “Para nosotros (su mujer, Alicia, forma parte importante de este emprendimiento familiar) la capacitación es una inversión, no un costo”, afirmó.

Igualmente, el COVID-19 hizo caer en la nada los sueños de viajes, perfeccionamientos laborales e incluso la compra de maquinaria para modernizar tareas de tostado… Estaba, también, la idea muy avanzada de abrir una sucursal, pero… llegó el coronavirus.

“En el sector, la gente está confundida”, explicó Ignacio. “La perspectiva de trabajo, tal como estábamos acostumbrados, se cae cada vez más”, añadió. El empresario sabe de qué habla, ya que no solo atiende a los consumidores de café que van a su establecimiento, sino que provee a muchos comerciantes de la zona y, también, de otras provincias. Pero, de esa clientela, en este momento solo trabajan tres lugares, que, si antes le solicitaban diez kilos de café, ahora le piden uno. Además, ya supo de tres establecimientos (dos de Bariloche y uno de Dina Huapi) que cerraron sus puertas en forma definitiva.

“Ojalá nos dejen permitir que la gente tome café en el local lo antes posible, pero, desde mi punto de vista, esto va para largo…”, opinó. Y agregó: “Si es que no nos seguimos contagiando, me parece que se podrá abrir recién en dos meses. Es lo que creo al mirar a Europa, porque lo que sucedió allá se hizo acá un tiempo después, y recién están abriendo ahora”.

“El mayor problema es la incertidumbre. Para hacer proyecciones y tomar decisiones, hay que tener una idea de lo que va a pasar, pero hoy no sabemos qué sucederá. Es un día a día”, indicó.

Ignacio, al referirse al nivel de ventas actual comparado con la época anterior a la llegada de la pandemia, habló de un “veinte por ciento”, pero destacó que no es solo por la falta de consumo en el local, sino por la escasez de dinero: “No es solo que no podemos trabajar de manera habitual, la gente no tiene plata. Yo conozco lo que cada cliente lleva siempre, y, si antes alguien compraba un tipo café que se llama Guanes, hoy opta por un Santos, que es mucho más económico”, aseveró.

Ante la perspectiva de una reapertura “normal” al público, el propietario ya piensa en algunas reformas, como puede ser colocar placas para agrandar las mesas y poner vidrios separadores en ellas. Pero, hasta ahora, ante el desconcierto de lo que pueda suceder, todas son especulaciones.

Christian Masello/ Fotos: Facundo Pardo

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